MISIÓN AL AIRE

HOMILIA DEL LUNES SANTO

14 | 04 | 2014

Durante la Semana Santa, leemos los llamados cánticos del Siervo de Yaveh. Fueron escritos por un profeta anónimo del siglo VI a.C., durante el destierro de Babilonia, quien los añadió al libro de Isaías y hacen parte de un conjunto de quince capítulos conocidos como el “Libro de la Consolación”. Los tres primeros cánticos los propone la liturgia para nuestra meditación de lunes a miércoles. El cuarto se lee el Viernes Santo. Les propongo que los reflexionemos detenidamente.

Estos cánticos presentan a un siervo fiel de Yaveh que reúne a su pueblo y es luz de las naciones, que anuncia la salvación, que expía con su muerte ofrecida los pecados de todos y finalmente es glorificado por Dios. Estos textos del Antiguo Testamento han sido muy estudiados; sin embargo, no hay pleno acuerdo sobre su significación.

En un primer momento,  se vio en este Siervo una imagen del pueblo de Israel, al que, en algunas ocasiones, se le da este título. Pero los rasgos individuales están tan marcados que es necesario ver en este Siervo un personaje concreto, que asumiría en su propia vida la historia de su pueblo.

Una interpretación que se limite al pasado no explica suficientemente los textos. El Siervo aparece como el mediador de la salvación futura y esto justifica que ya desde la tradición judía se vea en este personaje misterioso un anuncio del Mesías. De otra parte, estos textos del Siervo doliente y de su expiación vicaria, Jesús se los ha aplicado a sí mismo y a su misión (cf Lc 22,19-20.37; Mc 10,45).

Igualmente, la primera predicación cristiana reconoció en Cristo al Siervo perfecto y al mediador de la salvación para todas las naciones, anunciado por el segundo Isaías (cf Mt 12,17-21; Jn 1,29). Es muy expresivo el episodio del eunuco que iba leyendo en su carro el pasaje de Isaías (53,7-8) sobre la oveja que llevan al matadero, que no abre la boca para quejarse y da su vida por los demás. El eunuco pregunta de quién hay que entender estas palabras, y entonces el diácono Felipe le anuncia la Buena Nueva de Jesús (Hechos 8).

Hoy hemos leído el primer canto (Is 42,1-7). En él habla Dios que hace, directamente, la presentación de su Siervo: “He aquí a mi siervo, a quien sostengo”. El Siervo es un elegido en quien Dios se complace. Estas palabras, de alguna manera, resonarán en el Bautismo y en la Transfiguración de Jesús. El Siervo participa del Espíritu o energía divina, que se necesita para cumplir una misión extraordinaria. La misión que se le confía, según este cántico, es doble; de una parte, ser mediador de una nueva alianza entre Dios e Israel y, de otra, un servicio a favor  de toda la humanidad, llevar el derecho a las naciones.

Cumplirá su misión de un modo muy característico pues no gritará ni voceará como los conquistadores orientales; no hará manifestaciones estruendosas como los falsos profetas que buscan prosélitos; su porte será modesto y usará sólo la persuasión espiritual e interior. Su acción misionera será tan suave que no romperá la caña cascada ni apagará la mecha vacilante; es decir, no obra con violencia, extinguiendo los gérmenes de bondad y de espiritualidad que encuentre. La labor del Siervo será la del médico que cura las heridas y flaquezas humanas, del que abre los ojos al ciego y saca a los cautivos de la prisión. No condenará a los gentiles, sino que los reanimará y consolidará. La misión del Siervo será dura y difícil, pero él no desmayará hasta que su mensaje llegue a toda la tierra.

Contemplemos hoy, en primer lugar, a Jesús como el Siervo verdadero, el enviado por Dios para anunciar su salvación a todos los pueblos y entregar su vida por toda la humanidad. El pasaje que hemos leído resuena en todos los relatos evangélicos donde aparece como el hijo amado del Padre y como el ungido por el Espíritu Santo (cf Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 4,18). Se presenta siempre lleno de amor y de paciencia para abrir los ojos a los ciegos, para liberar a los cautivos y para anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Cristo es el gran don de Dios a nosotros, es el mayor signo de su amor. Nos amó hasta entregarnos al Hijo (Jn 3,16). Agradezcamos y correspondamos a ese amor.

Meditemos, en segundo lugar, en esa intimidad entre Jesús y Dios. Es su elegido al que prefiere. Sobre él reposa su Espíritu. Lo ha llevado de la mano y le ha confiado una misión. Son palabras e imágenes de amor que también se aplican a cada uno de nosotros. Por el Bautismo que renovaremos el próximo sábado, en la noche santa de Pascua, hemos vivido también la elección de Dios, hemos recibido el don del Espíritu, se nos ha dado un nombre, hemos llegado a tener la condición de hijos de Dios, hemos sido enviados al mundo para realizar una alianza y para ser luz. Valoremos nuestro Bautismo, aprovechemos esa gracia, preparémonos para renovar esa vida nueva con la fuerza de la Resurrección del Señor.

Pensemos, finalmente, que él quiso realmente ser siervo. Se identificó con esta vocación y misión. Por eso dijo: “No he venido para ser servido sino para servir”(Mt 20,28). Tomó la condición de siervo cuando atendía a los enfermos y a los pobres, cuando se arrodilló para lavar los pies a los apóstoles y, sobre todo, cuando en la cruz entregó su vida por nosotros. Cómo nos conviene reflexionar sobre esta decisión y actitud de Jesús para aprender nosotros, tan encerrados en nuestro egoísmo y en nuestro orgullo, a ser siervos de Dios y de nuestros hermanos. En estos días fijemos nuestros ojos en él, llenos de admiración y amor, dispuestos a seguirlo en sus actitudes de fidelidad a Dios, de paciencia y humildad para con los demás, de generosidad en la entrega hasta el final.

Medellín, 14 de abril de 2014 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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