MISIÓN AL AIRE

RENOVAR LA VIDA LITÚRGICA

01 | 11 | 2013

El próximo 4 de diciembre, se cumplen cincuenta años de la promulgación hecha por Pablo VI de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia. Manifestaba, entonces, el Papa el regocijo de la Iglesia con estas palabras: “Exulta nuestro ánimo por este resultado…. Dios en el primer lugar, la oración nuestra primera obligación. La liturgia es la primera fuente de la vida divina que nos ha sido comunicada, la primera escuela de nuestra vida espiritual, el primer don que podemos hacer al pueblo cristiano, que con nosotros cree y ora”.

Con la Sacrosanctum Concilium, llamada por Juan Pablo II “primicia del Vaticano II”, se destacó el valor central de la liturgia en la vida de la Iglesia y en la vida del cristiano. Al lado de diversas formas de oración, la liturgia tiene una identidad propia y un lugar especial porque es verdadera actualización, mediante signos, de cuanto Dios ha hecho para la salvación de la humanidad. Hoy, a cincuenta años de distancia, se pueden apreciar los numerosos frutos que ha producido este propósito de renovar y acrecentar en la Iglesia la vida litúrgica.

Podría decirse que este documento tuvo una larga preparación, comenzada desde mediados del siglo XIX, con el llamado “movimiento litúrgico”, que fue abriendo horizontes a la comprensión de la naturaleza de la liturgia, que explicitó su puesto en la Iglesia como actualización del misterio de la salvación y que promovió un impulso de renovarla profundamente y hacerla más comprensible para el pueblo de Dios. Por eso, el primer esquema que se presentó al iniciar el Concilio maduró rápidamente y su redacción final fue aprobada, casi unánimemente, con 2158 votos a favor y solamente 4 en contra. 

No puede pensarse, sin embargo, la Sacrosanctum Concilium como un documento menor que surgió sin esfuerzo. El debate fue amplio y vivo sobre temas de fondo como la actuación del Espíritu Santo en la liturgia o el sacerdocio común de los fieles y sobre otros tópicos que generaban dificultad como la aprobación de la lengua vernácula o la concelebración. Esta constitución, finalmente, resultó ser un auténtico punto de partida del Concilio, un momento de verdadera renovación eclesial y una pauta decisiva para los siguientes debates y para los demás textos que luego fueron promulgados.

Criterios de la reforma litúrgica según la Sacrosactum Concilium

A cincuenta años de la promulgación de esta Constitución podemos comprender mejor el sentido auténtico de la reforma que promovió y el espíritu que la inspiró. Los autores que la han estudiado ofrecen diversas listas de los criterios con que procedió. A partir del mismo documento se pueden señalar los siguientes:

1.     Por medio de la liturgia “se ejerce la obra de nuestra redención”. La novedad de este principio estriba en que, por primera vez en un texto oficial de la Iglesia, la liturgia es presentada como acontecimiento salvífico; no es, como se decía antes, un elemento de la piedad o un ejercicio de la virtud de religión, sino un verdadero momento de la obra de nuestra redención, cuyo centro y punto culminante es el misterio pascual de Cristo. Por tanto, la liturgia aparece siempre como ejercicio del sacerdocio de Cristo, que está presente continuamente en la Iglesia y la asocia a su obra de salvación (SC 7). 

2. La liturgia es “cumbre y fuente de la actividad de la Iglesia”. Toda la vida de la Iglesia se ordena a que los hombres, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el Bautismo, se reúnan para alabar a Dios y participar en el banquete del Señor, en donde se obtiene con la máxima eficacia la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios a la que se orientan como a su fin las demás obras de la Iglesia (SC 10,11). Es la cumbre a la que tiende y la fuente de donde mana su fuerza (SC 40). De otra parte, se advierte que la liturgia, acción sagrada por excelencia cuya eficacia no la iguala otra acción eclesial, no agota la actividad de la Iglesia (SC 7,9). 

3. La liturgia debe tener en cuenta la plena y activa participación de todo el pueblo. La Constitución habla de una participación “consciente, activa y fructuosa” en la liturgia, pues ella es “la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano”. Para evitar el riesgo de un posible “absolutismo litúrgico”, advierte que “la participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual” y recomienda los ejercicios piadosos que estén en conformidad a las normas de la Iglesia y que estén muy unidos a la liturgia, de modo que “deriven de ella y a ella conduzcan”, ya que la liturgia está muy por encima de ellos (SC 11,12,13,14).

