MISIÓN AL AIRE

CUARESMA, CAMINO HACIA LA VIDA

17 | 03 | 2014

La Cuaresma nos invita, tras las huellas de Jesús, a una transformación profunda de nuestro ser. Tanto la purificación interior que él vivió en el desierto, cuando fue tentado, como la transfiguración, que anunció la luz y la gloria de la Pascua, marcan el clima de vida nueva y de resurrección que ilumina este tiempo litúrgico. Estamos llamados, ante todo, a llegar a tener una conciencia más viva de que somos hijos de Dios, profundamente amados por él. Este amor no se da por nuestros méritos sino por la misma bondad de Dios, este amor nos libera de toda esclavitud y pecado, este amor nos une a todos porque todos participamos de este mismo influjo vital.

El camino cuaresmal nos lleva, por tanto, a encontrarnos directamente con Dios y con su proyecto sobre nosotros; a sentir la alegría de saber que hemos sido elegidos en Cristo y predestinados a su misma gloria. Cuando se intensifica esta experiencia cristiana, nuestro ser y nuestras relaciones son impulsados, imperceptiblemente, a mejorarse y enriquecerse. Recibir y vivir la buena noticia que nos ha traído y se ha realizado en Jesús nos hace crecer en humanidad. Sentimos un anhelo profundo de comprometernos en nuestra propia transformación y de encarnar en actitudes cotidianas de justicia y solidaridad la certeza de que todos somos portadores de una misma fuerza divina.

Por eso, a este llamamiento de la Cuaresma se integra estupendamente la “Semana por la Vida” que, como preparación a la fiesta de la Anunciación del Señor, se realiza en nuestra Arquidiócesis. Todos sabemos que la vida está amenazada. El relativismo para el que nada es definitivo y permanente, el utilitarismo que todo lo juzga por la conveniencia del momento, el egoísmo que valora como bueno sólo lo que agrada y satisface, se conjuran permanentemente contra la vida. De igual modo, le tienden trampas a la vida la superficialidad y la frivolidad, que con frecuencia nos llevan al vacío y a la frustración. Así se llega al aborto, la eutanasia, la manipulación genética, el suicidio y la violencia en todas sus formas.

Ante esta realidad,  la Iglesia hace “una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana” (EV 5). Más aún, los cristianos, como pueblo de la vida, estamos llamados a crear una cultura de la vida. En este sentido, debemos descubrir cada día el valor de la vida como un don, como una oportunidad, como un proyecto; debemos agradecer a Dios la vida que nos ha participado y que nos ha revelado de un modo pleno en Cristo; debemos invocar la protección de Dios sobre cada ser humano llamado a la existencia; debemos anunciar el Evangelio de la Vida, como aprendemos en cada Eucaristía, entregando la propia existencia por los demás.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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