MISIÓN AL AIRE

REFLEXIONES ANTE UNA NUEVA ADVERSIDAD

28 | 10 | 2013

En el momento en que escribo no han acabado de encontrar las personas desaparecidas recientemente cuando se desplomó el edificio Space en el sector de El Poblado. Siguen muchas familias desalojadas padeciendo las duras consecuencias de este lamentable accidente. Los habitantes de la ciudad continuamos conmocionados por una tragedia que no se esperaba y que deja interrogantes e incertidumbres. Seguimos todos acompañando de corazón a quienes están sufriendo la pérdida de seres queridos.

 Muchas consideraciones y análisis podrían hacerse desde diversos ángulos, y de hecho varios ya se han planteado, como aproximaciones a este momento de  impotencia y de dolor. Aunque cada proceso es personal, yo quisiera que recogiéramos algunas reflexiones, que tuviéramos presentes algunos principios y que aprendiéramos algunos valores frente a este acontecimiento, pues en la vida frecuentemente estamos avocados a la adversidad.

 Hagámonos conscientes de nuestra fragilidad como seres humanos. Nuestra vida física como individuos es transitoria y ninguno de nosotros la puede comprar y dominar. La naturaleza nos demuestra, en algunas ocasiones, nuestra vulnerabilidad y la igualdad entre todas las personas. Cuando, a veces, estamos muy orgullosos y seguros de nuestros progresos y de los logros alcanzados, nos llega un aviso que nos hace ver otra realidad. Esto constituye una invitación a valorarnos en lo que realmente somos.

 Conviene que apuntemos a lo que es más importante en nuestra vida. Muchas veces andamos tan ocupados en nuestras actividades y preocupaciones diarias que nos vamos perdiendo en medio de muchas cosas y no prestamos atención a lo que, en definitiva, es esencial en la existencia. Una tragedia nos debe despertar para que no perdamos el tiempo en cosas insignificantes y no permitamos que la vanidad, la rutina y la superficialidad hagan infecunda nuestra vida. Procuremos que no colapsen cosas esenciales en nuestras familias y en nuestra sociedad.

 Debemos adquirir la virtud de la fortaleza, pues los problemas y dificultades no dejan de tocar a nuestra puerta. Nunca podemos permitir que nos postre la frustración y la angustia. El alma debe tener reservas para afrontar con entereza y dignidad todas las pruebas. Como dice San Pablo: “estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Cor 4,8-9).

Nunca haremos bastante por aprender y vivir la solidaridad. Más allá de nuestras diferencias como seres humanos, hay una realidad común y existen diversas situaciones que nos exigen vivir la unidad. Desde esta perspectiva, no podemos sino compartir siempre las necesidades y los sufrimientos de otros. La solidaridad nos hace humanos porque nos permite salir de nosotros mismos, nos hace ver que no son tan grandes las barreras que nos separan de los demás y que todos estamos constantemente expuestos a los mismos males y al mismo dolor.

Cuidemos la honestidad y la responsabilidad en nuestro trabajo. Lo que producimos tiene siempre una destinación social. Muchos se benefician o se perjudican, según la calidad, de lo que hacemos. Una ligereza, una ignorancia, una búsqueda impropia de ganancia, en cualquier campo profesional, pueden generar males irreparables para los demás. Pensemos siempre que en nuestro trabajo está comprometida la vida y el bienestar de muchas personas.

Cultivemos nuestra confianza en Dios. La fe nos hace capaces de pasar por todas las pruebas y de vivir con esperanza. Quien construye su personalidad y su vida sin una referencia a Dios se queda sin una luz y una fuerza indispensables para los momentos en los que se experimentan la soledad, la impotencia y el dolor. Desde Dios comprendemos que la oscuridad permite que luego refulja más el sol. Con Dios podemos conectarnos mejor con la realidad y somos capaces de consolar a otros. Es Dios quien hace concurrir todas las cosas en bien de los que le aman (cf Rm 8,28). Sólo Dios es roca que no se derrumba (cf Sal 18,2). 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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