MISIÓN AL AIRE

MEDITACIÓN DE LAS SIETE PALABRAS

18 | 04 | 2014

Introducción

En el principio era la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, nos dice San Juan al comenzar su Evangelio (cf Jn 1,1). Dios que es verdad y plenitud se expresa necesaria, eterna y totalmente en una Palabra interior a sí mismo. Luego, habiendo creado al hombre a su imagen y semejanza no lo dejó en la incomunicación, en la soledad y en el vacío. De muchas maneras le ha hablado Dios a los hombres (cf Heb 1,1). Palabra suya son los fenómenos maravillosos de la naturaleza, los acontecimientos de la historia, las luces de la razón humana, las voces penetrantes de los profetas.

 

Pero en estos tiempos, que son los últimos, nos habló por su Hijo. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros (cf Jn 1,14). Entonces, como nunca, en Jesús de Nazaret, la Palabra de Dios fue viva y eficaz, más cortante que una espada de dos filos, capaz de penetrar hasta las fronteras del alma y del espíritu, dispuesta a escrutar los pensamientos y sentimientos del corazón (cf Heb 4,12). En Cristo, nos llegó la Palabra de Dios como una semilla dispuesta a dar mucho fruto si encuentra un buen terreno (cf Mt ), como un fuego capaz de incendiar la tierra (cf Lc 12,49), como un juicio  que  cae sobre la historia de los hombres y de los pueblos (cf Jn 12,48).

 

Todos los que oían esta Palabra en los labios de Jesús quedaban fascinados. Es que nadie había hablado como él (cf Jn 7,46). Pronto se dieron cuenta los discípulos que sólo él tenía palabras de vida eterna (cf Jn 6,68). Todo el ministerio de Cristo está en función de comunicar lo que ha oído al Padre, lo que cada persona humana necesita, lo que él debe decir a la humanidad porque él es el camino, la verdad y la vida (cf Jn 14,6). Por eso, a la hora de la muerte, no puede perder la cátedra más sublime y el momento más grande de su paso por la tierra para ser maestro no sólo con el ejemplo de su vida entregada, sino también con el mensaje salvador de su palabra.

 

El monte Calvario es la realización de la doctrina enseñada en el monte de las Bienaventuranzas. Aquí, entregado a cumplir su misión hasta el final, Jesús es el pobre de espíritu, el manso, el misericordioso, el sediento de justicia, el obrero de la paz, el perseguido por causa del Reino de Dios. En el monte de las Bienaventuranzas, Jesús es maestro que enseña; en el Gólgota muestra con su propia vida la verdad y santidad de su Evangelio. Sus palabras, integradas en una larga oración silenciosa, dan voz al dolor y al amor con que Cristo concluye su vida en esta tierra. Lo que es drama terrible se convierte en ellas en luz para todo hombre que viene a este mundo (cf Jn 1,9).

 

Estas últimas siete palabras de Jesús en la cruz son como etapas de su viaje interior al Padre, al concluir su misión. Cada una de ellas descubre un aspecto de ese misterio que es el amor con el que Dios ha amado al mundo hasta entregarle el Hijo (cf Jn 3,16); misterio insondable, capaz de iluminar todos los sufrimientos y esperanzas de los hombres y de los pueblos. Por eso, en esta noche, sólo nos toca abrir el corazón para escuchar como si fuera la primera vez esas palabras sublimes; sólo podemos adorar y contemplar, estremecidos de amor y de agradecimiento, a Cristo entregado por nosotros. Entremos en oración y dejemos que en nosotros se vuelve alabanza, acción de gracias y súplica de perdón el grito apasionado de San Pablo: “Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20).

 

 

Primera Palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34)

 

A Jesús la muerte no lo toma de sorpresa. Él la veía venir desde cuando entró en el mundo consciente de que sería la oblación que agradaría al Padre (cf Heb 10,5-7). Ya había anunciado en Cesarea que tendría que ir a Jerusalén a padecer mucho (cf Mt 16,21); en Cafarnaúm había dicho que iba a ser entregado en manos de los hombres que lo matarían (cf Mt 17,22); y al llegar a Jerusalén anunció de nuevo su muerte y su resurrección (cf Mt 20,18). Jesús hace saber que es consciente de su muerte ya cercana, cuando anuncia que el perfume fino que le ofrece una mujer en Betania es la unción para su sepultura (cf Mt 26, 10-12). Así mismo anuncia la traición de Judas (cf Mt 26,20-21) y la negación de Pedro (cf Mt 26,34).

 

A Jesús la muerte no lo toma de sorpresa. Él ha venido para esta hora (cf Jn 12,28). Por eso, aparece como quien domina los acontecimientos. Si aparentemente es víctima de los hechos que otros han tramado, él, en realidad, los capta con penetrante lucidez y con la soberana libertad de quien sabe situarse en el plan de Dios. Lo que le preocupa no es su dolor, ni su aparente fracaso, sino la misma causa que lo movió toda su vida: el Reino de Dios. También en esta hora de supremo sufrimiento no quiere otra cosa sino que los hombres se salven acogiendo desde su libertad el amor del Padre. Busca que el perdón del Padre baje sobre los mismos que lo crucifican.

