MISIÓN AL AIRE

EL DESAFÍO DE LA EDUCACIÓN

07 | 02 | 2011

El comienzo de las labores escolares, en este nuevo año, nos ofrece la ocasión de reflexionar sobre el valor de la educación. La sociedad no podría realizarse cabalmente sin este servicio y este arte de transmitir a las nuevas generaciones lo que la humanidad ha ido conquistando. Quien educa verdaderamente se dedica a una persona concreta, se hace cargo de ella con amor constante para que broten, en la libertad, todas sus potencialidades. Educar implica estar atentos a que se desarrollen en cada persona la inteligencia, la voluntad y la capacidad de amar.

 

Nadie ignora las dificultades que hoy debe enfrentar la educación. Entre ellas, sobresalen el escepticismo sobre su misma posibilidad y la programación a corto plazo de los proyectos educativos. Con frecuencia, la familia ya no logra educar auténticamente. No podemos desconocer tampoco que hoy los niños y los jóvenes se ven seducidos por muy diversas propuestas, sin tener los elementos para una acertada opción. A esto se añade la debilidad de la voluntad que no siempre es capaz de resistir al mal.

 

Su Santidad Benedicto XVI ha indicado que la dificultad quizás más profunda para una verdadera obra educativa es que nuestra esperanza está amenazada y corremos el riesgo de volvernos también nosotros, como decía San Pablo de los antiguos paganos, “hombres sin esperanza y sin Dios” (cf Ef 2,12). En la raíz de la crisis de la educación, concluye el Papa, está efectivamente una crisis de confianza en la vida (21-1-2008). De otra parte, ahí podemos situar la contribución específica que, desde la visión cristiana, surge para la educación; porque, en último término, la única fuente de esperanza es Cristo.

 

De la fe en Cristo, efectivamente, nace una gran esperanza para el hombre, para su vida, para su decisión de amar. El seguimiento de él configura el perfil de una persona capaz de darle sentido a la vida, dispuesta a ofrecerse en proyectos de servicio a los demás, lista a afrontar con gozo e ilusión el futuro. Por tanto, aunque es una misión ardua, la educación, en la perspectiva de un humanismo integral y trascendente, es una tarea que hoy se hace urgente para la humanidad y que corresponde por naturaleza a Iglesia.

 

Me permito hacer un llamamiento apremiante a la Vicaría de Educación, a las obras educativas de la Arquidiócesis, a las comunidades religiosas que tienen colegios a que no cedamos espacios, a que mejoremos la calidad académica, a que cumplamos fielmente la misión que tiene la escuela católica. Así mismo, pido a todos los sacerdotes que no descuiden las escuelas y los colegios situados en sus parroquias y en los que deben hacer una presencia pastoral permanente. Animo a los docentes de educación religiosa a que se capaciten para este servicio y se dediquen a él con responsabilidad apostólica, pensando en todo lo que su trabajo significa para las personas y para la sociedad. 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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