MISIÓN AL AIRE

LA LITURGIA COMO FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA ECLESIAL

01 | 07 | 2014

La Liturgia: Realización del misterio de la salvación

Desde siempre, Dios tiene un proyecto de salvación que va realizando en la historia y que alcanza su momento culminante en la venida y actuación de Cristo (cf Ef 3,4.9). Por esto, la Sacrosanctum Concilium afirma: “Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. Por este misterio, con su Muerte destruyó nuestra muerte y con su Resurrección restauró nuestra vida. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera” (SC,5).

La liturgia, que etimológicamente significa “obra del pueblo”, permite que el pueblo de Dios celebrando el misterio de Cristo participe en la obra de Dios y en él. Cristo continúa la obra de la salvación. Así llegamos a la esencia de la Liturgia, como la presenta la constitución conciliar: “Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (SC,7).

Estas palabras nos muestran claramente que la Liturgia Cristiana no es principalmente un esfuerzo humano, sino la salvación realizada por Dios en Cristo mediante el Espíritu Santo, que sigue actuando hoy. En la Liturgia, la iniciativa parte de Dios y el actor principal es Cristo. En ella la historia de la salvación continúa en línea directa y, por esto, es ante todo un acontecimiento de gracia cuyo fin es la santificación de cada persona y de toda la comunidad humana. Como palabra y sacramento, la Liturgia está marcada por una línea estructural descendente.

Pero esto no significa que el hombre se pueda comportar en la Liturgia de un modo pasivo. A él se le pide la disposición de escuchar y creer; de acoger y obedecer; de celebrar y vivir. La palabra de Dios lo mueve a la respuesta, el amor de Dios lo llama a corresponder al amor, la acción misericordiosa de Dios lo invita a la alabanza agradecida. Pero la respuesta no es individual, de un hombre, sino de un miembro de la comunidad, que San Pablo llama el Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo mismo. Podemos decir, por consiguiente, que a la acción salvífica de Dios en la Liturgia responde la Iglesia entera, a la que se asocia también Cristo. Por eso, se tiene en la Liturgia una línea ascendente y un segundo actor que es la Iglesia. De esta manera, la Liturgia es una actuación conjunta de Cristo y de la Iglesia para la santificación del hombre y la glorificación del Padre; es en verdad un diálogo salvífico o, como dicen los Padres de la Iglesia, un santo intercambio.

Aun teniendo el primado en la vida de la Iglesia, la Liturgia supone una prioridad: el anuncio del Evangelio que lleva a la conversión, que invita a la fe y que viene ratificado por el sello sacramental. Esta dinámica del proceso está ya descrita por San Pablo cuando pregunta: “¿Cómo podrán invocarlo sin antes haber creído en él?” (Rm 10,14). La vida litúrgica está puesta en el culmen, pero éste está precedido de la fe, porque sin la ella no es posible la oración. La fe, a su vez, está precedida de la predicación, según el axioma: “la fe depende del anuncio” (Rm 10,17). Por tanto, se puede concluir que la Lturgia no agota, sino que supone toda la actividad de la Iglesia y así evita aproximarse al ritualismo y a la magia (cf SC,9).

La Liturgia fuente y culmen de la vida eclesial

La liturgia, como acción de Cristo y del pueblo de Dios, es el centro de la vida cristiana. Ella “constituye el culmen hacia el cual tiende la acción de la Iglesia y a la vez la fuente de donde mana su fuerza vital” (SC, 10; CCEC 219). Si en la fase del anuncio la Liturgia se pone como “culmen”, en la fase de la actuación de la misma Liturgia se pone como “fuente”; de ella, en efecto, brota la gracia y se obtiene con la máxima eficacia la santificación del pueblo de Dios. Así, la Liturgia mueve a los fieles a traducir en la vida lo que han recibido por la Palabra. Si la evangelización culmina en la Liturgia, de la ésta nace y saca su fuerza la misión (cf SC,10; PO,5).

En la Liturgia como “fuente” tiene su origen la koinonía o comunión entre los miembros del único Cuerpo de Cristo (cf 1 Cor 12,12s), la mistagogia o introducción a los sanos misterios partiendo de los signos de la misma liturgia, la diakonia o servicio a los hermanos (cf He 2,42s), la apología o defensa de la fe (cf 1 Pe 3,15), la misión o anuncio de la Buena Noticia con la palabra y las obras, la martiria o testimonio hasta dar la vida (cf He 1,8; 22,15). La Liturgia, digamos de nuevo, está en el corazón de la Iglesia.

En ella, la Iglesia vive y expresa su verdadera identidad como comunidad bautismal, escogida no según la carne, sino por vocación; como comunidad nupcial que espera en la fidelidad a su esposo que retorna (1 Cor 11,26; Mt 25,1-13); como comunidad católica que supera las barreras de la raza, la lengua, la cultura, el espacio y el tiempo; como comunidad diaconal articulada en la diversidad de ministerios para el servicio de Dios y de los hombres, y como comunidad misionera que sabe salir al mundo para santificarlo y llevarlo a la Eucaristía. De la Liturgia mana la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia la santificación de los hombres y la glorificación de Dios, fines a los cuales tienden las demás obras de la Iglesia (SC, 10).