 

En la cruz, una vez más, Cristo vislumbra el abismo del mal: lo que significa el pecado del hombre como rebelión al designio salvífico de Dios, lo que conlleva el pecado como ultraje a la gloria de Dios, los espantosos desequilibrios que todo pecado desencadena en la humanidad. Hoy es difícil entender este lenguaje porque nos hemos hecho insensibles frente al pecado, aunque cada día nos golpean más duro sus consecuencias. Por eso, la primera palabra de Cristo en la cruz es: Padre. Frente a todos los que han olvidado a Dios, él, el Hijo, clama diciendo: “Padre, perdónalos”. No le preocupa tanto su dolor, sino nuestro pecado; porque al ir contra el plan de Dios nos causa una grave herida.

 

Para alcanzar este perdón, Jesús excusa a sus verdugos y en ellos a nosotros: no saben lo que hacen. Sabemos y no sabemos. Sabemos porque de lo contrario no habría pecado; sabemos porque él vino y nos habló y no tenemos excusa (cf Jn 15,22). No sabemos porque si supiéramos todo lo que el pecado entraña no hubiéramos crucificado al Señor de la gloria (cf 1Cor 2,8). Como dice Pedro, obramos por ignorancia pero así cumplió Dios lo que anunció por los profetas (He 3,17-18). Sabemos y no sabemos lo que hacemos cuando pecamos. Sabemos que hacemos mal, que destruimos en nosotros la paz y la integridad, que malogramos nuestra libertad, que ofendemos nuestra dignidad; de ahí el remordimiento, el deseo de que aquello no hubiera sucedido.

 

El hombre es incomparablemente mucho más grande de cuanto pueda imaginarse tanto en el bien como en el mal. Por eso, ignoramos todo el fondo que conlleva el pecado, lo irreparable que arrastra, la grandeza y las posibilidades que arruinamos en nosotros. Sobre todo, no medimos la ofensa que se hace a Dios. El pecado va contra un ser infinito, que nos ama con un amor infinito, que tiene sobre nosotros una elección y un proyecto que nos supera y que no deberíamos impedir jamás con el pecado. En parte, por no saber, el mal sigue habitando en el mundo y en nuestros corazones. Así llevamos el egoísmo que nos encierra, el odio que nos enfrenta, la mentira que nos engaña, la deshonestidad que nos envilece, la infidelidad que socava la vida, la violencia que nos destruye.

 

Ante esta realidad, Cristo sigue orando hoy por nosotros: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. No saben cómo atentan contra tu amor; no saben el mal que se hacen a sí mismos; no saben que su infelicidad proviene de rechazar tu plan de salvación; no saben lo que pierden al vivir en la indiferencia sin conocerte y sin aceptar tu Reino; no saben las desgracias, a veces irreparables, que produce el pecado para cada persona y para toda la humanidad. La plegaria de Cristo introduce una nueva fuerza en el mundo. El reino del mal y del pecado va a chocarse con el nuevo reino del amor y del perdón.

 

Así el perdón de Dios repara lo irreparable, haciendo retornar la vida a los corazones que el pecado ha devastado, haciendo posible en la libertad humana el arrepentimiento y la conversión, haciendo concurrir todas las cosas en bien de los que ama (cf Rm 8,28).  La primera palabra de Cristo en la cruz es una palabra de inmensa misericordia para el mundo. En efecto, el que había dicho “bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7), ¿cómo no va a alcanzar en medio de su horrible sufrimiento el perdón y la reconciliación para todos los que en el transcurso de los siglos quieran volver a Dios aunque sean los más grandes pecadores de la tierra?

 

Jesús a lo largo de su vida ha hecho todo lo posible por extender el Reino de Dios en el mundo, ha luchado con todas sus fuerzas contra el pecado y la dureza del corazón humano; ahora, cuando la medida del mal está repleta, apela a las profundidades de la misericordia de Dios y a la compasión infinita de su amor. También nosotros debemos combatir el mal en el plano humano, en nombre de la justicia, de la honestidad, de la dignidad no enajenable de la persona humana y de su destino eterno, pero cuando veamos que ya no hay ningún recurso contra la máquina del mal que lo va venciendo todo, que desencadena los instintos de la tierra, que siembra odio, insensatez, soberbia y crímenes por todas partes, entonces volvamos el corazón hacia la misericordia de Dios y con Jesús digámosle: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.   

