MISIÓN AL AIRE

PURIFICAR LA SEMANA SANTA

07 | 04 | 2014

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Para tantos, infortunadamente, es sólo un tiempo de vacaciones o diversión. Sin embargo, también somos muchos los que queremos aprovechar estos días como una oportunidad única para acercarnos a Cristo y aprender de él a vivir. De otra parte, debemos considerar que tenemos múltiples circunstancias favorables para realizar un trabajo serio de evangelización, para proponer una sólida espiritualidad y, sobre todo, para difundir las gracias de la celebración de los acontecimientos de nuestra redención.

La Semana Santa se estructura en dos partes: del Domingo de Ramos a la mañana del Jueves Santo y desde la Misa en la Cena del Señor hasta el Domingo de Pascua. En la celebración de esta semana que ha calado tan hondo en el pueblo, podemos descubrir como cinco vetas, que se fueron configurando en distintas épocas. En primer lugar, está el núcleo sacramental, que corresponde a la Noche Pascual, preparada por el Triduo para vivir “el día en que actuó el Señor”.  Es la celebración propiamente dicha de la Pascua a partir de los dos grandes sacramentos del Bautismo y la Eucaristía y a la que nos prepara el tiempo de Cuaresma, que es prácticamente un itinerario catecumenal.

Después descubrimos una veta sicológica, expresada en las representaciones de los hechos históricos, como la procesión de ramos del Domingo de la Pasión, el lavatorio de los pies el Jueves Santo y la adoración de la Cruz el Viernes Santo. Son como los únicos elementos dramáticos que han entrado a la liturgia oficial y que mantienen su sello popular. Después, podemos ver la veta funcional, o ritos preparatorios de algunas celebraciones, como la bendición de los ramos, el altar de la reserva eucarística el Jueves Santo, que no siempre se integran adecuadamente en las grandes acciones litúrgicas.

En cuarto lugar, está la veta tan conocida de la piedad popular, que se manifiesta en la superposición de actos piadosos como procesiones, visitas al “monumento”, hora santa, sermón de las siete palabras, viacrucis, visitas al santo sepulcro.  Cuando el pueblo no podía seguir la liturgia porque era en latín, para vivir de alguna manera el misterio y para ocupar los espacios libres se multiplicaron  estos actos piadosos. Finalmente, en los últimos años, se ha ido configurando la veta cultural y turística añadiendo conciertos, representaciones dramáticas, muestras de arte y actos recreativos.

Es bueno tener presentes estas capas que se han venido sobreponiendo a la celebración del Misterio Pascual para que sepamos distinguir lo esencial y celebrar convenientemente la con razón llamada “Semana Mayor”. Tenemos que purificar la Semana Santa. No podemos quedarnos en cosas exteriores como arreglos y adornos, no  podemos dar prioridad a lo secundario y emotivo. Es necesario aprovechar esta escuela de vida nueva que es esta Semana para tener un verdadero encuentro con Cristo, escuchando su Palabra, celebrando con unción la liturgia, aprovechando la gracia de los sacramentos, viviendo la fraternidad y la caridad con todos y especialmente con los pobres.

Una Semana Santa bien celebrada tendría que ayudar verdaderamente a que baje la violencia en nuestra sociedad, a que crezca la decisión de compartir los bienes que tenemos, a que se renueve la vida de los hogares y a que se difunda la sólida espiritualidad que todos estamos necesitando con urgencia. Así la Semana Santa nos llevará a todos, y especialmente a los sacerdotes, según la experiencia de San Pablo a "conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta hacernos semejantes a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Fil 3,10-11).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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