MISIÓN AL AIRE

EN LA ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS

19 | 11 | 2011

EN LA ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS

Medellín, 19 de noviembre de 2011

Num 3,5-9; Heb 5,1-10; Lc 22,14-20.24-30

Saludo muy cordialmente a S.E. Mons. Marc Stenger, Obispo de Trois, a los sacerdotes y laicos que con él han venido para hacernos sentir la fuerza y la alegría de la fraternidad que une a nuestras Iglesias; en nombre de toda la Arquidiócesis de Medellín les expreso la más cordial acogida y el sincero agradecimiento por su presencia en esta hora en que agrademos los nuevos presbíteros que nos da el Señor. Saludo con profundo afecto a los Señores Obispos presentes, a los Vicarios y a todos los Sacerdotes de la Arquidiócesis, mientras les pido que vivamos juntos el gozo de estas ordenaciones que rememora y actualiza la gracia que nos ha hecho dispensadores de los misterios de Dios. Mi saludo fraterno para el Padre Provincial y demás Sacerdotes Palotinos que han sentido que la universalidad del apostolado y de la eclesialidad de su carisma religioso les pedía que la ordenación de su primer sacerdote colombiano tuviera como contexto la comunión y la fraternidad de esta solemne celebración diocesana.

Quiero dirigirme de modo especial a los formadores de los seminarios; en nombre de la Iglesia les agradezco sus esfuerzos y desvelos para llegar a esta fecunda cosecha sacerdotal. Acojo con gozo y gratitud a los padres, familiares y amigos de los diáconos que van a ser ordenados, en ellos Ustedes nos dan lo más querido de su corazón, en ellos Ustedes subirán cada día al altar del Señor. Saludo a los seminaristas y a los jóvenes aquí presentes y les pido que abran bien los ojos para ver en esta mañana feliz las maravillas que hace Dios. Los saludo a todos Uds. queridos hermanos y hermanos aquí reunidos, que con su oración, su amor, sus ofrendas han ayudado a que llegara este día. A los que ordenaré presbíteros no tengo que saludarlos; ellos saben cómo están profundamente unidos a mí en este misterio que nos llena el alma.

Los invito a detenernos en una fugaz meditación sobre el sacerdocio de Cristo. Hay una primera y fundamental participación en el sacerdocio de Cristo por el sacramento del Bautismo. El Concilio Vaticano II enseña: “Los bautizados por la regeneración y unción del Espíritu Santo son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo, para que por medio de sus obras cristianas, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (LG, 10). Nuestra condición de bautizados nos consagra para entregar al Padre la ofrenda de nuestra vida, dada la particular vinculación que tenemos con Cristo. Con él, nosotros somos responsables delante del Padre de toda la humanidad. Ser ofrendas vivas, santas, agradables a Dios, como pide el apóstol Pedro (cf 1 Pe 3,15), tiene una fecundidad divina y eterna para todos los hombres de la tierra porque es expresión del amor de Cristo, que nos ha tomado con él.

Existe también una segunda forma de participar en el sacerdocio de Cristo. Por el sacramento del Orden se consagra un bautizado a fin de que pueda transformar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor. El que recibe el sacramento del Orden, por recibirlo, no es más que los otros, no es más santo que los demás cristianos, aunque tiene una mayor exigencia de santidad; él simplemente, por pura gracia, es escogido por Cristo que lo une de una manera particular a su misterio, para que sea su representante en la ofrenda del sacrificio eucarístico. De hecho, sin el sacerdocio ministerial no hay Eucaristía. Es esto lo que hacía temblar a San Agustín quien, maravillado por el don de Dios, se preguntaba por qué Dios les da a unos pobres hombres el poder de consagrar el Cuerpo de Cristo.