 

Segunda Palabra: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc.23,43)

 

La crucifixión era un espectáculo espantoso. Dice un historiador que los primeros cristianos se horrorizaban al poner a Cristo en la cruz, porque con sus propios ojos habían visto esos hombres desnudos, clavados por las manos y los pies a un palo tosco, con el cuerpo que se caía por su peso, la cabeza inclinada, perros atraídos por el olor de la sangre les lamían los pies, buitres que volaban alrededor del lugar de la ejecución y la víctima, extenuada por las torturas, ardía por la sed y llegaba a invocar la muerte con gritos desgarradores. Era el suplicio de los esclavos y de los bandidos. Fue la muerte que Jesús soportó, haciéndose, según la visión de Israel, como dice San Pablo, “un maldito” (cf Gal 3,13 ).

 

Pero en donde los ojos de la carne no ven sino una espantosa tragedia, los ojos de la fe contemplan un grandioso misterio. Ese crucificado bañado en sangre es el Hijo eterno de Dios. Parece arrastrado por la fuerza de los acontecimientos; pero allí, Dios estaba reconciliando consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, pacificándolas por la sangre de su cruz (cf 2 Cor 5,19; Col 1,19-20). Su primera palabra ha sido para pedir el perdón y ya el perdón está en marcha para llevar al paraíso a uno de los dos malhechores crucificados con él. El destino de estos dos hombres es misterioso. Toda vida que se acerca a Jesús, para rechazarlo o para aceptarlo, ve de repente que se profundiza su propio misterio.

 

El destino diverso de estos dos hombres representa los resultados extremos que puede producir el sufrimiento: la libertad del alma o la rebelión. Hay cruces que llevan a la blasfemia y cruces que llevan al paraíso. En la colina del Calvario, externamente, las tres cruces ensangrentadas son iguales. Los ojos de la carne ven la misma horrible tragedia; sin embargo, como dice San Agustín, de estos tres hombres, uno da la salvación, otro la recibe y el otro la desprecia. Uno de los malhechores, sin esperanza de escapar a la muerte, lleno de rabia y de odio le decía a Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros”. Así se unía a los escribas y a los que pasaban por el camino que se burlaban de Jesús (cf  Mc 15,31-32). No reconoce la posibilidad de salvación que tiene, aunque no sabemos si, en el último instante, un relámpago de la gracia iluminó su noche.

 

El otro malhechor, aunque su dolor es también atroz, logra dejarse impresionar por la santidad con que Jesús sufre y con un cierto sentido de la justicia sale en su defensa. Y luego, movido por la gracia, pone toda su vida y toda su esperanza en este grito: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Qué grande es la fe de este hombre. Un moribundo ve a Jesús moribundo y le pide la vida; un crucificado ve a Jesús crucificado y le pide salvación; un condenado ve a Jesús condenado y le pide entrar en su Reino. En medio de la tragedia y la tristeza del patíbulo, la fe le hace ver al ladrón “un cielo nuevo y una tierra nueva en donde habita la justicia” (2Pe 3,13).

 

            Jesús le responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tres palabras que Bossuet comenta con otras tres: Hoy, qué prontitud; conmigo, qué compañía; en el paraíso, qué descanso y plenitud. No se entra en el paraíso mañana, ni pasado mañana, ni dentro de diez años, se entra hoy; una vez que se da el paso de la fe y se le entrega todo el proyecto personal a Cristo, comienza para cada uno de nosotros la vida eterna. Sólo se entra al paraíso con Cristo, él es el camino para ir al Padre, él es el pastor que nos guía a las moradas eternas. La llave para entrar al paraíso es la cruz del Señor, pues, como advierte San Pedro, no fuimos rescatados con plata y con oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha” (cf 1Pe 1,18-20).

 

Hay tres abismos en estas tres cruces. El odio que encierra en la muerte, el arrepentimiento que lleva a la esperanza, el amor redentor que produce la salvación. Es preciso que esta noche veamos las grandes posibilidades de nuestra vida; no estamos hechos para quedarnos en esta mala posada de que hablaba Santa Teresa. Nuestra existencia no puede reducirse, como parece ser el programa del mundo de hoy, a trabajar y consumir, ganar dinero y deleitarnos. Eso no es vida; el vacío, la frustración, la melancolía que deja un placer efímero y barato no pueden ser la razón de vivir para una persona humana. No podemos admitir tampoco que nuestro futuro es la nada o la oscuridad de un sepulcro o la triste transmigración en otros seres. ¡No! Nuestra perspectiva futura es el cielo; nuestro corazón no está en paz sino buscando y poseyendo para siempre a Dios.

 

En esta noche, cuando tenemos la gracia de estar junto a la cruz del Señor, contemplando su muerte redentora, despertémonos a la esperanza en la vida eterna y comprometámonos seriamente a caminar hacia Dios asumiendo, con fe y con amor, nuestra misión en la tierra. San Pablo escribe: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no tienen proporción con la gloria futura que se nos revelará” (Rm 7,18). Y también dice: “Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales y las invisibles son eternas” (2 Cor 4,17). Que la meditación de esta noche avive en nosotros el deseo de querer estar para siempre con Dios y el empeñó serio de buscar esa vida que, como dice la Escritura, ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre alcanzó a presentir y que Dios ha preparado para los que le aman (cf 1 Co 2,9). 

 

Tercera Palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26-27)

 

Los adversarios de Jesús parece que han triunfado. Las muchedumbres que antes lo habían aclamado ahora se alejan de él. Quedan cerca de la cruz algunos soldados que se distribuyen los vestidos de Jesús y algunas personas cercanas: su Madre, la Virgen María, San Juan, y varias mujeres que lo han acompañado en distintos momentos del ministerio. Ve a su madre y al “discípulo que amaba” y, con una doble y misteriosa palabra, une para siempre a su Iglesia que se disgregaba bajo la tempestad y que estaba representada en ese discípulo fiel, con su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo ahí tienes a tu Madre”. El Evangelio nos deja la impresión de que Jesús, durante algún tiempo, había mantenido a María alejada de las vicisitudes de su vida pública. Ya desde los doce años, cuando se quedó en el templo, había marcado una distancia con ella diciendo que no lo debía buscar, pues su misión era ocuparse de las cosas del Padre (cf Lc 2,49-50)

 

Ahora, cuando la muerte está cerca, cuando su madre ya no puede hacer nada exteriormente por él y cuando él como nunca se ocupa de las cosas del Padre, le permite que esté presente. Esta presencia, para ambos, es a la vez dulzura y dolor. Quien ama, cuando descubre el eco de su propio sufrimiento en un ser amado, siente inseparablemente consuelo y desgarramiento del corazón. Jesús ve el sufrimiento de su madre, pero ve también la capacidad que tiene de compartir la misión que él está cumpliendo. La palabra que le dirige, entonces, se propone, en ese momento solemne, introducirla en el corazón mismo del drama de la redención del mundo. Si Cristo ha aceptado sufrir y morir por la salvación del mundo, es claro que los que se hagan miembros de su cuerpo, en la Iglesia, deben aportar también sus esfuerzos y sufrimientos por la misma causa.

 

Esto es lo que ha expresado San Pablo cuando escribió: “Ahora yo me alegro en mis tribulaciones por ustedes, y cumplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24). María, mejor que ninguna otra persona, es imagen y modelo de la Iglesia. En ella se encuentra condensada, durante la presencia histórica de Jesús en la tierra, toda la gracia colectiva de la Iglesia. Por eso, con esta palabra, Jesús quiere asociar a su madre a la obra de la redención que está cumpliendo. Quiere que también ella implore el perdón por nosotros, al vernos tan fríos e indiferentes frente a lo único que verdaderamente nos debe preocupar: nuestra salvación. Al confiarle a San Juan, en él nos confía a nosotros y ella nos acoge como hijos y se hace responsable de nosotros ante el Señor.

 

 En Caná de Galilea, María pidiendo una ayuda material para unos novios que estaban en apuros porque se había acabado el vino de la fiesta, adelantó una hora que no había llegado todavía (cf Jn 2,3-5). En este momento, cuando ha sonado ya la hora de la redención, ella, conociendo la infinita miseria espiritual del mundo que ha crucificado al Hijo de Dios, y unida como nunca a la compasión y a la intercesión de su Jesús, está solamente para las cosas del Padre, pidiendo también la salvación de todos los hombres, los del pasado, los del presente, los del futuro.  Entonces, más que en Caná, Jesús escucha su súplica y le permite a ella, la primera de los redimidos, que por su amor y su oración coopere a engendrar los que están naciendo por la sangre y las lágrimas del único mediador entre Dios y los hombres, que se da en rescate por todos (cf 1Tim 2,5-6; Heb 5,7).

 

Es la hora del poder de María. Uniendo ella su súplica limitada a la súplica infinita de su Hijo participa de modo eminente en la obra de la redención. Así, de una parte, queda hecha madre de todos los discípulos de Cristo y, de otra, desde su vinculación profunda al drama del Calvario, asocia a toda la Iglesia a la inmensa súplica, que desde la cruz sube al cielo. Desde entonces, toda la Iglesia, como María, no puede permitir que su dolor se cierre sobre una tragedia privada, sino que debe abrir sus entrañas a la miseria universal de la humanidad. Esta condición maternal de la Iglesia es la que la impulsa, aunque no sea comprendida y aceptada, a llevar la voz de los que no tienen voz, a suplicar que se pare el genocidio de los no-nacidos, que se respete la dignidad y la vida de los débiles, que cese la violencia y el odio, que se atienda a los que andan tirados por las calles, que se entienda que a esta altura del siglo XXI es preciso que por la justicia y la solidaridad vivamos todos como hermanos.

 

Virgen María, no bajes del Calvario, sigue acompañando a la Iglesia en la súplica que colabora con Cristo a engendrar a la vida a todos los que sólo por su sangre pueden recibir el perdón de los pecados. Sigue ejerciendo tu maternidad sobre nosotros, que nos hace más hermanos de tu Hijo. Sigue, de pie, firme, junto a la cruz, que la humanidad necesita tu testimonio de mujer fuerte, tu oración poderosa, tu ejemplo de fe inquebrantable y tu dulce presencia de madre.

