MISIÓN AL AIRE

LLEGÓ LA HORA DE LA CONVERSIÓN PASTORAL

03 | 02 | 2014

Al comenzar una nueva etapa de la vida pastoral en este año, que coincide prácticamente con el tiempo de cuaresma, debemos percibir con claridad que las situaciones y desafíos que vive la Iglesia, frente a su misión evangelizadora, nos exigen una actitud de conversión permanente. Esta conversión nos lleva a vencer las tentaciones de mediocridad, conformismo, egoísmo, materialismo, búsqueda de poder, cansancio y a asumir la vida de Cristo que vino a traer fuego a la tierra y a buscar que ardiera (cf Lc 12,49). Este empeño de una profunda transformación que responda a los retos de hoy es lo que, a partir de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, se viene llamando “conversión pastoral”.

Puede decirse que desde los tiempos del Concilio Vaticano II, se fue gestando la idea y necesidad de una conversión pastoral. No se hablaba de ella como tal, pero se invitaba a lo que ella significa y que corresponde a la idea del “aggiornamento” sugerida por Juan XXIII y asumida directamente por Pablo VI en su encíclica Ecclesiam Suam, cuando dice: “La Iglesia debe profundizar la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio. De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de confrontar la imagen ideal de la Iglesia, tal como Cristo la vio, la quiso y la amó y el rostro real que hoy la Iglesia presenta… Brota, por tanto, un anhelo impaciente de renovación, es decir, de enmienda de defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí” (n.4).

Pero fue en Aparecida donde se enfocó con más claridad el tema de la conversión pastoral. En los números 365 a 372, se presenta como la renovación misionera de las comunidades eclesiales para responder a los signos de los tiempos en el momento actual. Una renovación que implica reformas espirituales, pastorales e institucionales a fin de que todos los miembros del pueblo de Dios, escuchando lo que el Espíritu Santo le dice a las Iglesias (Ap 2,29), se orienten decididamente a cooperar en el advenimiento del Reino de Dios (cf A 366-367). Igualmente, el magisterio del Papa Francisco promueve un despertar de la conciencia misionera y nos interpela sobre la urgencia de una conversión pastoral que nos permita hacer frente a los retos del cambio de época que vivimos.

Situaciones que desafían nuestra acción pastoral

Es verdad que tenemos muchas realidades positivas que nos llevan a dar gracias al Señor y que son motivo de esperanza, pero debemos reconocer también situaciones que nos exigen la apremiante necesidad de impulsar en cada Iglesia particular la nueva evangelización. Algunas de ellas son las siguientes:

1.      Nuestra adhesión a Jesucristo, a nivel personal y comunitario, no siempre está caracterizada por una fe fuerte. Como dice Aparecida, nos quedamos con una fe que repite algunos principios doctrinales, que se contenta con moralismos que no logran convertirnos, con prácticas de devoción fragmentadas, con una participación ocasional en algunos sacramentos (A 12). A esto se refería el Cardenal Ratzinger en 1996: “Es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual todo procede con normalidad pero en realidad la fe se va desgastando en mezquindad”. Por eso, no vemos claramente los signos de la presencia y de la actuación de Dios, no tenemos la fuerza para sembrar  la justicia, la reconciliación y la paz en la sociedad, no logramos leer la historia con una visión de conjunto y de futuro, no tenemos una palabra y una vida proféticas que iluminen la desesperanza y promuevan una real transformación del mundo.

2.      Constatamos vacíos y fallas en la evangelización del mundo contemporáneo. No llegamos a realizar una auténtica iniciación cristiana; las familias católicas no aciertan hoy a transmitir la fe; hay deficiencias en la formación permanente en la fe que deben impartir las parroquias, dedicadas con frecuencia a una mera “pastoral de conservación”; las nuevas generaciones empiezan, dentro de una ruptura con la considerada “civilización cristiana”, a hacer su proyecto personal sin tener en cuenta la fe en Dios como un fundamento esencial; la formación de laicos y presbíteros no responde a los retos de hoy; la acción evangelizadora de la Iglesia no logra incidir en los problemas sociales que vivimos. Las cosas se agravan cuando, ante esta realidad, nos refugiamos en espacios más tranquilos pero llamados a ser superados como el sacramentalismo, el asistencialismo y la religiosidad popular.

3.      Nos hemos acostumbrado en la Iglesia a prácticas y comportamientos que no son conformes con el Evangelio y no hay mucho interés en buscar respuestas que superen las ambigüedades y los problemas que con esto se genera. Es así como  toleramos y mantenemos cierta privatización de los sacramentos, el mercadeo religioso, la indisciplina y desarticulación en la programación pastoral, el clericalismo, ciertos procedimientos en la organización eclesial que no propician ni reflejan la comunión, la falta de transparencia y de competencia en la administración de los bienes eclesiásticos. Estas cosas presentan la Iglesia más como una organización humana, que como una comunidad de fe.

