MISIÓN AL AIRE

EMERGENCIA VOCACIONAL EN LA ARQUIDIÓCESIS

01 | 04 | 2013

Crisis vocacional y pastoral vocacional

Cuando hablamos de Pastoral Vocacional, de una parte, estamos ante una realidad que de modo personal nos atañe a todos; en efecto, cada persona es vocación, es llamada original y amorosa de Dios para ser, para realizarse en Cristo, para cumplir una misión en la Iglesia y en el mundo, para llegar a la vida eterna. Por esto, cada uno está llamado a asumir y construir su vida dentro del plan salvífico de Dios y está llamado a dar testimonio de la obra que Dios hace en su vida para animar a otros a una profunda relación con Dios, que les abra todas las posibilidades que tienen como imagen y semejanza suya.

Cuando hablamos de Pastoral Vocacional, de otra parte, tenemos que hacernos conscientes de una realidad verdaderamente inquietante. No pocas personas viven sin tener en cuenta su dimensión vocacional. Simplemente pasan los días y los años llevados y traídos por las fuerzas biológicas, sociales, económicas y culturales, que van condicionando de distintas maneras la vida de los seres humanos y de las sociedades. Es así como tenemos esposos, padres de familia, educadores, líderes sociales, profesionales, religiosos y sacerdotes que cumplen roles y servicios sin una verdadera experiencia vocacional.

Detrás de esta crisis vocacional hay muchas causas ya conocidas. La familia no siempre está cumpliendo con la importante tarea de iniciar en la vida y ayudar a las personas a situarse adecuadamente en el mundo. La educación en no pocos casos se reduce a un servicio técnico de transmisión de datos y no afronta la noble tarea de acompañar las personas en la conquista de su libertad. Vivimos en un contexto cultural y social marcado por fuertes corrientes de pensamiento laicista que pretende excluir a Dios de la vida de las personas y de los pueblos dejándolos sin horizontes de trascendencia y propiciando un degradante clima de superficialidad y frivolidad.

Estas situaciones de vacío y desesperanza afectan particularmente a muchos jóvenes, que crecen sin certezas esenciales en la vida, que no cuentan con instituciones sólidas y definidas que los acompañen, que se mueven frecuentemente en un ambiente violento y materialista y que no tienen la confianza y la ilusión para situarse frente a los cambios que vive la sociedad convulsionada por situaciones políticas, económicas, culturales y, sobre todo, éticas. Es así como llegan a la evasión que encuentran en la droga y en el sexo, o se instalan en la propuesta consumista y corren los peligros de la búsqueda del dinero fácil, o caen en una especie de letargo colectivo.

Sin grandes ideales y expectativas serias de futuro, muchos jóvenes optan por acomodarse a la vida que les resulte más fácil o simplemente por sobrevivir como náufragos de una sociedad en crisis de fe, de valores y de alma. De esta manera llegan tantos al matrimonio conducidos sólo por la pulsión sexual, o a un trabajo o profesión porque fue lo que les deparó la suerte, o a una posición y servicio en la sociedad sin ningún compromiso ni convicción. Tantos jóvenes están renunciando incluso al inconformismo y a la búsqueda creativa que son tan propios de su edad y condición. Tener esposos, maestros, líderes sociales, profesionales en diversos campos y sacerdotes sin vocación, configura una verdadera emergencia vocacional.
En este contexto debemos situar la pastoral vocacional, que debe ayudarle a todas las personas, y especialmente a los jóvenes, a encontrar el sentido de su vida, a desarrollar sus potencialidades, a construir un proyecto para situarse y hacer su aporte en el plan de la salvación. Este acompañamiento será un signo de que la Iglesia no nos deja solos ante los desafíos de la vida, ni ante la necesidad de tomar grandes decisiones. Toda pastoral vocacional debe llevar a la persona a un encuentro con Cristo, que ilumine y transforme su vida, descubriendo el sentido de su existencia, planteándose la vida como vocación, descubriendo su puesto y misión en el mundo, decidiéndose a responder a la llamada de Dios con generosidad e integrándose en una comunidad de llamados.


Situación seriamente preocupante

Dentro de la pastoral vocacional, merece especial cuidado el acompañamiento a las vocaciones para los ministerios ordenados. Nos dice el Concilio Vaticano II que “El Señor Jesús hizo partícipe a todo su cuerpo místico de la unción del Espíritu con el que él está ungido; puesto que en él todos los fieles se constituyen en sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales, y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable. No hay pues miembro alguno que no tenga su cometido en la misión de todo el cuerpo… Sin embargo, el mismo Señor constituyó a algunos de ellos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñaran públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo, en que no todos los miembros tienen la misma función” (Presbyterorum ordinis 2).