 

Cuarta Palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  (Mt.27,46)

A pesar del sufrimiento, en sus tres primeras palabras, Jesús ha mostrado el amor y la bondad que habitan en su corazón. Él se sobrepone a las torturas que padece, como olvidándolas, para implorar el perdón para los que lo crucifican, para prometer el paraíso al ladrón, para dar su madre al discípulo. Las dos palabras siguientes son gritos que dejan ver la intensidad de su dolor, que se hace plegaria en medio del suplicio. Después de la repartición de los vestidos, de las burlas de los que pasaban, de las intervenciones de los bandidos crucificados con él, de la llegada de la oscuridad, según la narración de San Marcos, Jesús, hacia las tres de la tarde, ve llegar la muerte y, entonces, levanta la  voz y pronuncia sus últimas palabras (cf Mc 15,33-35).

 

Jesús se ha ido quedando solo. Ya no están las muchedumbres de Galilea que lo seguían en busca de milagros. Ha sido condenado por los jefes para defender la religión y la ciudad, pues lo han juzgado como blasfemo e insurgente; el pueblo de Jerusalén grita contra él, lo iguala a los criminales comunes y se lo entrega a la autoridad extranjera; los discípulos lo han abandonado, uno lo ha vendido, otro lo ha negado, todos han huido llenos de miedo; él mismo ha alejado de sí la compañía fiel de su madre buena y del discípulo predilecto, que trataban de rodearlo de afecto en su agonía. Ha quedado solo. Entonces las primeras palabras del Salmo 21, que describe las pruebas del justo, le sirven para expresar su desolación.

 

En este momento de total miseria, cuando se encuentra sin ningún apoyo, es cuando tiene la experiencia del mayor despojo interior que es posible. Cae sobre su corazón una angustia indecible, una prueba que ya como que no puede llevar; entonces, reúne sus últimas energías para clamar con un grito, tan cargado de dolor y de misterio, que el evangelista lo transcribe en la misma lengua de Jesús. “Eloí, Eloí, lama sabactaní”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Ya no dice “Padre”, como en la primera palabra, sino “Dios mío”. ¿Por qué lanza este lamento que ahora da pie a nuevas burlas por parte de los jefes de Israel, que en él no lograron ver el Mesías prometido por Dios?

 

Aunque muchos se puedan escandalizar con esta palabra, para nosotros los creyentes es una palabra profunda y adorable que nos descubre el último fondo de la encarnación y del anonadamiento del Hijo de Dios. Ciertamente esta palabra es un escándalo, como es escándalo todo el Evangelio: el omnipotente aparece en debilidad, la Palabra infinita se encarna en un niño que no puede hablar, el Amor de Dios admite el rechazo de aquellos por quienes se entrega, Jesús es al mismo tiempo Dios que escucha y hombre que suplica abatido por el sufrimiento. Pero la fe reconoce al verdadero Jesús, aquel por quien todo fue creado (cf Col 1,16) y que, sin embargo, sufre tan atrozmente hasta el punto de exclamar. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es aquí donde, según el decir de San Juan de la Cruz, hace una obra mayor que todos sus milagros: reconciliar y unir el género humano por gracia con Dios (Subida al Monte Carmelo, 2,7).

 

Esta palabra nos muestra cómo los sufrimientos de Cristo en la cruz no fueron solamente físicos, sino sobre todo morales. En su agonía ve todos nuestros pecados, conoce cada una de nuestras traiciones al plan de Dios, percibe cada uno de nuestros rechazos a la gracia, vislumbra la frustración de muchas personas que se separarán para siempre de su Amor. Su sufrimiento es el del Salvador del mundo, no el de un condenado; es reparación, no castigo; es luz sobre la suerte de la humanidad, no confusión; es caridad encendida, no desesperación. Pero el sufrimiento redentor del Hijo de Dios que muere por nosotros es más desgarrador que cualquier otro sufrimiento que podamos imaginar. Este sufrimiento es el único que puede medir plenamente el abismo que separa el bien del mal, el amor del odio, el cielo del infierno.

 

San Pablo, contemplando estas profundidades de la encarnación del Hijo de Dios, dice que Cristo se hizo maldición por nosotros (cf Ga 3,13), que por nosotros se hizo pecado (cf 2 Co 5,21). Jesús no es un maldito, es el Hijo muy amado en quien el Padre se ha complacido (Mc 9,27), pero por nosotros se ha hecho maldición; no es pecador, es santo, inocente, sin mancha, elevado más alto de los cielos (Heb 7,26), pero por nosotros experimentó la tragedia del pecado que borra los lazos de la filiación. Jesús, el que no tenía pecado (Heb 4,15), en la cruz bajó hasta la última profundidad del drama del mal, identificándose con el estado de maldición que comporta para nosotros el pecado. Así, la desgracia del pecado quedó iluminada por su inmolación en el amor, para que también nosotros pudiéramos por el amor transformarla en redención.

