MISIÓN AL AIRE

NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA

27 | 01 | 2014

Puede decirse que la devoción a Nuestra Señora de la Candelaria es muy antigua, pues hay vestigios de ella, ya desde el siglo IV, en Jerusalén. Se sabe que en el siglo VI se honraba a la Santísima Virgen, en el misterio de la purificación, con una fiesta especial en Constantinopla. Luego, encontramos esta advocación en la isla canaria de Tenerife, a partir del año 1393, cuando entró con fuerza en la devoción popular española. Los marinos la adoptaron por patrona y, por consiguiente, llegó y se extendido su culto en varios países de América, especialmente durante la época de la conquista y la colonia.

 

La historia de Medellín, desde sus orígenes, está profundamente vinculada con esta advocación mariana. En efecto, cuando fue fundada la ciudad, el 2 de noviembre de 1640, recibe el nombre de Villa Nueva del Valle de Aburrá de Nuestra Señora de la Candelaria; nombre que, en la consolidación definitiva de la ciudad el 2 de noviembre de 1675, se cambió en Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín. Desde entonces, bajo esta advocación, se ha suplicado la protección de la Virgen sobre Medellín. Su imagen aparece tanto en el escudo de la ciudad como en el de la Arquidiócesis.

 

La misma iconografía nos muestra que, con este título, se quiere honrar a la María en su participación en el misterio de la Presentación del Señor, cuando Simeón proclama a Cristo “luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel” y a ella le anuncia la eminente cooperación que tendrá en la obra redentora. Por eso, aparece entre las columnas del templo, con el Hijo entre sus brazos, llevando el par de palomas que entonces ofreció y con la candela encendida que significa la identidad del que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Como la mujer descrita en el Apocalipsis, está coronada de estrellas y con la luna bajo sus pies (cf Lc 2,22-32; Jn 1,9; Ap 12,1).

 

El drama de la historia es que Dios envió la Luz al mundo y el mundo no la recibió (cf Jn 1,11). Al celebrar, el próximo 2 de febrero, la solemnidad de la Presentación del Señor y honrar ese día a la Santísima Virgen María como nuestra Patrona en la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria, aprendamos de ella a recibir la luz que es Cristo. Luz que le da sentido a nuestra vida, luz que esclarece las fronteras entre el bien y el mal, luz que nos guía a través de las vicisitudes de la vida, luz que nos hace ver todo lo que nos une y nos hace responsables de los demás, luz que nos proyecta a la eternidad.

 

Acompañados por María, que entrega la Luz al mundo y que es tan querida por nuestro pueblo, en Medellín podríamos llegar a tener paz. La necesitamos, la estamos buscando, hemos hecho esfuerzos por construirla, pero todavía sufrimos muchas formas de violencia y no logramos superar las causas que la producen. Esta celebración debemos aprovecharla como una oportunidad para recordar algunas lecciones concretas y esenciales del Evangelio que nos urge aprender: valorar toda vida humana, respetar la dignidad de cada persona, compartir lo que tenemos para remediar el mal intolerable de la inequidad, perdonar las ofensas para que no se prolongue la espiral del odio, vivir la alegría de la fraternidad.

 

De otra parte, también siguiendo el ejemplo y contando con la intercesión de Nuestra Señora, nos urge crecer en la fe cristiana. Es decir, asumir con decisión y coherencia esa forma de vida que nos relaciona filialmente con Dios; que nos pone cada día en un proceso de creación personal, es decir, de santidad; que nos compromete con la construcción de una sociedad más justa y más humana; que nos hace capaces de experimentar aun en los momentos de tribulación el amor de Dios; que nos lleva a ser misioneros creativos e incansables de la posibilidad que tiene toda persona, a partir de la Resurrección del Señor, de ser libre y feliz.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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