MISIÓN AL AIRE

EL TIEMPO ES SALVACIÓN

20 | 01 | 2014

Para los comerciantes el tiempo es oro, para los cristianos el tiempo es salvación. Al iniciar, en este nuevo año, otra etapa de las tareas pastorales en la Arquidiócesis, debemos hacernos conscientes de lo que significa el tiempo como don y como oportunidad. Según la Sagrada Escritura, el tiempo de los hombres tiene su inicio en el “tiempo de Dios”. Dios es principio original (“arché”) desde el cual todo existe y, a la vez, es meta y fin (“telos”) para el cual todo existe. Él es, por tanto, origen y conclusión de toda realidad creada. Tiempo astronómico y antropológico, presente y futuro tienen su fuente en Dios. Él es quien substrae el tiempo a la monotonía cíclica y lo hace siempre nuevo con sus intervenciones providenciales.

 

El tiempo del universo y del hombre es “tiempo de Dios” y de su proyecto paterno en medio de la humanidad. En el tiempo, Dios entra en diálogo con los seres humanos y con ellos construye una historia de salvación. Es el mismo Dios, por consiguiente, quien orienta el tiempo hacia el final misterioso, en el cual alcanzará su término y perfección. La Biblia, de este modo, “desacraliza” el tiempo y lo “santifica”, superando el panteísmo con la trascendencia. La verdadera clave de lectura del tiempo no es la cosmología, sino la teología de la historia. Es lo que hace la Sagrada Escritura cuando nos trasmite la experiencia de un pueblo que ve cómo Dios lo salva a través de los acontecimientos.

 

El tiempo, como todas las cosas, está en las manos de Dios; sabiendo que Él lo conduce, en una ininterrumpida manifestación de su misericordia, podemos superar el determinismo cósmico. Encontramos a Dios, efectivamente, en los hechos históricos a través de los cuales actúa y se revela. El tiempo no se debe ver como opuesto a la eternidad, sino cargado de eternidad y proyectado hacia lo eterno. El tiempo no es un círculo vicioso, sino un camino orientado a una meta de plenitud escatológica. El tiempo ya no es más el “kronos” mitológico que devora a los hombres, sino el “kairós” teológico que es sacramento mediante el cual Dios trabaja para salvar a su pueblo. Como Abraham, estamos en marcha hacia una tierra que Dios construye con nosotros y que luego nos dará.

 

Cristo es el centro y culmen del tiempo (cf Ef 1,10). Él es el punto luminoso desde donde se recapitula el pasado, el presente y el futuro y se inaugura su plenitud (Gal 4,4). En Cristo, Dios se ha hecho tiempo, afirma san Ireneo, para que los hombres temporales nos volviéramos eternos. Con la encarnación del Verbo el tiempo no se detiene sino que entra en un misterioso movimiento que realiza la salvación humana mediante el misterio pascual: pasión, muerte, resurrección, ascensión, don del Espíritu; entra en un impulso progresivo hacia la nueva creación por la que suspira el corazón humano. La Iglesia vive y aplica los eventos salvíficos de la historia a través de la acción pastoral, que enseña, celebra y proyecta el misterio de Cristo.

 

Por la acción pastoral, acción del mismo Cristo en su Iglesia, se integran el cosmos, la historia y la humanidad al tiempo nuevo; la pastoral es un permanente florecer de la juventud de la Iglesia porque vive y entrega a Cristo que es el pleno cumplimiento y la esperanza realizada del futuro. Por tanto, este comienzo de año nos debe motivar a lanzarnos con pasión a una programación pastoral eficaz  y de conjunto; nos debe llevar a vivir con ilusión y profunda comunión la misión que Dios nos ha confiado; nos debe impulsar a acertar en la respuesta a los desafíos que el mundo nos presenta. Pidamos con el salmista que aprendamos a valorar nuestros días para que entre la sensatez en nuestro corazón (Sal 90,12).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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