MISIÓN AL AIRE

DESAFÍOS DE LA MISIÓN CONTINENTAL

04 | 02 | 2015

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en mayo de 2007, propuso a las Iglesias particulares de América Latina realizar una Misión Continental, que las llevara a una conversión pastoral y las mantuviera en estado permanente de evangelización. La Arquidiócesis de Medellín ha acogido con alegría y esperanza esa invitación y en los últimos cinco años hemos estado empeñados en realizarla. Ciertamente hemos logrado muchas cosas, pero también debemos reconocer que nos faltan otras para llegar a lo que el documento de Aparecida definía como una nueva efusión del Espíritu Santo en nuestro continente.

No se pretende con la Misión Continental promover eventos o actividades particulares, sino lograr que la vida habitual de la Iglesia particular se desarrolle en procesos permanentes y progresivos de evangelización. Se busca que la Iglesia viva su intimidad con Jesús, es decir, que entre en su dinamismo misionero que la lleve a acoger y anunciar el Reino de Dios. La Iglesia no puede  encerrarse en sí misma, no puede sentirse satisfecha con lo que ha logrado, no puede desalentarse por las dificultades que encuentra, no puede quedarse en lo rutinario o superficial, sino que debe apuntar, ante todo, a vivir, anunciar y realizar la buena noticia del amor de Dios, que hemos experimentado en la Pascua de Jesús.

La Misión Continental ha sido un llamamiento y una ayuda para que vivamos el proyecto de evangelización que procede del Concilio Vaticano II y que los Papas sucesivos han promovido con todas sus fuerzas. La lentitud para entrar en este movimiento ha conducido a una decadencia en la vida eclesial y a que muchas personas desilusionadas nos hayan abandonado. Refiriéndose No se pretende con la Misión Continental promover eventos o actividades particulares, sino lograr que la vida habitual de la Iglesia particular se desarrolle en procesos permanentes y progresivos de evangelización.  a este hecho, el Papa Francisco decía al Episcopado brasileño: “Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes…; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones” (27.7.2013).

La Misión Continental no se ha terminado, tampoco se ha detenido; no es una idea que ya pasó de  moda, ni un proyecto que languidece. Simplemente, está haciendo su evolución natural, como  estaba previsto, hacia la Misión Permanente o Misión Paradigmática. Ahora, más que realizar actos de índole misionera, se trata de poner en clave misionera toda la vida y la actividad habitual de la Iglesia particular. Esto va exigiendo una renovación profunda de todas las estructuras  eclesiales, una penetración más efectiva del Evangelio en todos los ambientes de la sociedad y, sobre todo, un verdadero avance en la condición de discípulos misioneros por parte de todos los católicos. En síntesis, la misión necesita una Iglesia nueva y una Iglesia nueva es consecuencia de su impulso misionero. En este sentido, debemos reflexionar sobre algunos desafíos que debemos afrontar.

1. El conocimiento de la identidad y misión de la Iglesia particular. La Iglesia es una comunidad de personas animadas por la acción del Espíritu Santo, que en la maravilla del encuentro con Cristo viven la gracia de ser hijos de Dios y, por desborde de gratitud y de alegría, se empeñan en participar a otros esta experiencia. Esta realidad se da cuando, en torno a un sucesor de los  Apóstoles, un grupo de presbíteros y de fieles laicos viven el Evangelio, lo celebran en los sacramentos, lo expresan en su estilo de vida y lo anuncian a los demás. No se puede realizar este proyecto sin una clara conciencia de la identidad y del servicio de la Iglesia particular. Se requiere,  entonces, conocer el designio de Dios sobre la propia diócesis, poner en marcha procesos que lleven a los católicos a integrarse consciente y activamente en su comunidad eclesial, entender y estructurar bien la corresponsabilidad que existe en la vida y la misión diocesanas, promover el sentido de pertenencia para generar un permanente respaldo mutuo y una confianza en los propios programas, permitir que el Espíritu Santo guíe de un modo original la vida eclesial para lograr la comunión y el ardor apostólico.