4. La reforma litúrgica debe conservar la tradición y estar abierta al legítimo progreso. Este principio orienta todos los cambios, siguiendo tres vías concretas: En primer lugar, debe preceder siempre una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral, acerca de cada una de las partes que se han de revisar; luego, es necesario tener en cuenta no sólo las leyes generales de la estructura y la mentalidad litúrgicas, sino también la experiencia adquirida; y, finalmente, mantener una continuidad orgánica evitando cambios innecesarios o sin fundamento (SC 23).

Algunas dimensiones esenciales de la reforma litúrgica

En la Sacrosanctum Concilium encontramos una serie de temas recurrentes que son como sus líneas maestras o dimensiones fundamentales:

Dimensión trinitaria y pascual: La liturgia es actualización de la historia de la salvación, sacramento de la obra redentora, memorial del misterio pascual, lugar privilegiado de la múltiple presencia de Cristo y, en definitiva, obra de la Trinidad y de la Iglesia (nn. 1-7). 

Dimensión sacramental de la Palabra: La proclamación de la Palabra de Dios hace parte integral de la liturgia. Por eso, se pide que tenga un puesto primordial y que se ofrezca con más abundancia. Hacer que la liturgia sea también “mesa de la Palabra” es uno de los logros más importantes de la renovación conciliar.

Dimensión eclesial de la celebración: Sólo en una Iglesia comunión tiene todo su sentido la presencia y el misterio de Cristo resucitado que da su Espíritu y realiza la salvación. Por eso, las acciones litúrgicas son patrimonio de todo el Cuerpo de la Iglesia. La Iglesia es a la vez sujeto, mediación y objeto de la celebración (SC 26). 

Dimensión personal: Si bien la liturgia implica un contexto comunitario exige también la participación y el compromiso de cada persona, que debe acoger el misterio en la fe. Los sacramentos “suponen, expresan y alimentan la fe” de cada persona (SC 59).

Dimensión visible: El principio de la encarnación conduce a que la salvación se integre y se vea en la vida de los hombres. Por tanto, la liturgia debe expresarse a través de palabras y de signos que sean inteligibles y debe adaptarse, en sus expresiones verbales y simbólicas, a la mentalidad, cultura y costumbres de los pueblos (SC. 34,35,37,38,40,44).

Dimensión evangelizadora y santificadora: La liturgia debe contribuir a suscitar la fe y a madurar la vida cristiana por la calidad mistagógica de la celebración, por los textos y signos que emplea, por la exposición de la Palabra de Dios y, sobre todo, por la experiencia del misterio de Cristo que actualiza (SC 24).

Dimensión escatológica: En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en la liturgia que se celebra en el cielo y a la cual nos dirigimos como peregrinos. La liturgia crea una contemporaneidad entre lo presente y lo eterno. La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra se verifica de modo especial en la Eucaristía, pues siempre la celebramos en espera de la consumación definitiva (SC 8,38). 

Retos y propósitos

Llevamos cincuenta años tratando de asumir, en el espíritu del Vaticano II, la reforma de la liturgia. Se han confrontado, en este tiempo, diversas visiones y experiencias. Después de todo, se ve la necesidad de poner en la liturgia más catequesis, más espiritualidad, más vida. La liturgia no es rito, no es magia, no es espectáculo; es misterio de salvación. Al final, más que el movimiento y el ruido, cuenta lo que sirva para tener una experiencia de Dios y de su amor. Desearía, por consiguiente, que la conmemoración de este cincuentenario nos llevara a plantearnos algunos desafíos y a asumir algunas  conclusiones que tienen que ver con la pastoral litúrgica, pues si bien se han alcanzado buenos frutos queda siempre un camino por recorrer. Quisiera destacar lo siguiente:

Debemos descubrir cada día más el sentido profundo de la liturgia en la vida de las personas y de las comunidades. Es verdad que ella, como advierte el Concilio, no agota la actividad de la Iglesia; pero en la celebración litúrgica debe aparecer y potenciarse todo lo que se profesa por la fe, se vive en la comunidad, se realiza en el servicio y se anuncia a través de la evangelización. Por eso, debemos mantener el propósito, como está establecido en nuestros Programas  Pastorales, de trabajar por una ordenada y sistemática formación litúrgica de todo el pueblo de Dios. No se llega a tener una liturgia encuentro con Cristo, una liturgia fraterna y una liturgia significativa sin una catequesis permanente, antes, durante y después del momento celebrativo. 

