MISIÓN AL AIRE

HOMILIA EN LA CENA DEL SEÑOR

17 | 04 | 2014

La fiesta de Pascua en el transcurso de la historia ha tenido una larga evolución. Es importante que la recordemos para que comprendamos mejor el sentido y la grandeza de esta celebración. Hace más de 4.000 años, comienza como una fiesta de pastores que, en la primera luna llena de primavera cuando entonces se daba el paso a un nuevo año, sacrificaban un cordero como un rito de agradecimiento y de propiciación. Cuando se fue reduciendo el nomadismo y la agricultura tuvo un mayor desarrollo, la comunidad mantuvo la celebración pero introdujo el rito del pan ácimo, para indicar la alegría del comienzo al comer un pan nuevo sin levadura vieja.


En una fiesta de éstas, Dios sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y, desde entonces, la Pascua no fue ya paso de un año a otro, de una cosecha a otra, sino de la esclavitud a la libertad. Fue la fiesta de la independencia que se celebraba con el rito que nos acaba de describir el libro del Éxodo. El domingo de Ramos contemplábamos a Jesús entrando en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua. Allí, de una parte, el pueblo lo recibe y aclama como Mesías y, de otra, los jefes de Israel comienzan a configurar una conspiración contra él, porque les resulta incómodo y peligroso.

 

Jesús es consciente de las amenazas y sabe que las debe afrontar aun con el precio de su vida para  rubricar su anuncio de la paternidad de Dios y de que Dios debe vivir y reinar en toda la humanidad. Al celebrar, entonces, con sus discípulos la Pascua judía, quiso cambiar el ritual. Realizó un signo con el que liberaba su próxima muerte de la fatalidad y del absurdo y mostraba que quería entregar libremente su vida por todos. Se daba así otro cambio en el sentido de la Pascua, que ya no recordaría el paso que dio Israel de la esclavitud a la libertad, sino el paso de Jesús de este mundo al Padre, paso en el que llevaba consigo a toda la humanidad.

 

Entonces mostró el amor que le hacía arder el corazón; no era el amor de la tierra marcado por el egoísmo, sino el amor que él traía del cielo. Como el Padre me ha amado, les dijo a los discípulos, así los he amado yo; permanezcan en mi amor (cf Jn 15,9-17). Entregaba así al mundo un amor nuevo, el verdadero amor, el amor que es Dios. Quiso mostrar la realidad y la posibilidad de este amor, arrodillándose delante de los apóstoles y, como hacían los siervos cuando alguien llegaba cansado de un viaje, les lavó los pies. Tan impactante fue el gesto que Pedro no lo quería permitir.

 

El Señor explica que ahora en la comunidad de sus discípulos hay un nuevo estilo de vida, una nueva manera de relacionarse y servir. “También Ustedes, les dice, deben lavarse los pies los unos a los otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con Ustedes, Ustedes también lo hagan” (Jn 13,14). Es el nuevo mandamiento del amor que lleva hasta la entrega total de unos por otros, en una negación y expropiación radical de sí mismo. Más que una obligación y una carga, el nuevo mandato del amor que Cristo nos da es la posibilidad de la regeneración del corazón dentro de la alianza nueva que habían anunciado los profetas (Ger 30,30-34; Ez 36,20).

 

Ha llegado la hora de permitirle a Dios que nos quite el corazón de piedra y nos ponga un corazón que tiene su mismo amor. Así terminarán los odios que nos distancian, el egoísmo que llena las arcas de algunos y deja a otros sin lo indispensable para vivir, la indiferencia que quema las semillas de la vida y de la alegría en los hogares, la envidia que nos entristece porque los demás son buenos o están bien, la deshonestidad y el engaño que maltratan de muchas maneras la dignidad y el bienestar de los demás, la violencia que nos destruye insensatamente e imposibilita la fraternidad que todos necesitamos.

 

Pero el Señor quiere ir todavía más lejos. No sólo nos da un mandato de amor, no sólo nos muestra un ejemplo de servicio. El toma su ser, su vida, su corazón y los entrega. Hace un sacramento, como nos lo acaba de relatar San Pablo (1 Cor 11,23-26). Toma el pan y el vino y dice: este es mi cuerpo entregado por Ustedes, esta es mi sangre derramada por Ustedes. Con este gesto anticipa el “amor hasta el extremo” que vivirá al morir en la cruz. Él no ve en su muerte, cuya hora ha llegado, un destino oscuro e inexplicable. El ha venido para esto. Por tanto, la anticipa y la transforma en un acto de entrega total de sí mismo. Lo que sucederá al día siguiente en el Calvario estaba ya cumplido en el cenáculo: amar a los suyos hasta la muerte.

 

El pan partido y el cáliz ofrecido son los signos visibles de la entrega que Jesús hace de sí mismo, de su cuerpo y de su sangre. Pero no son signos vacíos que, como una imagen, avivan un recuerdo. El pan y el vino son signos que la palabra de Cristo transforma en la presencia viva de todo su ser, de su cuerpo y de su sangre. No hay lugar a ninguna ambigüedad: Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre. Este es el inefable misterio de la Eucaristía, presencia permanente del Señor, memorial y actualización continúa del sacrificio de la Cruz. En el momento de la consagración, desaparecen los dos mil años que nos separan del Calvario y podemos estar presentes allí, como María y como Juan.

 

Luego, la comunión eucarística pone dentro de nosotros la potencia del amor de Cristo, que se entrega, para que nosotros hagamos lo mismo: darnos por nuestros hermanos. El efecto propio de la Eucaristía es la caridad. Así la Eucaristía introduce cada persona, de generación en generación, en la comunión de vida y de amor con el Padre mediante Cristo, el nuevo cordero pascual que ha sido inmolado.  Es entonces la realización de la nueva alianza, es la nueva liberación del exterminador al ser introducidos en la familia viva de Dios que es la Iglesia, es la instauración de la nueva ley del amor, es la llegada del nuevo Espíritu, es el comienzo de la nueva vida que se proyecta a la eternidad.

 

Para que todo esto fuera una realidad permanente para toda la humanidad, mandándoles a los apóstoles que hagan su memoria, instituye el sacramento del Orden, que configura a algunos hombres con Cristo, sacerdote y pastor. Es una unión habitual de la persona del sacerdote con la persona de Cristo,  que hace posible el acto consagratorio que transubstancia el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor. Los sacerdotes somos vasijas de barro pero, gracias al don inmerecido que llevamos dentro, el pueblo de Dios tiene la presencia permanente de Cristo que sigue anunciando su Evangelio y entregando su vida por la salvación de todos. En este día, agradezcamos este don y este misterio, oremos todos por los sacerdotes y las vocaciones al sacerdocio.

 

La Iglesia quiere que iniciemos la celebración del misterio pascual en el cenáculo, porque allí se renovó todo: la alianza, la ley, la pascua, el sacerdocio, el ser humano que ahora puede amar con el amor de Dios. Contemplemos cómo Cristo  lava los pies a los discípulos para que aprendamos a servirnos y ayudarnos los unos a los otros, acerquémonos a la mesa eucarística para sentir que Cristo está realmente presente en medio de nosotros, comulguemos con fervor para que el egoísmo que nos encierra y entristece se cambie por el amor hasta el extremo que llega a dar la vida por los demás, sintámonos la comunidad de Jesús que en cada Eucaristía vive su más profunda unidad y anticipa la gloria del cielo.

 

Medellín, 17 de abril de 2014

 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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