MISIÓN AL AIRE

MADRID Y LONDRES

22 | 08 | 2011

Durante los últimos días, dos ciudades europeas han sido noticia con relación al mundo de la juventud. En Madrid, lo sabemos bien, se ha congregado más de un millón de jóvenes en torno al Papa Benedicto XVI para celebrar la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Ha sido una explosión de vida y esperanza. Con gran esfuerzo, pero sobre todo con gran ilusión, la pastoral juvenil de toda la Iglesia se ha movilizado para realizar este encuentro que busca contribuir a que las nuevas generaciones estén arraigadas en Cristo.

Mientras tanto, Londres sacudida por grupos de jóvenes ha sido escenario de los disturbios más violentos de las últimas décadas. Con ellos, se ha prolongado la cadena de motines que, desde la llamada “primavera árabe”, los jóvenes han venido protagonizando en varios países. David Cameron, Primer Ministro del Reino Unido, queriendo llegar a la razón profunda de esta situación ha hablado de la necesidad de tomar medidas contra el “colapso moral”. Parece, entonces, que comienza a verse el desastre de no acompañar debidamente a la juventud.

La sociedad actual, manipulada por ciertas corrientes ideológicas, ha venido promoviendo una “cultura” en la que los padres no tienen derechos, las leyes de infancia no siempre son justas, se proponen como ideal las familias monoparentales, se tolera todo tipo de libertinaje alegando el libre desarrollo de la personalidad, los niños y los jóvenes se dejan a merced de la dictadura del relativismo, impedidos para buscar y aceptar la verdad y el bien.

Las consecuencias no se hacen esperar y las estadísticas empiezan a decir que el mayor número de jóvenes vinculados al crimen y que presentan síntomas serios de desadaptación social provienen de hogares desestructurados y de ambientes en lo que no se ha dado una adecuada educación. Políticas deliberadas han minado la familia y han desvirtuado la educación olvidando que ahí está la base de la estabilidad social. Lo más triste es que el “colapso moral”, derivado de la destrucción de la familia y de dejar huérfana la juventud, no está sólo en Londres.

Pongamos, entonces, todo nuestro empeño en cuidar los hogares y en dar una educación integral a los jóvenes. Dios mismo ha confiado en los jóvenes, los ha formado y les ha encargado tareas especiales. Recordemos lo que ha hecho con David, a pesar de ser el más pequeño de la casa de Jesé; el papel que le ha dado a José, el menor de sus hermanos; la misión que ha confiado a Jeremías, quien se sentía muy joven  para ser profeta, la historia protagonizada por el joven Tobías; la elección de María, una joven llamada a ser la madre del Mesías.

No dejemos solos a los jóvenes, no permitamos que los guíen las corrientes de moda o los inciertos pareceres propios. A su llegada a Madrid, advertía  Benedicto XVI: “Hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios”.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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