El presbítero no es más inteligente, ni más fuerte, ni más santo, pero es el hombre que Dios nos da para tener la Eucaristía, es aquel de quien Jesús se sirve para hacerse presente. El Concilio Vaticano II nos dice: “Aquel que recibe el sacerdocio ministerial goza de un poder sagrado para formar y conducir el pueblo sacerdotal y para realizar, en la persona de Cristo, el sacrificio eucarístico y ofrecerlo a Dios en nombre del todo el pueblo” (LG, 10). El sacerdote a pesar de sus pobrezas, no obstante sus miserias, es quien Jesús ha escogido para ser ministro de este misterio. Es la Eucaristía la que nos da el sentido del sacerdocio ministerial. El sacerdocio es un poder para servir, para dar la vida. El que celebra la Eucaristía no puede quedarse sin entregar su vida.

El sacrificio de la Cruz, bajo una forma sacramental, se actualiza en el misterio de la Eucaristía. El sacrificio de la Cruz es eterno y, por lo mismo, actual. Leemos en la carta a los Hebreos: “Es por un Espíritu eterno que Jesús se ha ofrecido él mismo al Padre” (Heb 9,14). La realización del sacrificio en el Calvario ha tenido lugar una vez por todas. Pero el amor por el cual Cristo se entrega al Padre, porque es el amor del Hijo, es un amor para siempre, y la Eucaristía es su signo sacramental. Temporalmente, la Eucaristía es anterior a la Cruz. Jesús la ha instituido antes de su muerte para que los apóstoles la vivan como una ofrenda de amor. La Eucaristía no es simplemente un acto litúrgico, sino el sacrificio que Cristo hace de sí mismo entregando su cuerpo, derramando su sangre por amor. Y porque este sacrificio es eterno, Jesús pide a sus apóstoles que bajo el signo del pan y del vino hagan su memoria. El acto propio del sacerdote es consagrar la Eucaristía para ofrecer al Padre sacramentalmente el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero el sacerdote no puede hacer este gesto sin ofrecerse con Cristo al Padre.

“Hagan esto en memoria mía”. Es en la acción de consagrar la Eucaristía cuando opera el sacramento del Orden para hacer lo que Cristo ha hecho. El sacerdote, al comulgar, es el primer fiel, el primero que profesa la fe en las palabras de Jesús, el primero que se deja transformar en ofrenda por el misterio eucarístico. Ofrecerse es una obra exigente que realiza el artista del amor  que es el Espíritu Santo. El Espíritu nos lleva a ser ofrenda viviente, substancial. Así el amor divino se realiza y se encarna en la ofrenda de nuestra vida, de nuestro cuerpo, de nuestro tiempo, de nuestra energía. Gracias al pan y al vino, el amor divino que es todo interior no pierde su realismo. Hacer la memoria, en la intención de Jesús, no es un simple recuerdo. Es en la fe, la experiencia divina de la realidad de la presencia actual de Cristo en su amor entregado por el Padre y por nosotros; es el culmen de la entrega de la vida en el amor. La Eucaristía es la ofrenda con Cristo de nuestra vida, tal como el amor divino la reclama.

En el momento en que Jesús es entregado, aparentemente no hace nada, como el cordero llevado al matadero que describió Isaías. Pero fue allí cuando tomó el pan. Desde dentro de lo que padece, brota la iniciativa de ofrecerse él mismo por amor. La cruz es sufrimiento, pero es sobre todo amor. La Eucaristía es la fuente viva del amor; cuando nosotros no podamos más, cuando seamos entregados por nuestros hermanos, rechazados a causa de su egoísmo, de sus celos, de su soberbia, entremos en este gesto de Jesús por nosotros. El toma el pan, da gracias, lo parte y dice: “Este es mi cuerpo entregado por Ustedes”. Ahí está el realismo de este don. En la entrega él se ofrece todo entero en el amor para darnos su corazón traspasado, fuente viva de todo amor, más fuerte que todas las muertes. Y la Iglesia guarda en su tradición lo que Jesús ha instituido y que se transmite a través de las generaciones por la sucesión apostólica. Los Apóstoles han ordenado a sus sucesores y les han transmitido el poder de ordenar. Esto es lo que vivimos en una ordenación sacerdotal: la transmisión del poder dado por Jesús a los que son ordenados. El poder del amor, para renovar desde dentro todas las cosas aun en medio del dolor y del fracaso.

