MISIÓN AL AIRE

EL SALUDABLE RECUERDO DE LA MUERTE

31 | 10 | 2011

El próximo 2 de noviembre celebraremos el Día de todos los Fieles Difuntos. Es una ocasión para orar por nuestros seres queridos fallecidos y por todos los que han pasado ya a la Casa del Padre. Es también una oportunidad propicia para enfrentar nuestro futuro con esperanza: no moriremos, viviremos para siempre en Dios.

Infortunadamente, la frecuente visión materialista de la persona humana, la superficialidad con que se asume la existencia y la falta de formación espiritual, no pocas veces, han ido modificando la concepción de lo que somos y de lo que nos espera y han ido cambiando perspectivas y costumbres, que ayudaban a percibir la realidad misteriosa y trascendente de la muerte.

No es extraño hoy que, tan pronto acaba de expirar la persona, se lleve el cadáver al horno crematorio y se le den diversos y hasta extraños destinos a las cenizas. Se interpreta la muerte y la despedida de los que han convivido con nosotros según el enfoque anodino o trágico de canciones populares interpretadas con mal gusto en las exequias.

Ciertas prácticas comerciales de algunas compañías funerarias están más cerca del comportamiento de aves de rapiña que del culto a los muertos, que ha estado presente en todas las culturas. Finalmente, para no alargar el elenco de cosas inquietantes, algunas celebraciones litúrgicas están llenas de equívocos en las palabras y los gestos, no transmiten luz  y fuerza, no propician un acto de fe en la Resurrección de Cristo.

Sin embargo, la muerte siempre será, a la vez, una experiencia de la caducidad humana y de la profunda aspiración a lo eterno. Por tanto, vale la pena un mejor aprovechamiento pastoral de este momento, tanto para dar un mensaje claro que oriente la vida como para fortalecer relaciones de profunda comunión eclesial.

Los cristianos no podemos aceptar el juego del mundo actual que quiere esconder la muerte y que renuncia a preparar la persona para morir. Nuestra fe nos debe dar el coraje de mirar la muerte cara a cara y de confesar que Cristo la ha vencido. Esta es la noticia más gozosa y de más reconfortantes consecuencias que podemos proclamar.

La visión cristiana de la muerte la convierte, de un hecho con apariencias de fracaso, en un acontecimiento triunfal. La muerte “de los que mueren en el Señor”, ya no es sólo un partir, sino el comienzo feliz de un estado de glorificación en Dios (cf Ap 14,13). Es el inicio de una realidad tan llena de vida y de alegría, que se comprende la exclamación del Apóstol: “Deseo morir para estar con Cristo” (Fil 1,23).

Así, afrontando la muerte desde Cristo, aprendemos a vivir. Logramos enfocar la vida para hacerla libre y feliz, como la hizo Cristo: viviéndola para los demás, dándola para que otros tengan vida. El mundo está necesitado de personas que crean firmemente en la vida eterna, que, desde ella, le den a la existencia una dimensión de trascendencia y de esperanza. Los católicos debemos ser esas personas. Y lo seremos cuando celebremos la liturgia y vivamos, no como los que no creen, sino como quienes han comenzado ya, desde esta tierra, lo definitivo y lo eterno.   

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

Haga su búsqueda: