MISIÓN AL AIRE

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS

13 | 04 | 2014

Al comenzar la Semana Santa, con este Domingo de Ramos, estamos reviviendo lo que sucedió aquel día en Jerusalén. Jesús entra en la ciudad de David aclamado por la multitud y especialmente por jóvenes y niños que salieron a su encuentro llevando ramos de olivo. Había un clima de alegría y esperanza porque veían en Jesús el Mesías esperado por Israel, el que llegaba en el nombre de Dios. Nosotros hemos rememorado ese acontecimiento llevando palmas en nuestras manos como un signo de fe, de esperanza y de amor en el Señor.

Pero el centro de esta liturgia es la Cruz. Con la solemne proclamación de la pasión del Señor, la liturgia nos muestra que debemos ir a lo esencial, que no debemos tener miedo ni vergüenza de la Cruz. La cruz es la verdadera palma de victoria, es el signo definitivo de la salvación, porque es la prueba indudable de que Dios nos ha amado al entregar a su Hijo a la muerte y es la prueba de que Cristo, con la entrega total de sí mismo, ha triunfado sobre el mal y sobre la muerte.

San Pablo, en la segunda lectura que hemos proclamado, resume la fe de la Iglesia diciendo: "Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre". (Fil 2,9-10). Con ese texto hemos sido preparados para hacer la lectura de la pasión, que nos sitúa ante Cristo vivo y victorioso en la Iglesia. El misterio pascual que vamos a vivir es siempre actual. Hoy no es la gente de Jerusalén, sino nosotros los que tenemos que decidir si somos discípulos suyos o meros espectadores de su muerte.

Cada año, durante esta semana, se pone de presente el gran acontecimiento en el que se decide la suerte de cada persona y de toda la humanidad. La pasión de Cristo muestra en contraste la grandeza de Cristo y la frecuente superficialidad de nuestra vida. Frente a su muerte hay confusión, cobardía, mentira, intereses políticos, pasiones oscuras, mientras él se mantiene fiel hasta derramar la sangre para cumplir la misión que el Padre le ha confiado. Junto a él permanece María, viviendo en silencio la fe y el amor.

También hoy debemos preguntarnos, cómo lo hacía la gente cuando entró a Jerusalén: “¿Quién es éste?” (Mt 21,10). Esta pregunta fundamental está clavada en el corazón mismo de la historia y de la cultura humana; es la misma pregunta que se hacían los paisanos de Jesús, oyentes de su palabra y testigos de sus milagros (Mc 1,27; 4,41; 6,2-3); es el mismo interrogante que, consciente o inconscientemente, continúa inquietando a los hombres de hoy; es la cuestión que siempre hay que responder. Algunos lo hacen con el rechazo o la indiferencia, otros con la adhesión ardiente de la fe, que transforma la persona.

Para nosotros, Jesús de Nazaret no es simplemente un genio religioso, no es un personaje más en la galería de los grandes, no es solamente un profeta en quien se ha manifestado la presencia de lo divino, no es únicamente un gran místico cuya vida y doctrina todavía fascinan. A la apremiante pregunta: ¿Quién es Cristo?, respondemos con Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y con Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). Él es quien da luz a los ciegos, oído a los sordos, salud a los enfermos; quien tiene poder para asegurar a un pobre paralítico que sus pecados quedan perdonados; quien se declara Señor del sábado; quien acalla la tempestad y pone en retirada los demonios; quien multiplica el pan en favor de las multitudes hambrientas; quien se acerca a la muerte como quien tiene poder de dominarla.

Él es quien se proclama camino, verdad y vida para los que tengan fe; quien apaga el vacío del hombre con su anuncio de las bienaventuranzas. Él es quien se levanta del sepulcro iniciando la vida definitiva y eterna de la humanidad. Él es el centro de la historia y la primicia de la humanidad. Por eso, proclamó san Pablo: “Él es imagen de Dios invisible, engendrado antes de toda la creación; pues por su medio se creó el universo celeste y terrestre, lo visible y lo invisible…Todo fue creado por él y para él, él existe antes que todo y todo tiene en él su consistencia” (Col 1,15-17).

A la pregunta sobre quién es Cristo, no se responde con palabras sino con la vida. Es preciso conocerlo, amarlo, seguirlo, aun sabiendo que esta decisión llevará consigo renuncias, sacrificios, incomprensiones y riesgos. Hermanos y hermanas, aprendamos de él: la verdadera fuerza del hombre se ve en la fidelidad con la que es capaz de dar testimonio de la verdad, resistiendo a elogios o amenazas, a incomprensiones o incluso a la persecución. Es hora de seguirlo a él en la fidelidad de una vida para Dios y para los hermanos. Sólo así seremos lo que él espera de nosotros: "sal de la tierra" y "luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Que en esta semana Cristo nos dé el sabor del Evangelio nos dé el resplandor de su resurrección, para difundirlos en la sociedad que vivimos.

Aprendamos todos en esta semana a ser sus discípulos. Sabemos a quién seguimos, no a un mercader de ilusiones, no a un poderoso al estilo del mundo, no a un hábil pensador, sino a Cristo que murió por nosotros y que por nosotros resucitó. Quienes buscamos la paz, la alegría, la transformación de la sociedad, acudamos a él, sigámoslo a él; él es el maestro y salvador que reclama nuestro corazón y que necesita el mundo. Que particularmente los niños y los jóvenes, con una presencia especial en este día, encuentren en él la escuela de la sabiduría y de la felicidad, sigan la cátedra de la verdad y del amor que sólo él puede impartir. A Cristo Jesús, Hijo eterno de Dios y modelo del hombre, nuestra adoración rendida, nuestra fe humilde, nuestra esperanza firme, nuestro amor total y fiel.

Medellín, 13 de abril de 2014

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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