Ciertamente se han hecho muchos esfuerzos para obedecer al Concilio que pidió la participación de los fieles en la liturgia. Pero esa participación es un acto múltiple que nunca se acaba de cumplir perfectamente. La “participación activa” no es solamente la comprensión de la Palabra y de los ritos, el cumplimiento de determinados servicios, el tomar parte en las respuestas y en el canto, sino, sobre todo, adorar el misterio de Cristo y acogerlo dentro de la propia vida cotidiana. Allí es cuando realmente se comprende lo que se celebra y la participación litúrgica se vuelve salvación.  

Es un desafío permanente que tanto los ministros ordenados como los files laicos preparemos cuidadosamente la liturgia, la celebremos debidamente y saquemos de ella el mejor provecho espiritual. En esto ayuda mucho, siguiendo los Programas de Pastoral de nuestra Arquidiócesis, reavivar en los sacerdotes, en los religiosos, en los seminaristas y en los fieles la espiritualidad litúrgica. Urge, especialmente, que los sacerdotes nos renovemos constantemente en esta área tan central de nuestro ministerio. Igualmente, resulta muy importante conformar o consolidar en cada parroquia un equipo, que se ocupe de la preparación y animación de las celebraciones litúrgicas.  

En estos cincuenta años, la Iglesia ha avanzado en el empeño de preparar adecuadamente para la recepción de los sacramentos con catequesis, convivencias y cursillos. Sin embargo, hoy esto no es suficiente. Se requiere, siguiendo también nuestros Programas de Pastoral, lograr que los fieles, como verdaderos discípulos, vivan el misterio y la salvación de Cristo que, por la acción del Espíritu Santo, se realiza en los sacramentos de la iniciación cristiana, mediante un itinerario catequético, litúrgico y espiritual, que ayude a madurar la vida de fe en el seno de la comunidad eclesial.

En la espiritualidad y pastoral litúrgicas es necesario darle un lugar central a la celebración del Día del Señor. No debemos ahorrar esfuerzos para ayudar a descubrir y vivir la importancia y capitalidad de la “fiesta primordial de los cristianos”, haciendo realmente del domingo el día consagrado al Señor, el día del encuentro de la Iglesia, el día de la alegría, el día del descanso. Así mismo, urge fomentar la catequesis sobre el valor, el sentido y el modo de vivir el Año Litúrgico, el cual, a través de los diversos tiempos y fiestas, nos ofrece una gran riqueza y una admirable pedagogía para comprender y vivir el misterio de Cristo.

Es necesario desarrollar mucho más la llamada mistagogía litúrgica, que se expresa más con los símbolos que con explicaciones. Los símbolos mueven más la totalidad de la persona, hablan mejor al corazón; sin embargo, por facilismo o por falta de formación se renuncia a algunos signos o a realizar bien los que tenemos y así se cae en un excesivo funcionalismo o en un cierto racionalismo. El cuidado de todos los elementos de la liturgia no se hace por propiciar un espectáculo o por mero gusto estético, sino por favorecer lo esencial de la liturgia, es decir, la comunicación con Dios, guiada por el Espíritu Santo, para que Cristo continúe haciéndose presente entre nosotros hoy y realizando en nuestra vida su salvación.

Otro campo que nos reta es el de la música litúrgica. La Constitución conciliar estableció que los cantos estuvieran inspirados en la Palabra de Dios o en los textos de la misma liturgia y que fueran aprobados por la Conferencia Episcopal, pero esto no se ha cumplido. La falta de una experiencia adecuada y una buena organización ha llevado a un despliegue incontrolado de iniciativas que, por una parte, han ayudado al canto de la asamblea, pero, por otra, han producido una gran dispersión y cantos de dudosa calidad. La música litúrgica debe distinguirse de las demás formas de música por su espiritualidad, su bondad y su universalidad; debe favorecer la oración, la participación de la asamblea y el clima festivo de la celebración.

Muchas personas viven la liturgia como una evasión; buscan sólo de un modo emocional el encuentro con la trascendencia y lo sobrenatural, sin ninguna referencia a la humanidad y a la realidad del mundo. Más aún, les molesta que se les motive a un compromiso concreto. Ante esta visión de una religiosidad vaga y a veces desencarnada, es preciso que se reafirme y se exprese con signos que la vida litúrgica remite constantemente a la persona y a la enseñanza de Jesús, que es siempre una llamada a la conversión, a la fraternidad y a la solidaridad con los más necesitados. Una genuina pastoral litúrgica lleva a comprender que la celebración de los misterios de Cristo impulsa a conectar fe y vida, a plasmar en la realidad de cada día lo que Cristo hizo y enseñó.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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