 

Nosotros no tendremos nunca experiencia de este sufrimiento de Cristo en la cruz, pues sólo puede tenerlo quien como verdadero Dios participa de la visión beatífica y como verdadero hombre asume por amor la desastrosa suerte del pecador. En este momento en que Cristo parece vencido por el dolor, es cuando más asume, domina y encausa el sufrimiento de todos los tristes, de todos los pobres, de todos los abandonados, de todos los pecadores y lo hace salvación. Por eso este grito de Jesús en la cruz que entraña tanto dolor y tanto misterio, finalmente, no es sino un grito de amor y de esperanza.

 

 

Quinta Palabra: “Tengo sed”  (Jn 19,28)

 

Estas dos últimas palabras expresan el exceso de sufrimiento que vive el Señor. Si la cuarta palabra es un grito de desconsuelo interior, la quinta es la manifestación de su total agotamiento físico. Con las palabras anteriores, Jesús ha mantenido un diálogo con el Padre. Ahora parece que, sin ninguna presencia ni compañía, vive la experiencia de la soledad y de la sed. Esta palabra tiene dos aspectos. Es el lamento doloroso que el extremo sufrimiento físico le hace pronunciar espontáneamente; pero es la expresión de su decisión de ir hasta el final en la misión que el Padre le ha confiado.

 

Así parecen explicarlo las palabras del Evangelista: “Jesús sabiendo que todo ya estaba consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: ¡Tengo sed!”. Su experiencia interior se apoya, de nuevo en uno de los salmos, el Salmo 69, en donde se lee: “Me dieron a comer veneno y en mi sed me dieron a beber vinagre”. En Jesús aparecen las desgarradoras paradojas de la encarnación; de una parte, agobiado por la tortura y el dolor y, de otra, señor de su sufrimiento; de una parte, nos mueve a compasión y, de otra, nos sobrecoge con la diáfana lucidez de su espíritu.

 

A veces se preparaba para los condenados a muerte una bebida embriagante con el fin de atenuar sus terribles dolores. Parece que algunas mujeres en Jerusalén se dedicaban a este oficio de caridad. Antes de la crucifixión le ofrecen a Jesús este vino mezclado con mirra, pero él no lo bebió queriendo probablemente vivir su muerte con plena conciencia (cf Mc 15,22). Jesús había rechazado esa bebida que anestesiaba, pero después de perder sangre durante tres horas de agonía, todos los ardores de sus miembros destrozados se concentran en la llama atroz que devora sus entrañas. Es entonces cuando dice. “¡Tengo sed!”

 

Generalmente, los soldados tenían en una jarra una mezcla de agua y vinagre, con lo que se contentaban si no tenían algo mejor para beber. Por eso, uno de ellos, humedeció una esponja en esta bebida, la puso en una caña y la acerca a la boca de Jesús. Al parecer tiene compasión de Jesús, pero temiendo que se lo impidan habla como los de su ambiente diciendo: “Veamos si viene Elías a bajarlo” (cf Mc 15,36). Tiene que mezclar un poco de burla a su pobre acto de bondad. Jesús queriendo vivir su martirio hasta las últimas consecuencias, de nuevo no bebió. Es que él misteriosamente calma su sed física con otra sed más profunda: su deseo de salvar el mundo.

 

Ayer había dicho a sus discípulos: “He deseador ardientemente comer esta pascua”. ¿Cómo puede desear comer una pascua que sabe es el comienzo de su agonía y de su muerte? Ya desde su entrada en el mundo, como advierte la Carta a los Hebreos (10,5-7), lo consume el ardiente deseo de compensar la ofensa hecha a Dios por el pecado y de abrirles a los hombres la puerta del perdón, hasta el punto que el sacrificio cruento por el que obra la redención, le causa un misterioso alivio. Si Jesús dice que tiene sed es porque realmente el Hijo de Dios se encarnó y ahora muere de muerte verdadera. Sin embargo, al mismo tiempo, su sed es un insondable anhelo de que todos los hombres se salven, de encontrar lo que está perdido, de lograr que Dios sea todo en todo (cf 1 Co 15,24-28). En el fondo, está orando con el salmista: “Mi alma tiene sed, sed del Dios vivo” (Sal 42,3).

 

Nosotros hemos sido salvados en esa sed, en esa oración redentora hecha en la cruz, en ese dolor ofrecido para reparar la desobediencia original, en ese amor hasta la inmolación que reconcilia con Dios. Desde la cruz, con una sola mirada, Jesús divisaba el desarrollo de la historia del mundo. Veía en un solo instante todos los hombres que habían existido y que existirían y por todos intercedía. Conocía todas las ofensas al Amor infinito y moría por repararlas. Así la agonía de Jesús se extiende a toda la tragedia humana. Todos nuestros pecados están asumidos en la profundidad de ese acto de obediencia y de amor redentor.

