MISIÓN AL AIRE

SANTA LAURA MONTOYA

06 | 05 | 2013

Como bien sabemos, el próximo 12 de mayo el Papa Francisco canonizará en Roma a la beata Laura Montoya. Es un acontecimiento muy grande para nosotros, que no puede pasar desapercibido y que debemos celebrar con gran entusiasmo y con verdadero provecho. Se trata del reconocimiento de la santidad en una persona que ha nacido, ha vivido y ha realizado su misión entre nosotros. Esto entraña una enorme alegría, pero también una profunda responsabilidad.

Laura Montoya es una mujer excepcional por su inteligencia y por los rasgos superiores de su personalidad; es una maestra que innovó metodologías pedagógicas y que era capaz de cautivar con su enseñanza; es una escritora de atildada pluma y aun de doctrina propia; es una misionera que se entregó con amor apasionado por los más pobres de su tiempo; es una benefactora de la humanidad que aun sigue viva en sus hijas, las religiosas que fundó. Pero, lo que ahora nos admira y conmueve más es que Laura Montoya es santa.

Generalmente, no tenemos el concepto auténtico de santidad. Pensamos que es un mandamiento pesado, que es una particularidad de personajes lejanos, que compete sólo a algunos seres excepcionales, que conlleva fenómenos extraordinarios; en definitiva, que no es para nosotros. Sin embargo, la santidad es la mejor propuesta que nos pueden hacer; es la gran posibilidad para todo ser humano. En último término, la santidad es llevar a su mejor expresión la imagen y semejanza de Dios en nosotros; es lograr la plenitud de lo que somos.

El Concilio Vaticano II nos recordó que todos estamos llamados a la santidad. Esto significa que es algo propio y necesario a nuestra naturaleza. Por tanto, si no somos santos estamos en “obra negra” todavía; algo nos falta en la conquista de nuestra libertad, en la experiencia de la verdadera felicidad, en la realización de nuestra misión en el mundo, en la configuración con el modelo definitivo de la persona humana que es Cristo. Por algo decía León Bloy que “la única tristeza es no ser santo”.

Cuando vemos que Laura Montoya, viviendo en nuestra tierra, pasando por nuestras mismas alegrías y penas, trabajando con nuestra misma gente, llegó a ser santa, debemos comprender que hay una posibilidad que nos estamos perdiendo y una dimensión humana que nos está haciendo falta. Sucede que hoy, con frecuencia, nos preocupamos mucho por los problemas sociales, culturales, económicos y políticos y queremos resolverlos actuando externamente sobre las estructuras y sistemas; sin embargo, la actuación efectiva es sobre el ser humano: iluminarlo, sanarlo, ponerlo en comunión con los otros, lanzarlo a su misión, hacerlo capaz de entrar en el proyecto de Dios.

Al lado de tantas cosas buenas que tenemos y de tantos logros que se han alcanzado, subsisten entre nosotros sufrimientos muy grandes porque no sabemos respetarnos y convivir, carencia enorme de valores humanos y espirituales, angustia y soledad de los jóvenes que no encuentran su identidad y su puesto en el mundo, hedonismo y codicia que corrompen el corazón humano, pobreza e injusticia social que crean inequidad y golpean la dignidad humana, miedo para vivir y para amar porque hay lejanía de Dios. Si analizamos a fondo la realidad y sus causas, lo que nos falta es santidad.

Imaginemos por un momento que pudiéramos cambiar la dinámica del egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y nos lanzáramos todos a vivir honestamente y a servir a los demás a cualquier precio, como lo hizo Laura Montoya, cambiaríamos inmediatamente nuestra sociedad. Lo que nos está faltando, no sé por qué no lo comprendemos siendo tan evidente, es cambiar en cada uno de nosotros la maldad por santidad. Urge en nuestra sociedad que seamos santos; es decir, que entremos en comunión con Dios, verdad absoluta, bondad suprema, amor misericordioso, belleza inefable. Tenía razón la Madre Teresa de Calcuta cuando, a un periodista que le preguntaba cómo se sentía al ser aclamada por todo el mundo como santa, le respondió que “la santidad no es un lujo sino una necesidad”.  

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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