Después de este misterio, si seguimos el Evangelio de Juan, Jesús nos da el mandamiento nuevo del amor, nos anuncia el envío del Espíritu Santo, se define como la vid en la que podemos tener vida y fruto y alegría. Luego dice a los Apóstoles: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Yo no los llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, yo los llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre, yo se los he dado a conocer” (Jn 15,14-15). Este paso de servidor a amigo es el que acontece en la elección al sacerdocio ministerial. Dando el poder de realizar la ofrenda que él hace de sí mismo en el sacrificio eucarístico, Jesús invita a sus Apóstoles a entrar en el secreto mismo de su amor. El es el Hijo muy amado del Padre y él elige a sus Apóstoles con el mismo amor con que él fue amado por el Padre. Luego, revela hasta dónde llega este amor: “Ninguno tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). De la misma manera que Jesús ha entrado en el amor del Padre, entregándose, de la misma manera los Apóstoles responden a una elección de amor dando la vida en el amor. Realizando los gestos de Cristo, entrando en su última intención, se es verdaderamente su amigo. Por eso, el sacerdote es invitado en primer lugar a dejarse transformar por el corazón de Cristo para que su vida se conforme con el misterio que celebra: la ofrenda que Cristo hace en el amor del Padre. Esto hacía decir al santo Cura de Ars: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.

Por eso, el sacramento del Orden imprime un carácter indeleble, una marca en el alma que vincula a Cristo de manera indefectible. Un sacerdote aunque deje el ministerio no puede suprimir esta predilección de amor, no puede borrar esta elección particular que le ha hecho Cristo. Un sacerdote no puede no ser sacerdote. Puede no ejercer pero la elección de Cristo, el carácter sacerdotal siempre le marcará el ser. Habiendo sido llamado a hacer la memoria del Señor, el gesto personal por el que Cristo se ofrece en el amor, el sacerdote está marcado para comprender que su vida es una sacrificio de amor por sus hermanos. Es por esto por lo que el sacerdocio implica un llamamiento específico de Dios, una elección de Dios. No es alguien que se inventa a sí mismo porque quiere cumplir unas funciones. Es uno que Cristo ha escogido y marcado en su alma y en toda su persona, diciéndole: Yo te he escogido como amigo y yo te invito de una manera particular a ser el primero en el amor, a dar tu vida por los hermanos.

Por esto el sacerdote, como harán ahora los nuevos presbíteros, se compromete a vivir en la oración, en la obediencia, en el celibato, en la caridad apostólica. No se trata de una disciplina moral, es la vida en espíritu de amor, es la ofrenda gozosa de la existencia que se hace en la Eucaristía y que marca la inteligencia, el corazón, la persona toda. La vida del sacerdote tiene que ser una ofrenda de amor en el seguimiento de Cristo. Él está llamado a dar su vida de un modo particular porque Jesús lo ha hecho su amigo y no sólo un siervo que cumple unos ritos. Lo ha hecho amigo para que a través de sus palabras, de sus manos, de su corazón, pase el amor con que él se entrega eternamente.

Queridos diáconos vean cómo el realismo del sacerdocio viene del realismo de la Eucaristía. Ustedes quedan consagrados para la entrega, para la ofrenda, para el amor. Esto es preciso expresarlo en el acompañamiento fiel de las personas que el Señor les confía, en el servicio a todos y especialmente a los más pobres, en la fidelidad a la Iglesia dentro de la cual son ordenados, en la más completa disponibilidad misionera. Entonces serán los amigos de Cristo. Le pido a la Santísima Virgen, en cuyas santas entrañas fue consagrado para el amor el Sumo y eterno Sacerdote, que los acompañe a lo largo de su ministerio con su ejemplo de fe y de humildad y que los proteja con su intercesión poderosa y materna para que sean siempre los amigos de Cristo, los que aman hasta el extremo, los sacerdotes consagrados y marcados para la eternidad.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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