 

La Iglesia es una prolongación y actualización en el tiempo y en el espacio de la vida y la obra de Jesús. Podemos decir, entonces, que la pasión de Jesús se continúa en la pasión de su cuerpo que es la Iglesia. Por eso, hoy la Iglesia, es decir, todos nosotros tenemos que seguir con la misma sed; sed de todos los que necesitan pan, justicia, verdad, alegría, paz, libertad; especialmente, sed de tantos que necesitan a Dios. En el último día oiremos que se nos dice: Tuve sed, pero los vi a Ustedes también con sed de evangelizar, de consolar a los que sufrían, de ayudar a los que tenían necesidad, de salvar a los que estaban en el pecado, de llevar el mundo a Dios.

 

En esta noche, con nuestra fe y nuestro amor, como la samaritana, acerquémonos a este sediento y escuchemos que nos dice: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4,10). Entonces comprobaremos la verdad de la Bienaventuranza: “Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados” (Mt.5,6).

 

 

Sexta Palabra: “Todo está consumado” (Jn.19,30)

 

Esta palabra de Jesús significa no solamente que las profecías se han cumplido, sino que se han consumado de una manera tan elevada y tan plena, que sobrepasan todo lo que esperaba el pueblo elegido. Israel soñaba siempre con la liberación mesiánica, que muchos se imaginaban como una era de felicidad temporal o una dominación política garantizada por el mismo Yahvéh. Pero todas las expectativas quedaron superadas por el Reino de Dios instaurado por Cristo, en el que se realizan todas las esperanzas de la humanidad. Con Jesús, a quien Tertuliano llama “el iluminador del pasado”, se descorre el velo y aparece el sentido pleno de la creación, del paraíso terrenal, de la caída del hombre, de los patriarcas, de la liberación de Egipto, de los profetas, de la tierra prometida, de la nueva Jerusalén.      

 

Todas las profecías se han cumplido; él lo sabe y así trató de explicarlo a los judíos advirtiéndoles que ellas testifican sobre él (Jn 5,39). Ahora, él contempla esa larga serie de anuncios, en el orden que aparecieron para orientar progresivamente la esperanza de Israel hacia ese punto misterioso del tiempo en el cual finalmente todas las cosas, en el cielo y en la tierra, se reconciliarían con la sangre de su cruz (Col 1,20). La serenidad soberana de esa mirada que abraza toda la sucesión de los siglos, aparece en la sexta palabra, llena al mismo tiempo de tristeza y de majestad: “Todo está consumado”.

 

Jesús conoce plenamente todo el proyecto salvífico de Dios: “Mi Padre, dice él, me confió todas las cosas” (Mt 11,27); por eso, toda su vida no es sino un acto filial de obediencia. Expresiones suyas, en este sentido, son las siguientes: Mi alimento es hacer la voluntad de quien me ha enviado; es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y que obro según el mandato que me dio (cf Jn 10,17; 14,31). Así obedeciendo aun en medio de muchos sufrimientos “se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salvación eterna” (Heb 5,7). Es el nuevo Adán que repara el no al plan de Dios, dado al principio, con un acto radical de confianza y de disponibilidad frente a la voluntad divina. “Todo está consumado” significa, en último término, que el designio del Padre de salvar el mundo, con la obediencia de Jesús ya se ha cumplido.

 

Al final de su primera venida, cuando se concluye sobre la cruz su pasión redentora, dice: “Todo está consumado” y al final del tiempo, cuando se concluya la peregrinación de la humanidad por este mundo, según el decir de San Pablo, pronunciará una palabra semejante al entregarle al Padre el mundo restaurado: “Todo está sometido”, para que Dios sea todo en todas las cosas (1 Co 15,24-28). Así ahora todo está consumado con la obra redentora de la cruz; y al final, en el momento de la segunda venida, todo quedará sometido porque su amor hasta la sangre todo lo va transformando en vida eterna.

 

Pero entre el todo está consumado y el todo está sometido es el tiempo de nuestra responsabilidad y nuestro trabajo en el plan de la salvación. Ninguno de nosotros ha venido al mundo sin una misión concreta e importante. Nuestra responsabilidad ahora es no cerrarnos en nuestro egoísmo, sino abrirnos con todas nuestras capacidades y posibilidades para aportar mucho a la construcción de esa tierra nueva y ese cielo nuevo en los que habita la justicia (cf 2 Pe 3,13). Por eso, la Iglesia está llamando con urgencia a los laicos católicos a que se formen, a que se unan, a que se lancen a la conquista del mundo para Dios en los distintos campos en donde es posible y necesario entregar la luz y la fuerza del Evangelio.

 

Así cuando llegue nuestra muerte, no será un momento desgarrador, sino la hora de la madurez en que nuestro destino realmente se ha cumplido porque podemos ofrecerle a Dios la tarea realizada. Entonces, Cristo, abrazando con la fuerza de su muerte y de su resurrección nuestra vida y nuestra misión ya terminadas, culminará su tarea de buen Pastor introduciéndonos en la gloria como verdaderos hijos de Dios.

