MISIÓN AL AIRE

HOMILIA EN LA MISA CRISMAL

10 | 04 | 2014

Saludo muy cordialmente a los Señores Obispos presentes, al Vicario General y demás Vicarios Episcopales, a los Señores Canónigos del Capítulo Metropolitano, a todos los queridos Presbíteros y Diáconos, a los Religiosos y Religiosas, a las delegaciones de diversas Parroquias de la Arquidiócesis, a todos Ustedes, Hermanos y Hermanas, congregados para esta solemne Misa Crismal.

“Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes” (Ap 1,6). Estas palabras del libro del Apocalipsis, que acabamos de escuchar, se refieren a todos los que por el Bautismo hemos nacido a la alegría de una vida nueva.  Cristo ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes con un objetivo bien preciso: “para su Dios y Padre”, al cual se debe la “gloria y el poder por los siglos de los siglos”. En estas palabras queda expresado, de un modo sugestivo, el significado y la finalidad de nuestro sacerdocio: la gloria del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la clave interpretativa de nuestro sacerdocio bautismal. El autor de la carta a los Efesios, después de exponer el proyecto de Dios sobre el hombre, afirma que este plan está destinado a la “alabanza de su gloria” (Ef 1,6.12.14). Dios ha querido este proyecto de salvación para que revele el esplendor de su misericordia. De este proyecto divino, Cristo es “el testigo fiel”, porque es el primero que lo ha vivido y es la culminación a la que aspira toda la creación.

El es el primero que ha sido elegido y toda persona humana ha quedado bendecida en él con toda clase de bendiciones espirituales; en él todo ser humano ha sido predestinado antes de la creación del mundo a ser hijo en el Hijo (cf Ef 1,3-5; Col 1,15-20). Él es la plenitud y perfección de todo, pues el Padre reúne en Cristo la humanidad desintegrada por el pecado. Porque en Cristo está todo, él es “el testigo fiel”. En él conocemos al Dios invisible; en él se revela de modo definitivo el proyecto de gracia, él es la verdad (Jn 14,6). Dentro de este proyecto de gracia se entiende y realiza nuestro sacerdocio. Hemos participado en la consagración del Mesías y Señor, como hemos orado al comienzo de la celebración, pera ser “testigos de la redención”. Esta es nuestra verdadera grandeza, cualquiera sea la aparente humildad de nuestro concreto servicio sacerdotal.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena noticia” (Lc 4,18). Cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, asegura que ahora se cumple la antigua profecía y que se ha terminado el tiempo de la espera, indica, igualmente, la forma en que este cumplimiento se realiza: se anuncia a los pobres una alegre noticia, se proclama a los prisioneros la liberación, se da a los ciegos la vista. Cristo realiza el proyecto del Padre, en primer lugar, a través de la predicación del Evangelio. De él nos viene, como escribe san Juan, “la gracia de la verdad” (Jn 1,37).  El hombre se ha perdido, ante todo, a causa de que su razonamiento se ofuscó y su corazón se entenebreció (cf Rm 1,21). Esta cerrazón de la mente humana se refiere en primer lugar al conocimiento de Dios. Pablo describe la insensatez humana diciendo: “ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron a las criaturas en lugar del Creador” (Rm 1,25).

La página profética y evangélica nos ayuda, por tanto, a responder a la pregunta más profunda: ¿qué debe saber el hombre sobre Dios? ¿Cuándo conoce el hombre el verdadero rostro de Dios? ¿Lo conoce como aquel que libera a los prisioneros, da la vista a los ciegos, concede la libertad a los oprimidos? La profecía se cumple porque Cristo revela que el verdadero Dios es el que se interesa por el hombre, que su gloria consiste en el que el hombre viva, que es Padre (cf Jn 1,38). El “hoy” de que habla el Evangelio no pasa porque nosotros somos partícipes de la consagración mesiánica de Cristo: hoy somos los testigos del proyecto de la salvación, hoy estamos enviados a predicar la buena noticia de la gracia y de la misericordia, hoy estamos llamados a realizar el servicio de la verdad. Es hora que todos los bautizados sintamos que somos un reino de sacerdotes y que asumamos sin retardos ni timideces la evangelización de nuestra sociedad.

