MISIÓN AL AIRE

EN LA PARROQUIA, MUCHOS MIEMBROS Y DIVERSAS FUNCIONES

01 | 05 | 2012

DISCÍPULOS MISIONEROS QUE FORMAN UN SOLO CUERPO

En el Bautismo, por una especial actuación del Espíritu Santo, hemos quedado incorporados a Cristo y, en él, hemos sido constituidos hijos de Dios. Es tal la riqueza de este acontecimiento que, de diversas maneras, podemos acercarnos a la identidad de un cristiano. El Papa Benedicto XVI, en la Conferencia de Aparecida, propuso para definirnos el concepto teológico tan diciente de “discípulos misioneros de Jesucristo”, que ha marcado, durante los últimos años, la reflexión y la vida pastoral de la Iglesia en América Latina. Muchos católicos, sin embargo, nunca han tenido la oportunidad de hacerse conscientes de la gracia que les permite estar cada día a los pies de Jesús aprendiendo a vivir y hacerse, luego, testigos del Evangelio en el mundo. Fueron bautizados, pero no han sido evangelizados; fueron hechos miembros de la Iglesia, pero no han vivido plenamente la “comunión y participación” en ella.

Las parroquias pueden realizar muchas actividades sociales, culturales y religiosas; pero su razón de ser fundamental es proporcionar a sus miembros una profunda experiencia de la fe cristiana alimentada en las fuentes de la Palabra de Dios, la tradición viva de la Iglesia, la liturgia, la riqueza espiritual manifestada en la vida de los santos, la alegría de la caridad experimentada en el servicio a los hermanos. De ahí la urgencia de la evangelización como camino que lleve a un encuentro personal con Cristo, a adherirse a él por la fe y la conversión, a asumir en comunidad la vida nueva que él trajo. Si la parroquia no evangeliza, si no es una familia vibrante de fe y de fraternidad, se vuelve una estructura sin alma, una escuela de doctrinas teológicas y morales que finalmente no tienen sentido, una entidad que presta servicios tal vez útiles pero que en realidad no salva, un espacio de “consumo de bienes religiosos” pero sin su identidad y misión propias.

La parroquia no es sólo una presencia de la Iglesia en un territorio sino “una determinada comunidad de fieles” (CIC c.515); por eso, el camino de la evangelización está confiado a la responsabilidad de todos sus miembros. Cada uno y todos deben asumir la transmisión del Evangelio, según los dones que Dios les ha dado y el servicio que la Iglesia les confía. Como toda la Iglesia, la parroquia también podría ser comparada al cuerpo, con una sola cabeza, con un solo Espíritu que da vigor y unidad, pero con muchos miembros y diversas funciones; todos al servicio de la vida y de la misión del único organismo (cf Gal 6,15; 2 Cor 5,17). Así la parroquia aparece formada de discípulos misioneros, llamados a vivir la misma dignidad del Bautismo y a realizar una única misión, pero con vocaciones y carismas diferentes (cf DA 184-224). De ahí la necesidad de descubrir cada día los dones propios y las tareas específicas de los laicos, los religiosos y los ministros ordenados.

Cada uno de los miembros de la parroquia debe ser un discípulo de Cristo, atraído y fascinado por él, convertido a él de todo corazón, apasionado por anunciar el Evangelio si fuera necesario hasta dar la vida, porque no se siente capaz de reservar para sí la belleza transformante de su encuentro con Cristo y necesita que también otros “vengan y vean” (cf Jn 1,39). Los diversos dones concedidos por el Espíritu y las distintas funciones asignadas en la Iglesia no deben ser motivo de rivalidades, ni de vanagloria, ni de aprovechamiento individualista, sino para el beneficio de toda la comunidad eclesial. Como los miembros del cuerpo que no viven en función de sí mismos, sino para el bien y la vitalidad de toda la persona (cf 1Cor 12), así también en las parroquias el laicado, la vida consagrada y el clero tienen diversos dones pero para el servicio y la integración de toda la comunidad. Más aún, conforme con la enseñanza y el ejemplo de Jesús, el mayor es aquel que sirve más (cf Jn 13,12-17).


NECESIDAD DE LAICOS FORMADOS Y COMPROMETIDOS 

Por el Bautismo y la Confirmación los laicos reciben la dignidad de hijos de Dios y los dones que los habilitan para participar activamente en la vida y en la misión de la Iglesia, dentro de su condición propia. Forman el gran cuerpo eclesial y les corresponde, sobre todo, transmitir la fe en las familias a las nuevas generaciones, llevar la luz y el fermento del Evangelio a sus ámbitos de trabajo, testimoniar la vida cristiana en medio del mundo. En una palabra, como discípulos misioneros, deben transformar desde dentro, mediante su presencia y su actuación, las realidades terrestres (LG 30-38; DA 209-215). Igualmente, están llamados a participar de manera corresponsable en la vida y misión de la Iglesia; por eso deben estar comprometidos de muchas formas en la organización y administración de la parroquia y en los diversos servicios de animación de la vida eclesial y pastoral. Una parroquia que aspira a ser una verdadera comunidad, tiene en los laicos el mejor apoyo para actuar. Esto implica formarlos bien e integrarlos adecuadamente.

