MISIÓN AL AIRE

VIVAMOS LA SEMANA SANTA

26 | 03 | 2012

Tenemos, de nuevo este año, la gracia de celebrar los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Vivir la Semana Santa hoy no es fácil; son muchas las distracciones y seducciones de la sociedad de consumo, son muchos los “ruidos” que interpone  la visión secularizada del mundo y que nos pueden desviar de lo esencial. También existe el peligro de reducir estos días a manifestaciones de religiosidad popular que no llevan a la profunda experiencia cristiana que debemos vivir. En realidad, la Semana Santa puede perder su razón de ser y convertirse en mero espectáculo sin fondo y aun en una adulteración del misterio que nos congrega.

Invito a todos a darle sentido y hondura a cada uno de los días y momentos de esta semana, que con razón llamamos santa, pues en ella se realizó y se puede volver a realizar  la salvación del mundo, la creación del hombre nuevo, la instauración del estado definitivo de la historia. Este tiempo es una oportunidad para que los cristianos, pero también todos los que quieren asumir su vida en serio o cumplir con acierto su responsabilidad social, examinemos nuestra vida y nuestras actuaciones a la luz de Cristo, el mejor modelo de humanidad.

Vivamos el Domingo de Ramos como la entrada de Cristo en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestra sociedad. Celebremos la procesión litúrgica de las palmas como la actualización de nuestra proclamación de que Cristo es rey y señor y por tanto le entregamos confiadamente la totalidad de nuestro ser. Recomiendo que, como se ha acostumbrado desde el pontificado del Beato Juan Pablo II, se le dé mucho espacio en esta jornada a los niños y a los jóvenes. Ellos fueron los primeros que salieron a recibir a Cristo en Jerusalén.

Vivamos el Jueves Santo como el día en que el Señor nos enseña a amar. Habiéndonos amado, nos amó hasta el extremo, se entregó, nos mandó amarnos, se hizo sacramento de caridad para poder amar dentro de nosotros. Es necesario aprender a vivir en la dinámica de ese amor; es necesario decidirnos a irradiar ese amor. Por consiguiente, centremos todo en el misterio que celebra la Misa de la Cena del Señor y evitemos ambigüedades litúrgicas y pastorales con ritos de unción que quieren “imitar” la Misa Crismal y que realmente no tienen  lugar ni sentido.

Vivamos el Viernes Santo como una ocasión de subir con Cristo a la cruz, de morir con Él a nuestros pecados, para renacer a una vida nueva. El Viernes y el Sábado Santo son como un solo día en el que la experiencia de la inmolación del Señor, en el dolor y en el amor, nos lleva a una contemplación silenciosa, uniéndonos al silencio de Cristo. En un mundo inundado de palabras y de ruidos deshumanizantes, entremos en la fecundidad del silencio interior, en el que es posible el encuentro con nosotros mismos,  la conversión del corazón y la comunión íntima con el amor de Dios.

Vivamos el Domingo de Pascua que comienza en la solemne Vigilia Pascual y se prolonga, como si fuera un solo día, en la octava siguiente. Hagamos confluir todo a la Vigilia Pascual, la celebración litúrgica más importante del año, pues la Semana Santa no termina en el Calvario, sino en el gozo y la gloria de la Resurrección. Unámonos todos en la alegría exultante de la Iglesia que celebra el triunfo de su Señor sobre el mal y sobre la muerte. Experimentemos la certeza de que nuestra vida y nuestra fe tienen su fundamento más firme en este acontecimiento que inicia una nueva forma de ser. Dejémonos llevar por el ímpetu de la esperanza que desencadena  la Resurrección del Señor y  la irrupción de su Espíritu en medio de nosotros.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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