Queridos hermanos y hermanas: esta solemne Misa Crismal toca el corazón mismo de nuestra Iglesia arquidiocesana para recordarnos que participamos de la unción del Señor porque estamos enviados como él a evangelizar, a mostrar al mundo el rostro paterno de Dios. La unción es para la misión. Por eso, cuando consagramos el Santo Crisma con el que serán ungidos en toda la Arquidiócesis los bautizados y confirmados, tenemos que sentir que todos somos enviados a anunciar el Evangelio a los pobres, a abrir los ojos a los ciegos, a curar los corazones desgarrados, a liberar a los cautivos, a anunciar el año de gracia del Señor. Quiero recordar en esta Misa Crismal el compromiso que hemos asumido con la Misión Continental, que no es otra cosa sino avivar el sentido de responsabilidad, de creatividad y de alegría frente al encargo recibido de Cristo de ir por todo el mundo a evangelizar (cf Mt 28,18).

Si, de una parte, debemos pensar que son muchos los desafíos para la evangelización en la sociedad actual, que el mundo nos abre cada día nuevos escenarios para el anuncio de Cristo, que los desarrollos tecnológicos y sociales plantean posibilidades que no logramos aprovechar, que los destinatarios de la evangelización se multiplican, es necesario pensar fundamentalmente en los sujetos de la evangelización. Pensar en nosotros y en todos los que con nosotros pueden ser evangelizadores, considerándolos no individualmente, sino como comunidad llamada a evangelizar. La pregunta sobre cómo evangelizar, cómo transmitir la fe hoy, se convierte en una pregunta sobre la Iglesia: ¿Qué dices de ti, Iglesia en Medellín, cómo te sitúas hoy en la sociedad? Urge interrogarnos con sinceridad: ¿Estamos evangelizando de verdad? ¿Somos capaces de conectarnos con el mundo con un estilo nuevo? ¿Estamos convencidos de que anunciar el Evangelio es el mejor regalo que podemos hacer a los demás? ¿Respaldamos la palabra con el testimonio de comunidades fraternas que muestran la posibilidad del amor? ¿Evangelizamos a partir de un testimonio humilde y alegre que brota de nuestra condición de verdaderos discípulos del Resucitado?

Sólo un discipulado auténtico y una fraternidad vivida con intensidad nos permitirán ser testigos creíbles de Jesús en medio de nuestra sociedad; sólo una Iglesia evangelizada será realmente una Iglesia evangelizadora; sólo una Iglesia consciente de la presencia del Resucitado será una Iglesia capaz de comunicar al mundo la fuerza de la salvación; sólo una Iglesia auténticamente fraterna será capaz de presentar el rostro amoroso de Dios que hace de sus hijos e hijas una familia. En estos propósitos  no estamos solos: el Espíritu del Señor está sobre nosotros y nos unge para acelerar la marcha de la nueva evangelización. Dejémonos, sin demoras, conducir por este Santo Espíritu.

En segundo lugar, Cristo realiza completamente el proyecto del Padre en la total entrega de sí mismo en la cruz: “nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”. Lo que ha acontecido en la Cruz es lo que ha constituido el “hoy” en el cual esta Escritura se ha cumplido. Este hoy permanece y se hace siempre presente en la Eucaristía. Así lo ha querido el Señor y por eso ha llamado a algunos ungidos para el sacerdocio común a una nueva unción que configura de nuevo al bautizado con Cristo. La unción del sacramento del Orden participa la condición de Cristo buen Pastor, que da la vida, que se inmola por los demás. De esta manera, el sacerdocio ministerial alcanza su perfección en la celebración de la Eucaristía, a través de la cual se derrama la sangre que nos ha liberado de nuestros pecados. Por esa identidad con él, cuando nosotros celebramos la Eucaristía, cuando decimos con toda verdad “te ofrecemos, Padre, este sacrificio vivo y santo”; es decir, cuando ofrecemos al Padre su Hijo unigénito, ponemos en movimiento una corriente de gracia y de salvación que llega incluso al que está lejos. La semilla de la Palabra, que cada día sembramos con fatiga y esperanza, puede caer en terrenos áridos y pedregosos, pero la eficacia salvadora de la Eucaristía va más allá porque “él nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”.