2. La renovación interna de la Iglesia. A partir de la fe, la Iglesia debe hacer una opción  fundamental que la  lleve a testimoniar la buena noticia de Cristo, portador del Reino de Dios, que le permita dejarse guiar siempre por el Espíritu Santo y actualizar el dinamismo de la encarnación y de la victoria sobre el mal que ha iniciado su Señor. Por tanto, debe abrirse cada vez más a la fuerza salvadora de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, empeñarse seriamente en un trabajo pastoral y no sólo administrativo, promover amplios espacios de fraternidad y reconciliación, suscitar el discernimiento pastoral a través de consejos y órganos de consulta, repensar las estructuras eclesiales y las actitudes pastorales. Particularmente, debe empeñarse en dos tareas muy importantes. En primer lugar, un gran esfuerzo para propiciar una verdadera iniciación cristiana, sea de los adultos ya bautizados pero no suficientemente evangelizados o de los jóvenes o adultos que no han tenido un encuentro con Cristo y no han recibido los sacramentos, para que todos podamos vivir con coherencia y alegría la filiación divina. Y luego, lograr que las parroquias sean comunidad de comunidades capaces de articularse y de conseguir que sus miembros se sientan realmente discípulos misioneros de Cristo en comunión.

3. Las exigencias de una evangelización nueva. Una evangelización renovada implica despertar en el corazón y en la mente de nuestros contemporáneos la vida en abundancia que Cristo nos ha traído y que los cristianos debemos testimoniar a partir del amor, de la solidaridad, de la alegría, de la libertad frente a cosas inútiles, y de la confianza total en Dios. Debe producir cristianos que  hagan visible a los hombres de hoy la misericordia de Dios. La auténtica evangelización es el  movimiento de dar vida al mundo, de llevar la humanidad al amor del Padre; por consiguiente, exige un proyecto pastoral bien centrado en lo esencial, es decir, en Dios y su Reino. Es necesario partir de la experiencia fundamental del encuentro con Cristo, revelación del Padre, donador del Espíritu, entregado en el amor hasta el extremo por todos los hermanos. El desafío es poner en marcha un proyecto lleno de la luz y de la fuerza del Espíritu Santo, que evite que nos fosilicemos y que nos lleve a recorrer con coraje los nuevos caminos de la alegría de la fe, de la solidaridad con todos y del diálogo con el mundo de hoy.

4. La renuncia al espíritu del mundo. Todos los bautizados tenemos que seguir el camino de Jesús que se despojó de sí mismo y, humillándose hasta la muerte de cruz, se volvió siervo de todos. Algunos quisieran un cristianismo un poco más “humano”, sin cruz y sin despojo. Pero si queremos ser cristianos debemos saber que no hay otro camino. Hoy debemos estar atentos al peligro gravísimo de la mundanidad, que nos amenaza a todos. Cristo lo advirtió claramente cuando dice a sus discípulos que no son del mundo. No es posible una doble vida. El cristiano está en el mundo y debe amarlo, pero no puede convivir con el espíritu del mundo que orienta a la vanidad, a la codicia, a la prepotencia, al egoísmo. Este es el culto a los ídolos, no a Dios. La idolatría es el pecado más grave. Es imposible que un verdadero cristiano pueda pensar que el mundo da más seguridad y alegría que Dios. La mundanidad es un cáncer que mata la vida nueva del Evangelio. Por tanto, uno de los desafíos más grandes es lograr que la Misión Permanente lleve realmente a renunciar al espíritu del mundo.

5. La formación e inserción de los discípulos misioneros en la pastoral eclesial. El discipulado   misionero, que en Aparecida se ha propuesto a las diócesis de América Latina, es el camino pastoral que Dios quiere en este momento. Más que buscar restaurar el pasado o fantasear con el futuro, debemos ocuparnos en lo que Dios nos manifiesta y pide hoy. La tarea es asumir el discipulado  misionero como una vocación que está aconteciendo en todo su dinamismo. El discípulo misionero no se pertenece a sí mismo, sino que está en referencia a Cristo y a las personas a las que debe llevar el anuncio. Es un sujeto que se trasciende, que está siempre  proyectado a un encuentro con el Señor y con las personas a las que es enviado. El discípulo misionero debe realizar su acción pastoral en la Iglesia, pues es ella la que acoge  y acompaña a los que, después del anuncio, dan el paso de la fe y la conversión. El discípulo misionero debe vivir la realidad del encuentro y la cercanía, dos categorías pastorales con las que se crea comunión,  sentido de pertenencia, cultura de la solidaridad y de la reconciliación. Urge formar los discípulos misioneros como personas con un corazón nuevo que se entregan sin cálculos al servicio de la gente, como promotores de la comunión eclesial que encuentra su mejor expresión en la diócesis congregada por el obispo en torno al Pastor resucitado, como apóstoles que les duele la salvación de todos, como líderes que realmente quieren comprometerse con la transformación del mundo. La prioridad de este reto se percibe cuando entendemos que el nuevo paradigma de la Iglesia es una comunidad de discípulos misioneros.