 

 

  Séptima Palabra: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” Lc.23,46)

 

El sentido de las dos últimas palabras de Cristo en la cruz, lo podríamos encontrar escondido en aquellos versículos de la oración sacerdotal en los que en la víspera de su pasión le dice al Padre: “Yo te glorifiqué en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste, ahora, Padre, glorifícame Tú, con la gloria que tenía contigo antes de existir el mundo” (Jn 17,4-5). Según nos narra San Lucas, Jesús con fuete voz dijo: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Está lleno de vida, para morir él mismo tiene que arrancarla con gran decisión de su voluntad. Ya antes había dicho: “Yo doy mi vida y la tomo de nuevo. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de volver a tomarla” (Jn 10, 17-18). Este dar la vida es lo que hace de la muerte de Cristo una verdadera ofrenda.

 

Después de haberlo entregado todo, su tiempo, su palabra, su amor, su cuerpo, su sangre, su madre, entrega también su espíritu al Padre. Le confía al Padre el espíritu, lo más grande y precioso que tiene. Su espíritu que es el amor con que ha servido al Padre, con que se ha entregado a los hombres y con que ha realizado el nuevo universo de la redención; su espíritu que es el patrimonio que desde las manos del Padre vendrá a sus discípulos en Pentecostés para iluminarlos y sostenerlos en las fatigas y las esperanzas de la historia.

 

En la vida de Jesús hubo indecibles sufrimientos pero también alegrías muy grandes. Cuando era niño tenía la ternura de su madre; supo descubrir las cosas bellas del mundo como las flores de los campos, la mies que madura, los arreboles del cielo que anuncian el buen tiempo, la vida de la semilla que revienta, el lago ondulante de peces, la alegría en los ojos de los hombres; contempló con gozo y agradecimiento la disponibilidad de los humildes, la fe y la magnanimidad de muchos que se acercaron a él; sobre todo, vivió en la plenitud de ser uno con el Padre y saboreaba en sus noches de oración y sus largos días de apostolado la esperanza de la llegada del Reino de Dios. Por eso, su última palabra es una palabra de confianza y de victoria, es un signo de que lo inunda una paz triunfal.

 

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esta oración bella y suprema de Jesús al final de su sacrificio debe estar siempre en nuestros labios y en nuestro corazón al terminar la jornada cada día, como un entrenamiento para que esté también al final de nuestra vida. Nosotros no podemos morir en la inconsciencia, como bestias derribadas; nosotros tenemos que morir en el amor, en la ofrenda de nuestro ser, en la culminación de nuestra misión, en la confianza de quien se descarga en las manos tiernas y fuertes, fieles y seguras, paternales y amorosas de Dios.

 

 

Conclusión

Nos relatan los Evangelios que después, inclinando la cabeza, Jesús expiró. Según San Juan, cuando llegaron los soldados a quebrar las piernas de los ajusticiados encontraron a Jesús ya muerto y entonces uno le traspasó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua (Jn 19,32-34). Aquí está escondido un gran misterio. La sangre de la redención del mundo será conservada en la Eucaristía y el agua que nos hace hijos de Dios es la del Bautismo. Así nace la Iglesia como nueva Eva que sale del costado del nuevo Adán, mientras duerme en la cruz el sueño de la muerte y de cuyo corazón abierto brota toda la redención del mundo. Muere Cristo y nace la Iglesia, que continúa en el mundo su obra de salvación.

 

La muerte de Jesús marca el fin de la alianza antigua y el comienzo de un mundo nuevo. De una parte, con el último grito de Jesús, algo termina para siempre. Su vida temporal ya no volverá a comenzar jamás. Esta realidad irreversible le fascinaba a Péguy: “Felices los que lo vieron pasar por su pueblo; felices los que lo vieron caminar en esta tierra; los que lo vieron andar sobre el lago tempestuoso; felices los que lo vieron resucitar a Lázaro… Feliz Magdalena, feliz Verónica, Ustedes no son santas como las otras. Todos los santos han visto a Jesús sentado a la derecha del Padre, pero sólo Ustedes vieron ese cuerpo humano en nuestra común humanidad; solamente Ustedes lo han visto dos veces”

 

Los hechos que siguen inmediatamente a la muerte de Jesús, en las narraciones de Marcos y Mateo, muestran cómo se levanta sobre la humanidad el sol de la redención, cómo empieza la novedad más extraordinaria. El velo del templo se partió en dos de arriba abajo indicando que se cerraba el testamento viejo, la profesión de fe del centurión habla ya de los gentiles que llegan al Evangelio, los muertos que salen de los sepulcros anuncian la nueva condición gloriosa para la humanidad. Ahora la cruz, más que un misterio de sufrimiento, es un misterio de luz y de vida. El sufrimiento pasará, la luz durará para siempre. Hace dos mil años la cruz le abrió nuevos horizontes a un mundo decadente. También hoy la cruz debe mostrarnos el sentido de la vida, la fuerza del amor y la esperanza de la resurrección.

Medellín, 18 de abril de 2014

 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

Haga su búsqueda: