MISIÓN AL AIRE

EN LA EUCARISTÍA DE POSESIÓN CANÓNICA COMO ARZOBISPO DE MEDELLÍN

08 | 05 | 2010

EN LA EUCARISTÍA DE POSESIÓN CANÓNICA COMO ARZOBISPO DE MEDELLÍN

Medellín, 8 de mayo de 2010


Gn. 12,1-9; Sal. 22,1-6; Rm. 12,3-13; Lc, 10,1-9

Saludos y agradecimientos

Saludo muy cordialmente a Su Excelencia Mons. Aldo Cavalli. Por medio de Usted, Señor Nuncio, deseo manifestar mi comunión profunda, mi obediencia pronta y mi afecto sincero a Su Santidad Benedicto XVI; en Usted le expreso mi agradecimiento por su ministerio humilde, respetuoso y amable, por su luminoso magisterio, por sus decisiones valientes para guiar a la Iglesia y para servir a la humanidad en una hora llena de pruebas y de dolorosas dificultades. En esta adhesión a Cristo, a través del sucesor de Pedro, sé que aseguro sobre roca firme la fe y la unidad de esta Iglesia particular que hoy se me confía.

               Saludo a mis queridos hermanos en el episcopado. Agradezco vivamente la presencia de S.E. Mons. Rubén Salazar Gómez, presidente de la Conferencia Episcopal, y de los demás señores arzobispos y obispos que bondadosamente me acompañan en esta celebración; con su presencia y sus signos de fraternidad me hacen sentir la fuerza de la solidaridad colegial; me dirijo con especial aprecio a los obispos de esta Provincia Eclesiástica de Medellín y a los queridos obispos auxiliares que compartirán conmigo, de modo más cercano, la fatiga y la esperanza de la misión que hoy inicio.

Saludo con afectuoso respeto al Señor Gobernador de Antioquia, doctor Luís Alfredo Ramos Botero, a los señores parlamentarios, a las demás autoridades civiles, militares y de policía, a todos los dirigentes de la comunidad en el mundo de la empresa, de la academia y del servicio social. Su cercanía en esta hora, que agradezco de corazón, me hace sentir que en una solidaria y fecunda colaboración debemos trabajar por la concordia y el desarrollo de la sociedad en la que, con distintas y complementarias tareas, nos han situado los designios de Dios.

Saludo con afecto entrañable al Colegio de Consultores, al Capítulo de esta Catedral y a todos los demás presbíteros de la Arquidiócesis, mis próvidos colaboradores en el servicio de anunciar el Evangelio y de dispensar los tesoros de la gracia de Dios. Desde este primer encuentro, me alegro por el don del sacerdocio que han recibido del Señor, les agradezco la respuesta generosa que han dado y les hago un llamamiento cordial a la santidad. En esta fecha, aniversario del nacimiento del Santo Cura de Ars, les pido que, siguiendo la recomendación del Papa en el año sacerdotal que transcurre, guardemos para siempre en el alma el ejemplo impresionante de San Juan María Vianney. En tiempos agitados por el impacto de la Ilustración, él supo ser un testigo humilde y valiente de Dios, de su existencia, de su misericordia, de su poder salvador.

Saludo a los diáconos permanentes, a los religiosos y religiosas, a los seminaristas, a los miembros de distintos movimientos y asociaciones, a los consejos de pastoral, a las comunidades eclesiales, a los grupos apostólicos, a todos los fieles laicos. Me dirijo con un sentido reconocimiento a quienes han trabajado tanto para preparar esta solemne celebración y a los comunicadores que la transmiten a través de diversos medios. Saludo a cuantos forman esta familia de la Arquidiócesis de Medellín y con quienes compartiré el gozo y los compromisos de ser discípulos y misioneros del Señor. Saludo a quienes han venido, sacerdotes, religiosos y laicos, de la querida Diócesis de Sonsón-Rionegro; no podían faltar porque ciertamente necesito el apoyo de su oración y de su afecto en este paso exigente que hoy me pide la voluntad de Dios; sepan que ocuparán siempre un puesto privilegiado en mi corazón.

Mi saludo agradecido para todas las personas que han venido a acompañarme de la Arquidiócesis de Bogotá, de la Diócesis de Santa Rosa de Osos y de otros lugares del país. En ustedes veo también a tantos amigos que han orado por mí y que de diversas maneras me han hecho sentir su cercanía desde cuando se publicó mi nombramiento para esta Arquidiócesis. Saludo con inmenso afecto a mis hermanos, sobrinos y demás parientes; en ellos veo también a mis padres tan buenos y que viven ya en la casa de Dios. Sin la fe, sin el amor, sin la ayuda de mi familia, de mi pueblo natal, de mi diócesis de origen, ciertamente no estaría aquí dando este sí al Señor y a la Iglesia.

Hace unos instantes algunas personas se acercaron a saludarme en representación de toda esta Iglesia particular; ahora soy yo quien quiero abrazarlos a todos, los que están aquí presentes y también los que se unen espiritualmente o nos siguen a través de los medios de comunicación. Quisiera llegar a los hogares, a las instituciones, a los barrios y darles a todos, niños, jóvenes, enfermos, ancianos, un abrazo, que espero se haga concreto a lo largo de mi ministerio cuando me encuentre con el rostro de cada uno, con el brillo de sus ojos, con las aspiraciones más hondas de su corazón. Con palabras de San Pablo los saludo y les deseo a todos la gracia, la misericordia, la paz que provienen de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor.

Vengo en el nombre del Señor

Entro en esta catedral de dulces líneas arquitectónicas y de belleza perenne, signo tangible de la fe y de la grandeza de un pueblo, que hoy, como un hogar cálido, nos acoge en su deliciosa penumbra y nos ayuda a entrar en el misterio, como un enviado del Señor. No necesito presentarme, pues los textos bíblicos que se asignan para esta ocasión explicitan bien los procedimientos de Dios: elige, consagra, envía. Llego, pues, como Abraham, a esta tierra que el Señor me ha mostrado. Llego, también yo, guiado por el Señor que es el único pastor con quien nada me falta. Llego porque El me ha puesto en camino, ante la abundancia de la mies y la urgencia del Reino, para anunciar la buena noticia. Llego sin alforja, es decir, escaso de las cualidades y virtudes que exige este ministerio. Llego sin sandalias ni bastón, esto significa, sin un plan prefabricado, sin un proyecto propio, porque el proyecto ya existe, es el Evangelio. Llego dócil y libre a tratar de descubrir y hacer con ustedes la voluntad de Dios.

 

Llego como sucesor de los apóstoles. Ahí está la importancia de este momento porque, como explica el Papa Benedicto XVI, "mediante la sucesión apostólica es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los apóstoles y de sus sucesores es Él quien nos habla; mediante sus manos es Él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios. Y también hoy, como al inicio, Cristo mismo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que seguimos con gran confianza, gratitud y alegría" (10-V-2006).

No puedo detenerme, me dice el Evangelio, a esperar elogios y aplausos y tampoco puedo temer a los lobos de la oposición o de la impopularidad. La cosecha se pierde, los obreros son pocos, la llegada del Reino apremia; hay que estar definido y pronto para la misión. He tratado siempre de ir por la vida como un cristiano que se sabe peregrino. Nunca he sido yo quien ha tomado la iniciativa, ha sido el Señor quien me ha conducido, marcándome el tiempo y el lugar. Y debo confesar con estremecido agradecimiento que las exigencias de mi corazón, siempre hambriento de libertad y de felicidad, no han dejado de encontrar en la bondadosa paternidad de Dios la plena satisfacción de todo aquello para lo que he nacido.

Aquí estoy, entonces, esta mañana, para decir otra vez mi sí al Señor, mi sí al misterio divino de salvación que en el presente entraña ya el futuro, mi sí a esta Iglesia de Medellín que me acoge y que va haciendo su camino entre las pruebas de la vida y las consolaciones de Dios. Quiero decir un sí iluminado por la fe, marcado por el respeto a las personas y a los procesos vividos, sanado por la esperanza del natural temor que impone la consciencia de la responsabilidad que se asume. Así vengo a ustedes, queridos hermanos y hermanas, en el nombre del Señor. No tengo otras credenciales. No dejo de sentir la desproporción entre mis pobres fuerzas y la misión que se me encomienda. Quiero simplemente permitir que la gracia teja la trama de un ministerio con los hilos de la libertad y de la flaqueza humana; así, en la pequeñez del hombre, refulgirá más la grandeza de Dios.

 Quiero amar sobre todas las cosas a Dios, a quien cierta cultura actual pretende hacernos creer que no se necesita. Quiero servir a la Iglesia a la que Dios mismo ama a pesar de sus pecados. Quiero evangelizar este mundo dramático y apasionante en el que debemos realizar la aventura indispensable del bien, de la verdad, de la libertad y del amor. Quiero buscar y anunciar con pasión el Reino de Dios como el gran proyecto de la historia, como la única realidad por la que vale la pena vivir y morir.

No ignoro las dificultades y aun los sufrimientos que me esperan. El Señor mismo ha advertido que la embajada no será fácil, pues sus enviados van como corderos en medio de lobos y la misión debe realizarse con prontitud y sin seguridades humanas. Para asumir el ministerio que se me confía, le pido a Dios que me dé corazón de padre sin dejar cada día de sentirme hijo; que me ayude a ser maestro sabiendo que debo ser condiscípulo de todos los que siguen al Señor; que acierte a gobernar dejándome conducir yo primero por Cristo buen Pastor; que pueda repartir a todos los tesoros de la sabiduría y de la gracia, porque en la fila en que se reciben esos dones soy el primer mendigo. Mi servicio no puede nacer sino de la contemplación de Jesucristo, de la obediencia al Padre, de la docilidad al Espíritu. Sólo así podré darles el Dios que necesitan, el Cristo que salva, el Espíritu de amor que da vida.

 

Una Iglesia ampliamente bendecida por Dios

La Arquidiócesis a la que hoy llego es conocida por su patrimonio espiritual y por sus posibilidades pastorales. Tiene una trayectoria eclesial significativa e importante. Ha puesto en marcha realizaciones sociales, culturales y misioneras que aportan vida incluso más allá de sus fronteras. Ha sido trabajada, bajo muchos soles, por ilustres obispos, virtuosos sacerdotes, ejemplares religiosos y numerosos apóstoles laicos. Llena de admiración el camino recorrido desde el primer obispo, Mons. Valerio Antonio Jiménez, hasta Mons. Alberto Giraldo Jaramillo, a quien no es posible no recordar por su testimonio límpido de pastor, por su generosa entrega a los fieles, por la sabiduría de su enseñanza, por su corazón de padre, por su compromiso con la causa de la paz, por los valiosos servicios prestados a la Iglesia en Colombia.

Esta Arquidiócesis está conformada, en su mayoría, por personas honestas y emprendedoras que a lo largo de la historia han encontrado en la fe cristiana los mejores valores para superar las pruebas y para configurar la identidad y la fibra de la raza. Más aun, es una Iglesia, con una tradición de santos y de cristianos esclarecidos. Imposible no recordar y no dar gracias al Señor por la Beata Laura Montoya y por los Siervos de Dios cuyo proceso de canonización se adelanta; estoy seguro que, desde el cielo, ellos se unen a nosotros en esta hora e interceden por el obispo que inicia su ministerio. En su conjunto, es una comunidad que, bajo todos los aspectos, aparece amorosamente bendecida por Dios. Ante esta realidad, recordando el pasado con gratitud, asumiendo el presente con pasión y abriéndome al futuro con confianza, adoro los inescrutables designios de Dios.

Pero, a la vez, soy consciente de que la Arquidiócesis debe cumplir su misión en una sociedad que no pocas veces tolera impasible el hambre de los pobres, que no tiene coberturas sociales justas para todos, que vive una emergencia educativa porque no logra transmitir debidamente a la libertad de las nuevas generaciones los valores que les pueden ayudar a tener una vida armoniosa y feliz, que no siempre consigue crear un clima propicio para que las familias sean una escuela en la que se aprende el arte de amar, que no supera aún las fuerzas nefastas del egoísmo, la violencia y la codicia que enfrentan hermanos contra hermanos, que con frecuencia no respeta la dignidad y los derechos de los niños, de las mujeres y de los indefensos, que sufre las consecuencias del desempleo, el desplazamiento, el narcotráfico y la criminalidad, que ve removidos sus cimientos éticos con grave detrimento para la verdad y la libertad, que permite una cultura de la superficialidad que atrofia las mejores posibilidades de las personas, que no encuentra horizontes claros para conducir su proceso histórico hacia un desarrollo integral, equitativo y sostenible.

De otra parte, llego a esta Arquidiócesis en un momento en que todos venimos sufriendo los zarpazos del secularismo y la presión de una cultura de corte laicista, que se va difundiendo en una sociedad mediática y globalizada. No pocos luchan por expulsar valores fundamentales de la vida pública, por entronizar la dictadura del relativismo y por vivir como si Dios no existiera, olvidando que una cultura sin Dios, se encamina hacia la abolición de lo humano y deja al hombre sin respuestas sobre su origen, su misión y la meta que da sentido a su existencia. La historia y la experiencia certifican que la proclamación de la muerte de Dios, supone la muerte del hombre.

Por eso, lo primero que necesitamos con urgencia es volver a Dios. Tenemos que dar un cambio ético radical, salir del egoísmo y entrar en la lógica del don y de la solidaridad. Debemos crecer en el respeto a la dignidad de la persona humana, empeñarnos cada día en construir la paz familiar y social. Digámoslo claramente: necesitamos reconocernos pecadores, buscar el perdón y reiniciar el camino del bien y de la verdad. San Juan Crisóstomo decía con su acostumbrada claridad: “Necesitamos confesar nuestros pecados y derramar muchas lágrimas, porque estamos pecando sin remordimiento, porque nuestros pecados son grandes” (Hom. S.Mateo, XIV).

Hay un modo privilegiado de entrar en la verdad y en el amor. La verdad y el amor no son un espejismo. La verdad y el amor existen, se han hecho carne en Cristo. Por tanto, el modelo Cristo no está superado y sigue siendo necesario y actual cumplir su encargo de ir a anunciar que el Reino de Dios ha llegado. Hoy, el Reino de Dios, único proyecto y absoluto de Jesús, no parece interesar a muchos y, sin embargo, es indispensable que el Reino de Dios sea una realidad en nuestro mundo. La experiencia nos ha mostrado que no nos hace bien el reino del egoísmo, de la codicia, de la injusticia, de la violencia, de la mentira. Queremos el Reino de Dios, porque cuando Dios llega a una persona o a una sociedad se abre necesariamente un horizonte de libertad, de justicia, de fraternidad y de alegría. No debemos temer la oposición al Reino, que constituye el trasfondo del texto evangélico que hemos leído y que se expresa en las imágenes del lobo, de la urgencia y del desprendimiento con que debe enfrentarse el apóstol.

Las dificultades, por el contrario, deben acrecer la intrepidez porque, a tiempos recios, Evangelio sin glosas. Anunciar y vivir el Evangelio que la Iglesia ha recibido de Cristo es la revolución siempre nueva, es la tarea siempre pendiente en cada generación de la humanidad. Pero la evangelización hoy no se puede quedar en una exposición teórica o en una denuncia sesgada que al fin lleva a la amargura y a la esterilidad. La evangelización debe ser un proceso de seguimiento de Cristo, en el que con la gracia del Espíritu Santo se llegue a la experiencia de la paternidad de Dios, a fin de que se produzca un acto de conversión permanente, una fraternidad vivida en comunidad, una fe madura que lucha en el mundo el advenimiento del Reino de Dios. A tiempos recios, Evangelio sin glosas.

A esto apunta la Misión Continental que está caminando en América Latina y en la Arquidiócesis. Sin una sólida formación cristiana no tendremos criterios suficientes para orientarnos en el ambiente cultural de hoy y podemos ser víctimas de una confusión cada vez más extendida sobre la verdad y el bien, sobre el amor y la vida. Sin una evangelización, a la vez, sencilla y de fondo la Iglesia no llegará a la identidad, a la purificación, a la comunión y a la audacia apostólica que necesita en estos momentos. Sin una proclamación gozosa del Reino de Dios no entraremos al futuro, porque el futuro será del que pueda dar sentido para vivir, fortaleza para cumplir una misión, amor para caminar juntos y esperanza para trascender la historia.

Un llamado a la esperanza

El texto evangélico que hemos proclamado, continúa presentando el resultado del envío (cf 17-20). No todo es oposición y dificultad: el Reino de Dios es una realidad posible en nuestro mundo. Los apóstoles regresan de la misión irradiando felicidad ante la actuación de Dios en la humanidad. En efecto, el Reino de Dios es como una pequeña semilla que luego da origen a un árbol tan grande en el que pueden encontrar cobijo los pájaros del cielo, es como una levadura inquieta que va fermentando todo, es como una planta que crece y fructifica aun sin la intervención humana, es como un tesoro que cuando se lo encuentra hace saltar de alegría el corazón.

Hoy se abre una etapa nueva en esta Iglesia particular de Medellín. Los invito a todos, hermanas y hermanos, a comenzar este tramo del camino con una ilusión renovada en el alma, con una confianza fresca fundada sólo en el poder y el amor de Dios, con el espíritu de Pascua que, como dice San Pedro, nos ha hecho nacer otra vez para una esperanza viva (cf 1 Pe 1,3). Motivos para temer existen; pero Jesucristo es el Señor y nos asegura: "Soy yo, no tengan miedo" (Jn 6,20). Sabiendo entonces que "en todo vencemos por aquel que nos ha amado" (Rom 8,37), redoblemos los esfuerzos y sigamos bogando mar adentro, seguros de que la barca alcanzará la otra orilla.

La victoria será de Dios. No será de una sociedad, cuarteada en su estructura de valores y herida en sus cimientos morales. La victoria será de Dios que, en Jesucristo, hizo aparecer una nueva raza sobre la tierra: la estirpe de sus hijos, llamados a la felicidad, capaces de ser libres, predestinados a la gloria. La victoria será de Dios que por su Espíritu ha derramado su amor en nuestros corazones. Por eso, desde este primer día de mi ministerio en Medellín, les pido: abrámonos a Dios, dejémonos amar por Él, que su amor sea más fuerte que todas nuestras debilidades, que con su amor desaparezcan los odios y las perversidades, que su amor modele el rostro espiritual de nuestra comunidad diocesana, que venga su Reino y que su amor no pase jamás.

Pongamos, queridos hermanos y hermanas, nuestra Iglesia de Medellín y el ministerio episcopal que se me ha confiado, en el regazo de Nuestra Señora de la Candelaria, nuestra madre y patrona. Ella, que engendró a Cristo y lo cuidó con inefable amor nos sostenga en la fe y acompañe la fatiga y la esperanza de nuestros trabajos apostólicos, para que logremos engendrar en el mundo la vida nueva del Evangelio. Amén.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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