Queridos sacerdotes: las palabras que estamos meditando conciernen a todos los bautizados, pero resuenan en nuestro corazón de modo específico y personal: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”. Hoy celebramos con gozo y agradecimiento este acto de Cristo que nos ha constituido sacerdotes “para su Dios y Padre”. Celebramos el día natalicio de nuestro sacerdocio. El ha tenido su origen en una decisión de Cristo a la que nosotros hemos consentido. La historia de David, que nos ha recordado el Salmo, ilumina la nuestra cuando Dios dice: “He encontrado a David mi siervo, lo he ungido con mi óleo santo, mi mano está con él y mi brazo lo fortalecerá” (Sal 89,21). Cada uno de nosotros ha sido encontrado por el Señor, cada uno ha sido objeto de una especial predilección cuyo secreto guardamos en el alma, cada uno ha sido consagrado por el Espíritu Santo, cada uno ha sentido cómo su debilidad ha sido sostenida por la mano del Señor. Esto no es sólo para saberlo, sino para sentirlo en la más deliciosa e íntima alegría.

Queridos sacerdotes, conozco bien las dificultades del ministerio que se les ha confiado, veo las pruebas que deben superar en el mundo de hoy, no ignoro las tentaciones a las que está sometida la vida sacerdotal. Sin embargo, nada tan bello como entregarle la vida a Dios para que él la integre y haga fecunda en su proyecto de salvación, nada más grande que usar la libertad que recibimos para prolongar el corazón de Cristo que se entregó en el amor hasta el extremo. La Eucaristía que celebramos nos llena de consuelo porque en medio de las luchas, cansancios y esperanzas de nuestro ministerio, experimentamos el amor de Dios que nunca falla. Por eso, hoy y siempre resuena en nuestra alma el propósito del salmista: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Hoy y siempre, seguros de que la fidelidad y la gracia de Dios nos sostendrán, nos alegamos por la predilección que Cristo nos ha tenido al hacer de nosotros "un reino de sacerdotes para Dios, su Padre” y renovamos nuestras promesas sacerdotales.  

La Misa Crismal es para el Obispo y para los presbíteros un momento especial de gracia, en el que el Señor nos permite ver con los ojos y con el corazón la alegría de conformar esta Iglesia arquidiocesana, de sentirnos acompañados y apoyados los unos en los otros para la vida y el ministerio a los que hemos sido convocados, de percibir que el “hoy” de Nazaret se prolonga entre nosotros porque el Espíritu nos unge y nos envía. Demos gracias, pues, al Señor que nos permite celebrar esta Eucaristía, que nos lanza de nuevo a la misión con la unción del Espíritu Santo. En esta Eucaristía demos gracias a Dios por el sacerdocio, por nuestros seminarios, por todos los que serán consagrados con estos óleos que vamos a bendecir. Demos gracias por nuestros misioneros que nos representan más allá de la Arquidiócesis. Recordemos a nuestros hermanos sacerdotes que están en dificultades, a los que sufren por la enfermedad, a los que no pueden estar hoy con nosotros y a los que han pasado a la casa del Padre.

Queridas religiosas, religiosos y fieles pidan con fe por sus sacerdotes. Que abramos de par en par el corazón para que nos llene el Espíritu de Dios, que no nos cansemos de echar las redes obedientes a la palabra del Señor, que veamos más la fuerza del Evangelio que los desafíos del mundo de hoy, que sobre nuestras debilidades y cansancios se imponga el amor de Dios. Queridos sacerdotes: entreguémonos de nuevo con humildad y gozo, reconociendo, como la Santísima Virgen María, que Dios hace obras grandes en nuestra nada, si nuestra nada se pone en sus manos.

Medellín, 10 de abril de 2014

 

 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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