La formación del laicado representa un compromiso urgente en dos direcciones. La primera, una preparación amplia no en función de un encargo sino de resolver la dolorosa situación del “analfabetismo religioso” y hacer crecer la calidad de la vida y del testimonio cristianos. La segunda, una capacitación doctrinal y espiritual para el servicio eclesial sea en forma ocasional o de tiempo completo. En este sentido, hay que formar muchos ministros laicos para la catequesis, la liturgia, la acción social, la pastoral familiar y juvenil. No se trata de suplir los ministros ordenados sino de promover la multiplicidad de dones que el Señor ofrece y la variedad de servicios que necesita la Iglesia. Hoy, una parroquia con pocos ministros no puede estar bien atendida ni ser misionera, dada la diversidad y complejidad de las situaciones que vivimos. La comunión y corresponsabilidad de los laicos se dan también a través de los organismos de participación; especialmente, de los consejos parroquiales. 

Una parroquia que valora los dones del Señor para su misión, no puede olvidar a las personas que en las diversas formas de vida consagrada hacen parte del Pueblo de Dios. Los religiosos y religiosas contribuyen con su labor, de acuerdo con sus propios carismas, a la obra de la evangelización; pero, sobre todo, con su presencia son un estímulo para la vida comunitaria de la parroquia, muestran que es posible seguir radicalmente el Evangelio y mediante la práctica de la pobreza, la castidad y la obediencia son un signo de la vida en el mundo futuro. Las comunidades religiosas de vida activa aportan mucho a la acción pastoral de las parroquias con las obras de educación, de acción social o de evangelización con las que expresan el dinamismo de la Iglesia en su propósito de anunciar el Reino de Dios (cf LG 43-47; DA 216-224). Las comunidades contemplativas ayudan a todos a mantener su referencia a Dios, único bien absoluto y fin de nuestra existencia. Por tanto, urge que las parroquias integren la vida consagrada a su plan de pastoral y que los religiosos se vinculen realmente a la vida parroquial.


MINISTROS ORDENADOS EN UNA 
COMUNIDAD RESPONSABLE

Los ministros ordenados, obispos, presbíteros y diáconos, en cuanto bautizados, también son miembros del Pueblo de Dios; pero reciben un don y una misión especial para servir a la Iglesia en nombre de Cristo, Pastor y Cabeza de la Iglesia. A ellos compete desempeñar personalmente la triple misión de Cristo y animar a todos los miembros del cuerpo eclesial en la vivencia de su propia vocación y misión. Nuestra Iglesia se reúne en torno a los ministros ordenados, que han recibido esa gran responsabilidad con relación a sus hermanos (cf LG 18-29; CIC c.519-552; DA 186-208). En la Iglesia, donde todos tenemos la misma dignidad común a los bautizados de ser hijos de Dios, los ministros ordenados son llamados, actuando en nombre de Cristo, a ayudar a los demás fieles a vivir el sacerdocio común (cf Ef 4,11-12; 1Pe 2,5). Este servicio cualificado, no es fruto de una delegación de la comunidad, sino que proviene de Cristo mismo, a través del sacramento del Orden conferido por la Iglesia. Las parroquias no pueden prescindir de este ministerio cualificado para tener la vida sobrenatural que se da a través de la predicación de la Palabra, de la administración de los sacramentos y de la conducción pastoral de la comunidad. 

Sin los sacerdotes las parroquias perderían su identidad evangélica, que nace de la Eucaristía, la cual se da sólo a través de sus manos. Los sacerdotes deben ser conscientes de cómo Cristo, a través de ellos, quiere continuar su presencia y su acción salvífica y deben considerar las personas que les son confiadas como la “porción de su heredad” (cf Sal 16,5), como la grey de Cristo encomendada a su celo pastoral, para guiarla no a la fuerza sino siendo modelos del rebaño” (cf 1 Pe 5,1-4). El papel del presbítero se cifra en ser un hombre de relaciones que crea la comunión, la integración y la fraternidad en la comunidad; un hombre de espiritualidad, discípulo y maestro, que sabe conducir a Dios; un hombre de discernimiento para descubrir los carismas y guiar por un camino de fe en comunidad. Los sacerdotes deben verse dentro de un presbiterio, responsable de un conjunto de servicios e iniciativas a nivel diocesano y parroquial. Allí tienen sus funciones específicas los párrocos, los vicarios parroquiales, los sacerdotes colaboradores y los diáconos permanentes, para animar todos los frentes de la vida eclesial según las circunstancias de cada parroquia. 

No es posible hablar de la parroquia sin mirar de modo especial a quien es su padre y maestro, el párroco. El está asociado al obispo en el servicio de presidencia (SC 42) y lo ejercita como pastor propio  de la comunidad en el territorio que le ha sido confiado, mediante el oficio de enseñar, santificar y gobernar (CIC c.519). La renovación de la parroquia, en perspectiva comunitaria y misionera, no disminuye la función de presidencia del párroco, sino que exige que la realice en el sentido evangélico de servicio a todos, en el reconocimiento y valoración de los dones que el Señor ha dado a la comunidad, haciendo crecer la corresponsabilidad. El párroco debe ser el hombre que promueve vocaciones, servicios y carismas y va llevando a los laicos a que pasen de la colaboración a la corresponsabilidad, de personas que ayudan a misioneros que asumen un proyecto pastoral. Su ministerio de guía de la comunidad se realiza tejiendo la composición de los servicios. Se terminó la época de la parroquia autónoma, de la planeación aislada y del servicio pastoral solo para los creyentes, pues el Padre no quiere que se pierda ninguno (cf Mt 18,12-14). No más párrocos solos ni laicos pasivos o contrapuestos al clero; todos sujetos activos y participativos para lograr que la Iglesia sea la familia elegida, la nación santa, el pueblo adquirido por Dios para que proclame sus maravillas (cf 1Pe 2,9).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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