MISIÓN AL AIRE

NO OLVIDEMOS EL AÑO DE LA FE

08 | 07 | 2013

Vamos avanzando en la realización del Año de la Fe. Aunque otros acontecimientos han requerido nuestra atención a lo largo de estos meses, no podemos olvidar que hemos sido convocados a vivir un año que nos invita a tener presente a Dios, a hacer real su soberanía en nosotros, a experimentarlo como Padre. Un año, de otra parte, que nos llama a vivir la alegría de nuestra fe en comunidad, pues la dimensión eclesial es fundamental en la experiencia de la fe. Reflexionemos hoy sobre estos dos aspectos.

Ante todo, afirmar el primado de Dios. Cuando Benedicto XVI anunció el Año de la Fe, señaló que “la misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía”. Debemos, entonces, tener presente el hecho esencial que caracteriza nuestra vida de cristianos: creer en Dios que es Padre. Y luego, salir del enclaustramiento en que con frecuencia vivimos para conducir a los hombres a la vida en plenitud que nos da Cristo, al llevarnos a Dios.

“La puerta de la fe está siempre abierta”, se nos señalaba al iniciar la celebración de este Año. Lo cual quiere decir que, de alguna manera, toda persona humana tiene la posibilidad y la necesidad de encontrar el sentido de la vida, la fuerza para conducir su existencia y la esperanza de su cabal realización en Dios. Por consiguiente, no podemos perder una especial oportunidad, dentro de esta crisis de humanidad que se constata en muchos sectores de la sociedad, para reflexionar de nuevo nuestra fe y para vivirla plenamente.

Así mismo, es la ocasión de dar un testimonio decidido y humilde que muestre con entusiasmo la posibilidad de ser felices que nos ofrece el Evangelio. Es la hora de invitar especialmente a los que se han alejado de la Iglesia y han entrado en el mundo de la indiferencia y el agnosticismo a que redescubran cómo se ilumina y se hace amable la vida cuando la habita Dios. Anunciar el amor de Dios es siempre la expresión de una responsabilidad fundamental que tenemos los cristianos frente a los demás, que no pocas veces van por la vida llenos de interrogantes y desesperanza.

En segundo lugar, el Año de la Fe nos debe motivar a vivir la dimensión comunitaria de la fe. La fe nos hace miembros de la Iglesia y es en la Iglesia donde podemos ser iniciados y llevar a madurez nuestra vida de fe; es decir, aprendemos a crecer en humanidad y en comunión con Dios. En la Iglesia podemos vivir lo esencial, el encuentro con Cristo, por quien la fe nace, se disfruta y se transmite adecuadamente. En la comunidad eclesial tenemos un verdadero antídoto a la esterilidad del individualismo de nuestros días.

La fe vivida con la ayuda de la Iglesia nos permite afrontar un tiempo en el que los criterios para ser personas y para construir la sociedad se han vuelto inciertos. La moral, con frecuencia, se sustituye por el cálculo interesado de las conveniencias, por el impulso de los instintos, por el parecer de la mayoría. Nuestra fe, vivida en la Iglesia, nos lleva a conocer la grandeza y a defender la dignidad inviolable del ser humano; nos impulsa a propiciar todas las condiciones para que cada persona sea respetada como imagen de Dios y goce de todos sus derechos.

Apuremos, pues, el paso en la realización de los objetivos de este Año de la Fe, que debe dejarnos más anclados en Dios, más unidos en la comunidad eclesial, más decididos a anunciar el Evangelio, más capaces de “dar razón de la esperanza”; en una palabra, más comprometidos con la causa de la humanidad. De esta manera, también el Año de la Fe impulsa las metas que nos proponen la Misión Continental y la Nueva Evangelización.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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