Por consiguiente, en la Iglesia debe existir una conciencia particular y unos medios específicos para acompañar en un exigente proceso a quienes Dios llama al ministerio sacerdotal. La vocación sacerdotal es un diálogo inefable en el que la iniciativa parte de Dios y la persona debe responder. No hay vocación sacerdotal sin esos dos elementos esenciales: el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre. Así aparece en todas las historias vocacionales descritas en la Biblia y así se ve en todas las vocaciones que se dan en la Iglesia. No hay auténtica vocación sin la gracia de la llamada y sin una respuesta dada con plena libertad. Para la realización de este proceso vocacional Dios se sirve de la mediación de la Iglesia, a través de personas que suscitan, ayudan en el discernimiento y acompañan en el itinerario de la respuesta.

La Iglesia tiene el derecho y el deber de promover el nacimiento de las vocaciones sacerdotales, de aclarar la autenticidad de las mismas y, después, de acompañarlas en el proceso de maduración a través de la oración, el anuncio de la Palabra, la vida sacramental y la progresiva educación en la fe y la caridad. En nuestra Arquidiócesis, debemos constatarlo con realismo y sinceridad, se han presentado deficiencias en el ejercicio de este deber. Tenemos un descenso notable en el número de candidatos al sacerdocio ministerial. En los próximos cinco años, los cálculos más optimistas no nos permiten pensar, por el actual número de seminaristas en el ciclo teológico, en la ordenación de más de seis presbíteros por año para trabajar dentro de la Arquidiócesis. Si en los últimos años se habían ordenado, en promedio, unos veinte sacerdotes por año, algo grave nos ha pasado.

Para explicar esta situación podemos aducir todas las causas derivadas del cambio social y cultural que vivimos, pero debemos pensar también que algo particular sucedió en la pastoral vocacional y en la vida arquidiocesana de 2005 a 2010, años en los que bajó tan notablemente el ingreso de candidatos idóneos para el sacerdocio. Tal vez, con la abundancia vocacional que se tenía, nos descuidamos en mantener una vida eclesial fuerte, en implementar una articulación de diversas vertientes pastorales al servicio de la promoción vocacional y en hacer un explícito llamamiento y un cuidadoso seguimiento a los jóvenes que pudieran tener una llamada de Dios al sacerdocio. No se trata de echarnos culpas, pero sí de reconocer que estamos en una verdadera emergencia vocacional y de actuar con prontitud y decisión.

Para percibir la gravedad de esta realidad, basta considerar que en los próximos años no se ve la posibilidad de acrecentar el servicio misionero en otras diócesis, no será tan fácil crear parroquias nuevas, no podrá pensarse en constituir o fortalecer algunos equipos sacerdotales que resultan necesarios. Debemos estar atentos a que, por falta de oración, de acción pastoral y de un serio compromiso de todos, no lleguemos al “invierno vocacional” que se vive en algunas diócesis de Europa y que se ha vuelto un desafío con graves repercusiones en toda la Iglesia. Los invito a todos, entonces, a hacernos conscientes de esta emergencia vocacional y a comprometernos con responsabilidad en las acciones concretas que propongo a continuación.


Siete compromisos para asumir

Orar por las vocaciones. El primer recurso vocacional que nos enseñó Jesús es pedir al Padre obreros para la mies. Por eso, la principal actividad de la pastoral vocacional es la oración, que reconoce que las vocaciones son un don divino. En la oración se manifiesta fundamentalmente la solicitud de la Iglesia por las vocaciones. Todos debemos tener la humildad, la confianza, la valentía de llamar con insistencia al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes. Sugiero que esta sea una intención permanente en la oración de los fieles los domingos y en las vigilias eucarísticas de los jueves.
Motivar a las familias en el trabajo por las vocaciones. La familia cristiana tiene una responsabilidad particular, puesto que es un primer seminario. Si bien la institución familiar atraviesa no pocas dificultades, la Iglesia sigue confiando en su capacidad educativa y de transmitir aquellos valores que capacitan al sujeto para plantear su existencia desde la relación con Dios. El futuro de las vocaciones se forja, en primer lugar, en el hogar. Esto exige que la familia cristiana esté abierta a la vida y se aplique con dedicación y esmero en la tarea de educar a los hijos en la fe. 
Promover grupos y redes de grupos juveniles. Imposible tener vocaciones sin un esfuerzo permanente de evangelización de la juventud en los colegios y en las parroquias. Dentro de los programas pastorales de la Arquidiócesis nos hemos propuesto la organización de grupos y redes de grupos juveniles que ayuden con procesos de formación cristiana a los adolescentes y jóvenes a ser discípulos misioneros capaces de dar vida al mundo. Muchas parroquias han tomado esto en serio, pero nos falta ir más lejos todavía. En el acompañamiento juvenil hay que estar atentos a los signos de vocación que tienen lugar en la vida cotidiana, para percibir el designio divino sobre algunos jóvenes.
Impulsar parroquias vivas y misioneras. Dios llama a cada uno por su nombre, es una llamada personal, pero quiere salvar y santificar a todos y cada uno, no de forma aislada e individual, sino constituyendo una comunidad de llamados. No pueden surgir vocaciones allí donde no se vive un espíritu auténticamente eclesial. Las vocaciones surgen en las parroquias vivas y misioneras, que saben integrar a los jóvenes en la comunidad y les dan participación en las diversas iniciativas de apostolado. A su vez, el número de seminaristas habla de la calidad de la vida pastoral de cada parroquia.
Implicar a los laicos en el trabajo vocacional. La pastoral vocacional es responsabilidad de todos los miembros de la Iglesia. Además del obispo, los presbíteros y los religiosos, también los laicos deben interesarse en que haya abundantes y cualificados obreros en la viña del Señor. Especialmente los catequistas, los educadores y los animadores de la pastoral juvenil tienen un papel fundamental en proponer el ideal sacerdotal a los niños y a los jóvenes y acompañar a aquellos que sienten algún indicio de una llamada de Dios. 
Apoyar los Seminarios. Los Seminarios realizan su tarea en nombre de toda la Iglesia diocesana. Sin una colaboración permanente del presbiterio, de las parroquias y de las demás instituciones eclesiales no les sería posible cumplir su misión. Para plantear a los seminaristas la llamada a la santidad y demás compromisos que implica la formación se requiere un favorable contexto eclesial y un apoyo incondicional de toda la comunidad diocesana. No se puede dejar solo al Seminario o contradecir su trabajo sin un grave perjuicio para la Arquidiócesis. En este momento, de un modo especial, el Seminario menor necesita el apoyo de todos. 
Cooperar con los programas de la Pastoral Vocacional Arquidiocesana. La Pastoral Vocacional promueve diversas iniciativas que deben ser acogidas y secundadas especialmente en las parroquias y los colegios católicos si queremos tener el número y la calidad de los sacerdotes que necesitamos. La forma de valorar los esfuerzos que hace la Pastoral Vocacional es cooperar con todos sus programas, especialmente con la promoción de grupos vocaciones y con la compañía espiritual y la ayuda económica para aquellos aspirantes que inician el discernimiento de una posible llamada al sacerdocio.
El testimonio de los sacerdotes