4.      Las prácticas que expresan la fe y que tenemos como acción pastoral se mantienen inmutables, como si todos en la sociedad fuéramos católicos, como si ante la pluralidad de interlocutores no se necesitara un lenguaje diversificado, como si la religión siguiera siendo el centro de la vida social y personal y nada hubiera cambiado en los últimos años. No procedemos teniendo en cuenta que la mentalidad de hoy es fragmentada, sin una visión unitaria, sin capacidad de profundizar la realidad y de avizorar el futuro, que el anuncio del evangelio no pocas veces se considera como un lenguaje duro y sin sentido, que hay grandes dificultades para convocar a la participación, que es compleja y ambivalente la generación de redes de comunicación y que la globalización de la cultura urbana está desafiando la pastoral concebida para un mundo rural.

5.      Muchos católicos se han alejado de la Iglesia yendo a otros grupos religiosos o al mundo de la indiferencia. Algunos se han ido con heridas generadas en la vida eclesial por maltrato, por escándalo, por mal manejo de ciertas situaciones. Son muchos los alejados porque, a pesar de identificarse con los valores del Evangelio, no encuentran un lugar para ellos en la Iglesia, no se sienten interlocutores con un lenguaje adaptado a sus necesidades y un ambiente de diálogo abierto, no han recibido la formación que necesitan para integrar su fe en la cultura y en la realidad social que viven. Es así como se ha ido formando también una imagen de la Iglesia como una institución anquilosada, que permanece en el pasado y que no tiene la fuerza para responder a las características del mundo actual.

Necesidad de un cambio pastoral

Estas situaciones y muchas otras que vivimos van generando un profundo deseo y una exigencia de cambio dentro de la vida y la acción de la Iglesia. Este anhelo y esta expectativa no siempre van acompañados del proceso de corresponsabilidad con el que todos debemos comprometernos. Por tanto, estamos esperando algo imposible, pues los cambios no vienen como por ensalmo mientras nosotros sigamos en el acomodamiento. De ahí la urgencia de entrar por los caminos de una conversión pastoral, que nos exige encontrar nuevas posibilidades de vivir la fe y de anunciar el Evangelio en el mundo actual.

Aparecida, dentro del capítulo “La misión de los discípulos al servicio de la vida plena”, trata el tema de la “conversión pastoral y renovación misionera de las comunidades”. El sentido de este llamado a la conversión proviene, indudablemente, de la realidad que se ha reseñado antes y que exige un cambio, en orden a la transmisión de la fe y la evangelización. Porque, más allá de la conversión personal de cada persona que acepta libremente el Evangelio, hoy se necesita una conversión comunitaria y pastoral que modifique algunas actitudes generales de la Iglesia y de la concepción que tenemos de la misión.

La Palabra de Dios es, y será siempre, una invitación a la revisión y al cambio, como lo fue para Israel, como lo fue para las primeras comunidades cristianas, como lo es para nosotros hoy y lo será siempre para la humanidad. En cada época, la Iglesia está llamado a leer los signos a través de los cuales Dios habla y salva, para que su comunicación de la vida en Cristo no sea una idea desatinada e inaplicable a las personas, sino que, penetrando las experiencias profundas de cada ser humano y las perspectivas de las culturas, el Evangelio se arraigue y el Reino de Dios se haga presente y eficaz en realidades concretas.

El llamado a la conversión implica renuncias y cambios dolorosos. Estar dispuestos a cambiar es estar dispuestos a dejar que la Palabra inspire y transforme nuestro sentir y nuestro actuar; y, a nivel eclesial, estar dispuestos a permitir que el Espíritu Santo nos lleve por donde él quiera, aunque eso implique desprenderse de modelos a los que ya estamos acostumbrados. Quizás, el mayor problema de la conversión pastoral resida en llevar a los agentes de pastoral, moldeados bajo una forma de hacer las cosas de la misma manera, sin cuestionarla, a actuar de acuerdo con lo que el Espíritu le dice a la Iglesia y con el ímpetu misionero que él le imprime.

Perspectivas y desafíos de la conversión pastoral

A la luz de Aparecida, podemos descubrir algunas líneas que nos permiten enfocar y realizar el cambio que necesita nuestra pastoral:

1.      Ahondar en la reflexión que lleve a la Iglesia a comprenderse a sí misma en un contexto cultural y social de características nuevas y a encontrar las modalidades con las que debe cumplir su misión en permanente fidelidad a Dios y a la humanidad. De esta manera, con la luz del Espíritu Santo, hay que repensar a fondo los métodos, el lenguaje, la forma de comunicación, las estructuras pastorales, las relaciones con los diversos ámbitos de la sociedad.

