MISIÓN AL AIRE

VOLVAMOS AL CENÁCULO

26 | 05 | 2014

Gracias a la revelación cristiana, nosotros podemos experimentar a Dios como una realidad cercana y nuestra, no obstante su trascendencia. Lo sentimos como Aquel que es omnipotente y omnisciente, que nos supera con su grandeza. Lo sentimos también como Aquel que está junto a nosotros, que camina y vive a nuestro lado. Lo sentimos, finalmente, como Aquel que está dentro de nosotros y nos habla al corazón. Dicho de otro modo, pensamos en Dios desde la triple forma de subsistencia que encontramos en la Santísima Trinidad: el Padre que nos trasciende, el Hijo que se ha hecho uno de nosotros y el Espíritu Santo que es nuestro maestro interior.

Lo que podemos saber e intuir de este misterio inefable y lo que podemos conocer con relación a nuestra salvación lo debemos al Espíritu Santo que nos lleva a la verdad plena (Jn 16,13). En efecto, es en el poder del Espíritu como Dios perdona nuestros pecados y nos da la nueva vida mediante el Bautismo. Jesús le dijo a Nicodemo: “En verdad te digo, el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). Él nos hace gustar nuestra condición filial: “El Espíritu mismo atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rm 8,16).

Gracias al Espíritu Santo nosotros podemos entrar en la Verdad que es Cristo. El Espíritu no tiene doctrina propia, sino que nos recuerda continuamente todas las cosas que Jesús nos ha enseñado (cf Jn 14,26), pero lo hace de un modo interior, profundo, iluminador, actual. Por su acción, la Palabra de Dios nos resulta siempre nueva y apropiada a nosotros, porque nos guía a través de sus dones: el de ciencia que permite ir de las cosas al Creador, el de entendimiento que lleva a intuir de modo sobrenatural las verdades de la fe, el de sabiduría que hace gustar el amor de Dios, el de consejo que ilumina para comprender el proyecto divino sobre nosotros.

El Espíritu Santo es quien ora en nosotros y con nosotros. Nuestra oración se queda vacía si no oramos “en Espíritu y en Verdad” (Jn 4,23). Él hace de nuestra oración un acto filial, ya que “viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). Por último, es el Espíritu Santo el que nos permite ser Iglesia, hace de todos nosotros los miembros del único Cuerpo de Cristo, construyendo, a pesar de nuestras diferencias, la unidad. Este es el gran milagro de Pentecostés: unir y hacer crecer la Iglesia como signo e instrumento de salvación para todos los hombres.

Quiero, entonces, invitarlos a todos a vivir con fe y entusiasmo la próxima celebración de Pentecostés con la que culminamos el tiempo pascual. Espero que esa gran solemnidad sea preparada con una buena catequesis y con espacios de oración. Concretamente, pido que en todas las parroquias se tenga la víspera de Pentecostés una vigilia en la que pidamos la ayuda del Espíritu para responder al designio que Dios tiene sobre cada uno de nosotros y sobre nuestra Iglesia particular. Pidamos, especialmente la unidad y la fuerza que necesitamos para comprometernos con la nueva evangelización.

De otra parte, convoco a todos los grupos apostólicos, los grupos de oración, las pequeñas comunidades a la gran Jornada de preparación para Pentecostés, que tendremos el 2 de junio en el Centro “La Macarena” a partir de las 11.00 a.m. “Volvamos al Cenáculo” es el lema con el que queremos hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de la persona y de obra del Espíritu Santo en nuestra vida y en nuestra Arquidiócesis de Medellín, para estar bajo el señorío de Cristo, para vivir la alegría indecible de ser hijos de Dios y para ser una Iglesia unida y misionera. 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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