La pastoral vocacional, ya se ha dicho, es responsabilidad de todos; sin embargo, es preciso subrayar la importancia de la figura del sacerdote como un elemento transversal en este trabajo. Los presbíteros deben participar con una sólida acción pastoral en medio de la juventud y con una explícita y permanente colaboración a los programas diocesanos de pastoral vocacional, pero sobre todo deben colaborar con un testimonio límpido de su sacerdocio. La vida del sacerdote, a través de la sencillez, de la coherencia, de la caridad con los que sufren, de la gozosa imitación de Cristo, se convierte en el mensaje más directo.

Para llevar a cabo una renovada pastoral de las vocaciones sacerdotales, es fundamental que los sacerdotes vivan con radicalidad el Evangelio y se entreguen a su ministerio, ofreciendo un testimonio que exprese las actitudes profundas de quien vive configurado con Cristo. De esta manera podrán suscitar en los jóvenes el deseo de entablar una amistad con Cristo, de entregarle su vida y de participar de su misión que compromete toda la existencia. Quienes hemos llegado al sacerdocio, de una u otra forma, nos hemos visto ayudados por el testimonio de:

Sacerdotes discípulos files de Cristo, que viven la configuración con él, como el centro que unifica toda su existencia y todo su ministerio. 
Sacerdotes que son hombres de Dios, oyentes de la Palabra, entregados a la oración y que encuentran la fuerza para su vida y su misión en la Eucaristía.
Sacerdotes que hacen de su existencia una ofrenda agradable al Padre, un don total de sí mismos a Dios y a los hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesús. 
Sacerdotes que viven con radicalidad el Evangelio, como apóstoles de Cristo y en relación amorosa con las personas a las que han sido enviados. 
Sacerdotes que renuncian a sí mismos y al mundo para hacer, en la obediencia, la voluntad del Padre.
Sacerdotes conscientes del ministerio tan grande que han recibido y llenos de celo y entusiasmo por la evangelización del mundo.
Sacerdotes que son hombres de verdadera comunión, que viven el misterio de la unión con Dios y con los hermanos a través de su gozosa entrega a la Iglesia. 
Sacerdotes felices y libres, que viven el momento presente, que transmiten esperanza sin nostalgias del pasado y sin ansiedades por el futuro, pues les basta la experiencia profunda del amor con que Dios los ha elegido, consagrado y enviado.

Conclusión: La vocación es una forma de ver la persona humana en su dignidad y grandeza. La vocación al ministerio ordenado tiene una especificidad y un cultivo particular en la Iglesia. Estamos en una emergencia vocacional en la Arquidiócesis. Nos hallamos en un tiempo apasionante para vivir el sacerdocio y para trabajar en la promoción de las vocaciones sacerdotales. Es necesario mantener clara la identidad sacerdotal y ofrecer el testimonio de que somos hombres de Dios, que amamos a la Iglesia, que nos entregamos hasta dar la vida por la salvación de los demás. Es la hora de la fe, la hora de la confianza en el Señor que sigue llamando y que nos envía mar adentro a seguir echando las redes en la tarea indispensable de la pastoral vocacional.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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