2.      Tener una mirada y una actitud nuevas frente a las nuevas realidades que vivimos. Se necesita una conversión en nuestra manera de ver y de juzgar, que nos permita renovar nuestra fe y relanzar nuestra misión en una permanente lectura de la historia, en diálogo con las luchas y esperanzas de la vida contemporánea, en un dinamismo de encarnación que nos permita estar con la gente e interpretar los signos de los tiempos. Aquí la Iglesia no habla de la conversión que otros deben hacer sino de su propia conversión y siente que es Dios mismo quien la interpela a través de esta novedad del mundo.

3.      Anunciar a Jesucristo y su Evangelio. Puede parecer obvio, pero es el gran desafío que se le presenta siempre a la Iglesia. Se corre el riesgo de hablar sobre muchos temas, bajo un esquema religioso y supuestamente evangelizador. Pero, en realidad, lo que hace falta es hablar de Jesucristo, de su Persona, de su proyecto de salvación y de cómo seguirlo.

4.      Fortalecer la comunión a fin de realizar la identidad profunda de la Iglesia, de hacerla un signo creíble en el mundo, de sentirnos todos corresponsables de la misma misión y de enfrentar los acontecimientos de cada día con la unidad de criterios que nos permite ser eficaces con los mejores procesos de evangelización. La Iglesia no puede presentarse ante el mundo como un organismo cualquiera; la Iglesia es sacramento de comunión y de salvación

5.      Mirar con valentía los desafíos que el cambio global plantea a la transmisión de la fe, a la formación permanente de discípulos misioneros, a la incidencia de la fe en la estructura social y cultural. Esto debe llevar a un replanteamiento de todas las vertientes de la pastoral, comenzando por la catequesis, continuando con la atención a la familia y a la educación y siguiendo con cada uno de los campos específicos desde donde se hace el anuncio del Evangelio.

6.      Salir de la simple “pastoral de conservación”, pensando que la fe se transmite pacíficamente en las familias y en la sociedad. No podemos engañarnos creyendo que el ambiente general favorece la experiencia de la fe. Debemos tener la audacia necesaria para llegar a espacios nuevos con formas nuevas de pastoral, buscando realmente para servir, es decir, entregando la vida por los demás.

7.      Seguir todos el proyecto pastoral de la arquidiócesis, que debe ser una respuesta consciente, orgánica y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy, con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, formación de los agentes y búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (cf A 371).

8.      Renovar nuestra fe para ver que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos. Las sombras que marcan la vida como la violencia y el egoísmo no pueden impedirnos que contemplemos a Dios amando y realizando su salvación en todos los ambientes. El Reino de Dios sigue estando cerca y presente en medio de nosotros (cf A 514).

9.      Estar seguros que el Espíritu de Dios va adelante. Esto le permite a la Iglesia no tener miedo ante las dificultades de hoy, dar testimonio en el servicio a los demás de la misericordia que ha experimentado, buscar a lo alejados y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos, dar la vida en el servicio y si es necesario hasta en el martirio (cf A 366; EG 24).

Plan programático de la conversión pastoral

El Documento de Aparecida, en los números 365 y 366, nos presenta un plan y unos objetivos para la conversión pastoral que implican toda la vida eclesial.

1.      “Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, y de cualquier institución de la Iglesia”. La conversión pastoral es una decisión que hay que tomar. Es una decisión que atañe a algo esencial: la misión misma de la Iglesia. Por tanto, debe impregnar toda la realidad, todos los proyectos y todos los planes de pastoral.

2.      “Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente”. Es una tarea de discernimiento comunitario para dar con los mejores métodos, con el lenguaje más apropiado y con la mayor pasión el Evangelio a los demás. La conversión pastoral no puede ser para un sector o área, mientras los otros se quedan estancados en la pastoral de conservación. La Iglesia toda debe entrar en esta dinámica que vale tanto para una gran diócesis como para una pequeña comunidad eclesial.

3.      Es necesario “entrar con todas las fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera”. La conversión  pastoral es un proceso permanente, no se realiza como un corte radical que elimina todo lo “viejo” y trae cosas absolutamente nuevas. El proceso implica el cambio gradual, pero firme, que analiza lo que está sucediendo actualmente para rescatar lo bueno y remplazar sin demora lo que no es bueno o necesario.

4.      “Abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe”. Lamentablemente, nuestra Iglesia trabaja a veces con sistemas, organizaciones e iniciativas superadas para esta época, que no permiten y hasta obstaculizan la evangelización. La conversión pastoral implica libertad y audacia para cambiar estructuras que ayer funcionaban pero que hoy no responden a lo que Dios nos pide y la humanidad necesita.

“La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino”. Todos, obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, pero esto no se da si no hay, sobre todo, un compromiso de conversión personal, que nos haga disponibles al Espíritu Santo y nos ponga con generosidad al servicio del advenimiento del Reino de Dios.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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