MISIÓN AL AIRE

CREO EN LA IGLESIA

24 | 06 | 2013

Hemos acogido con alegría y esperanza, en nuestra Arquidiócesis, la invitación a vivir el Año de la Fe. Conviene repasar constantemente los criterios, los objetivos, las propuestas y las sugerencias que, para vivirlo, nos hemos trazado. Dentro de la programación general que se ha elaborado, queremos con motivo de la solemnidad de San Pedro y de San Pablo, el próximo 29 de junio, realizar una especial catequesis sobre la Iglesia y motivarnos todos a intensificar nuestro amor, nuestra adhesión y nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia.

Cuando hacemos la profesión de nuestra fe, decimos: “Creo en la Iglesia”. Esto significa que creemos en la comunidad que Dios ha elegido, en la comunidad que Cristo ha puesto en marcha en la historia, en la comunidad que el Espíritu Santo ilumina y guía. Creemos en la Iglesia porque es de Dios, no de los hombres. Creemos en la Iglesia, en la que vemos las personas que la integran y las realidades que entraña, pero en la que percibimos, sobre todo, la vida de Dios que la constituye.

Desde niños, cuando se nos preguntaba quién eres, aprendimos a responder: “Soy cristiano por gracia de Dios. Mi nombre, cristiano; y mi apellido, católico”. Esta fe la explicitamos diciendo: “Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica”. Una profesión de fe que hacemos de la misma manera todos los miembros del Pueblo de Dios, porque en él todos tenemos diversos servicios pero igual dignidad. Y con la que proclamamos que Cristo no instituyó sectas; que puso en ella toda la santidad de Dios; que es de todos y para todos los hombres; y que entronca en la vida y la tradición de los apóstoles.

El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia es, en Jesucristo, el sacramento de la salvación universal del hombre. Puebla comenta: "De ahí que la Iglesia haya recibido la misión de anunciar e instaurar el Reino en todos los pueblos. Ella es su signo. En ella se manifiesta, de modo visible, lo que está llevando a cabo silenciosamente en el mundo entero. Es el lugar donde se concentra al máximo la acción del Padre, que en la fuerza del Espíritu de Amor busca solicito a los hombres, para compartir con ellos -en gesto de indecible ternura- su propia vida trinitaria” (227).

El ser y la misión de la Iglesia sólo se descubren desde el amor que nace de la fe en Jesucristo; sin esta dimensión todo queda reducido a mera estructura de poder. Hoy, como en todos los tiempos, existen los adversarios de la Iglesia. En este momento, el cristianismo es la religión más perseguida del planeta y nunca había habido tantos mártires como en el último siglo. En muchos lugares se está dando lo que se ha llamado el fenómeno de la “cristofobia”. Sin embargo, las dificultades no están únicamente afuera. Se está dando entre nosotros una secularización de la vida cristiana, una triste fragmentación del tejido eclesial, una lamentable falta de sentido de pertenencia y de compromiso.

Mientras tanto, la gente sencilla ve con asombro los escándalos de diversos tipos, el analfabetismo religioso crece en todos los sectores, surgen extremistas de diversos signos que se proclaman paladines de la autenticidad, perdemos aceleradamente posiciones y oportunidades para la evangelización. Estas situaciones internas y externas sólo se pueden afrontar recuperando la primacía de Dios en todo, intensificando la pasión por la Iglesia, comprometiéndonos en una programación pastoral de conjunto, trabajando concretamente en la transformación integral de las personas. De lo contrario, nos quedamos en la predicación de un Evangelio descafeinado y en una vida eclesial sin solidez.

Creer en la Iglesia es valorarla como la familia fundada por Dios para acompañarnos en nuestro camino, amarla como Cristo que dio la vida por ella, asumir como propia su misión de llevar el Evangelio a todos, representarla con una existencia verdaderamente santa. No nos desconcertemos por las vicisitudes que vive la Iglesia. Ella, decían los antiguos autores cristianos, es como la luna. Su luz le viene de Cristo y tiene fases de oscuridad por nuestros pecados. Pero siempre volverá a brillar porque la ilumina su Señor. Cristo sigue suscitando, en quienes se dejan guiar, la santidad y las respuestas que necesita cada tiempo.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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