MISIÓN AL AIRE

UN MAL QUE CRECE: LA DROGADICCIÓN

25 | 11 | 2013

El tema del narcotráfico, en nuestro país, ha sido bastante comentado y debatido; sin embargo, una realidad tan cercana y tan grave como es la toxicomanía o abuso de drogas no ha tenido el mismo análisis ni ha causado igual preocupación. Tal vez, sólo para el primero, por sus connotaciones económicas, tenemos presiones y compromisos internacionales. De esta manera, sin una voz de alarma y sin un control serio, ha ido creciendo de modo inquietante la drogadicción en nuestra sociedad. Incluso, un manejo ambiguo del problema ha permitido que se minimicen los riesgos y que aumente la tolerancia social.

Cuando llega este mal, las personas entran en un proceso de autodestrucción, se desestabilizan las familias, los jóvenes pierden su disposición para el estudio y el trabajo, cunde la desconfianza y el temor en los barrios, aumenta la violencia, se acrecienta la irresponsabilidad en el manejo de la sexualidad, se multiplican negocios ilícitos que causan daños nefastos en el tejido social, y en todo esto se da, según se oye decir, la complicidad y la corrupción de algunos dirigentes, miembros de las fuerzas de seguridad y funcionarios de la justicia. Así el consumo de drogas se va integrando en la sociedad como un elemento que no se cuestiona suficientemente y ensombrece más nuestro futuro.

Es preciso reconocer un vínculo hondo entre la patología mortal causada por el abuso de drogas y una patología del espíritu, que lleva a la persona, en una crisis existencial del sentido de la vida, con ausencia de valores trascendentes y deteriorados sus nexos con la sociedad, a huir de sí misma y a buscar placeres ilusorios, en una evasión desesperada de la realidad. Frente a esto no se puede negar una responsabilidad social de todos, pues quienes llegan a la drogadicción van frecuentemente acosados por la desintegración de la familia, el desempleo y las situaciones infrahumanas de vida. Finalmente, en la raíz está la pérdida de valores éticos y espirituales.

Es preciso reconocer la labor de muchas familias, de diversos centros educativos y de varias instituciones en la formación de los niños y los jóvenes, en la prevención de la toxicodependencia y en la asistencia a quienes son víctimas de la drogadicción. Un especial reconocimiento merece la generosidad y competencia de tantas personas de gran corazón que trabajan en las comunidades terapéuticas. Igualmente, la Iglesia Católica se ha empeñado a través de múltiples iniciativas en una pastoral de las adicciones. Sin embargo, todavía debemos ser más eficaces en un acompañamiento de los adolescentes y de los jóvenes y en la ayuda a quienes han entrado por esta vía oscura de la drogadicción.

Con todo, no será posible resolver este problema, que puede ponernos en una situación de difícil retorno, sin la conciencia y el compromiso de todas las fuerzas vivas de la sociedad. Urge renovar la vida y la misión de la familia; entender y realizar la educación, en todos los ámbitos en que es posible, como la oportunidad de construir la persona humana; aprovechar los medios de comunicación social para hacer propuestas positivas que den aliento y sentido a la comunidad; establecer amplios consensos sociales que deriven en políticas públicas de corto y largo alcance para ayudar a las nuevas generaciones a situarse armoniosa y productivamente en el mundo. Sobre todo, es necesario trabajar porque quienes han caído en la droga no pierdan la esperanza y entiendan que pueden comenzar de nuevo. 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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