6. La transición entre un catolicismo cultural y un catolicismo intencional. Estamos ante una  realidad que muestra cómo muchos católicos lo son solamente desde un aspecto sociológico, cómo otros sin renegar de su fe se han ido al mundo de la indiferencia y otros deliberadamente han cambiado su Iglesia por otros grupos religiosos. Es preciso formar seriamente a los que se quedan y eligen conscientemente pertenecer a la Iglesia. Son los católicos evangelizados los que pueden remplazar a los católicos culturales; es necesario que el discipulado sea una verdadera decisión personal que lleve a asumir una nueva vida y a integrarse consciente y activamente en la comunidad eclesial. El paso de un catolicismo cultural a uno intencional se da con la ayuda de una profunda evangelización que responda a los grandes interrogantes de la vida para encontrar su sentido y su futuro, que permita experimentar la fraternidad, que conduzca a una celebración viva de la liturgia y a un generoso compromiso misionero.

7. La capacidad de diálogo con el mundo actual. No somos del mundo pero estamos en el mundo y  la responsabilidad de evangelizar los nuevos contextos socioculturales nos reta a saber dialogar con el hombre de hoy. En una misma ciudad pueden existir varios imaginarios colectivos, que conforman como diversas ciudades y en todos esos ambientes debemos saber responder las preguntas existenciales, especialmente de las nuevas generaciones. El fundamento del diálogo con el mundo actual se entiende a partir del horizonte que abre la constitución conciliar Gaudium et Spes: “Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y atribulados, son también alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1). Para realizar esto es necesario un cambio fecundo que debemos dar con la ayuda del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia. Debemos llenarnos de celo apostólico para querer “ganarlos a todos”. Pero, fundamentalmente, debemos estar atentos a la acción del Espíritu en los escenarios más  diversos de nuestro tiempo para poder anunciar la vida nueva a todos, según su lenguaje y sus propios ritmos.

8. El complejo sistema mediático de hoy. Aunque el panorama comunicativo actual es muy diverso  al que  conocieron hace cincuenta años los Padres Conciliares, ellos abrieron el camino de la Iglesia para que estuviéramos atentos a las nuevas tecnologías y estrategias de la comunicación hoy. Sin embargo, no logramos estar al día en este campo frente a la proliferación de los espacios de encuentro, la multiplicación de los lenguajes, la urgencia de una formación adecuada a todo nivel, la financiación y sostenibilidad de los proyectos comunicativos, las exigencias del discernimiento en la información. El desafío de las redes sociales es enorme porque no se trata sólo de un instrumento sino de un lugar habitado donde esperan tantas personas el anuncio de la vida nueva en Cristo y la orientación frente a las distorsiones de la realidad religiosa y moral que se propaga también por esos medios. Hoy, para ser evangelizadora, la Iglesia debe afrontar el desafío de ser mediática. Tenemos que encontrar nuevos métodos y nuevas expresiones para ayudar a los hombres y mujeres de nuestros días a vivir el Evangelio en esta cultura mediática y globalizada.

9. La pobreza y la inequidad social. Los pecados sociales claman al cielo, ofenden la dignidad  humana, crean violencia y divisiones, van contra el plan de Dios. Casi siempre se dice que la economía va bien, pero la mayoría de la población no tiene los recursos indispensables para vivir. Nos hemos acostumbrado a este desorden injusto y destructivo de la vida de los pueblos. Así es como nace también una pobreza moral generada por  una cultura del consumo, del hedonismo, del egoísmo y del olvido de los demás. Esta cultura es un parásito del alma humana, que termina generando diversas formas de agresividad, de frustración y de desprecio de la vida. De esta manera tanto la abundancia en unos como la escasez en otros están asesinando la felicidad. La Misión Continental debe afrontar estos dos tipos de pobreza.  No podemos quedarnos sólo atendiendo necesidades materiales ni tampoco solamente con una oferta espiritual. Realmente, nos desafía ver cómo nuestra evangelización no logra producir plenamente, como debería, un cambio social y una vida digna para todos. Ante estos y otros desafíos no nos podemos arredrar ni cansar. Debemos mantener la fuerza y la ilusión que nos pedía el Beato Pablo VI: “Recobremos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo…con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo  actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios”  (EN, 80).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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