Por eso, como fuente y cumbre de la vida eclesial, la Liturgia tiene una relación profunda y particular con la evangelización y con el servicio de la caridad. Toda Liturgia, si es auténtica, imprime un impulso irresistible a la misión; apremia a compartir con los demás el amor salvador que se ha experimentado en la celebración de los santos misterios. La vocación misionera de Pablo y Bernabé la presenta el libro de los Hechos en un contexto litúrgico: “Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, el Espíritu Santo dijo: ‘Reserven para mí a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado’” (He 13,2-3). Pablo se considera un liturgo que, ejercitando el oficio sagrado del Evangelio de Dios, hace posible la ofrenda de los paganos como una oblación agradable y santificada por el Espíritu Santo (Rm 15,16). Para él, la misión es una verdadera celebración que completa el sacrificio de Cristo y da gloria a Dios (cf Col 1,24-25).

Así mismo, la Liturgia es también fuente y culmen de toda obra de caridad. Varios textos del Nuevo Testamento no reducen la Liturgia a la celebración del culto divino sino que la extienden a la actuación de la caridad (cf Rm 15,27; 2 Cor 9,12; Fil 2,25). En la liturgia, la Iglesia es “sierva” a imagen de su Señor el único liturgo (cf Heb 8,2-6). Toda acción litúrgica se vuelve, por tanto, celebración de la caridad. Dar la vida (Jn 15,13), como acto de amor a imitación del Padre (Jn 3,16), es el signo que distingue a los verdaderos adoradores que deben glorificar a Dios no en templos construidos por manos humanas, sino en espíritu y verdad (Jn 4,23; Rm 12,1-2). La Liturgia se verifica en la caridad y la caridad se encuentra en la liturgia que celebra el Amor que Dios es. Por eso, la comunidad ideal descrita en los Hechos de los Apóstoles vive de la sinergia didascalía-eucaristía-diakonia-koinonia (He 2,42-48). Pablo dice que no es capaz de reconocer el cuerpo eucarístico de Cristo quien no lo sabe reconocer en su cuerpo eclesial (1 Cor 11,17-34). Por tanto, toda celebración litúrgica es fuente de caridad, como insisten casi todas las oraciones de la postcomunión.

Rasgos de una liturgia fuente y culmen de la vida eclesial

Para experimentar que la liturgia es, en verdad, fuente y culmen de la vida eclesial, debe tener una fisonomía especial que, entre otras, se expresa en las siguientes características:

a)      Una celebración viva. Es preciso subrayar con fuerza que la liturgia no es un concepto, sino una realidad viva: Dios nos salva. Nuestro Dios es un Dios que salva, que actúa en la historia, que está cercano a cada uno de nosotros y que la obra que ha realizado en Cristo la continúa en la Iglesia por la liturgia. La liturgia salva porque literalmente nos injerta en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; nos participa la vida Trinitaria.

b)      Una celebración ritual. La celebración litúrgica es un conjunto de gestos, palabras y objetos que tienen la función de evocar y actualizar el acontecimiento salvífico que congrega a la asamblea. La palabra que se anuncia se realiza sacramentalmente. Gracias a la celebración litúrgica, la comunidad no sólo participa en un evento de salvación sino que recibe un programa de vida, que debe poner por obra con un serio compromiso. Por esto la celebración litúrgica no tiene fin, sino que continúa en la vida ordinaria de todos los días.

c)      Una celebración con signos sensibles. En la Liturgia no entran solo las palabras, las acciones o las cosas, sino que toda la persona es sujeto y objeto del culto que agrada a Dios. Mediante signos sensibles se involucra toda la persona que a través de los sentidos oye, ve, palpa, canta, admira la belleza y vive el misterio. Todos los participantes deben comprender el significado de los símbolos que enriquecen la liturgia, cuidadosamente estudiados durante siglos, que contienen un mensaje siempre válido y que entrañan la salvación.

d)     Una celebración consciente. Todo el pueblo cristiano, en cuanto consagrado por el Bautismo y la Confirmación, participa del sacerdocio de Cristo para su propia salvación y la de todo el mundo. En la vida y en el culto litúrgico se ejercita el sacerdocio de Cristo, al cual están asociados los cristianos como un deber y un derecho, para que todo sea una ofrenda agradable a Dios. Para llegar a la participación activa y consciente, que exige la misma naturaleza de la liturgia, es indispensable una adecuada catequesis y una celebración bien preparada, inteligible y digna.

e)      Una celebración participada. Debe ser una participación plena, es decir, de todos y en todos los momentos litúrgicos; una participación activa, no hay acciones litúrgicas individuales y privadas, por tanto toda la asamblea según sus funciones y posibilidades debe involucrarse y actuar; una participación comunitaria, la liturgia es obra de toda la Iglesia y por esto el sujeto de la liturgia es todo el pueblo; una participación fructuosa, que se vuelva vida abundante en los fieles y salvación para todo el mundo.

f)       Una celebración bella y atractiva. Las formas, los colores, las vestiduras, los cantos, las luces, los silencios constituyen una riqueza formidable de nuestra liturgia. En una auténtica liturgia, se puede hablar de la belleza de la asamblea, del espacio litúrgico, de la forma celebrativa, de la música, de Cristo glorioso y presente. En la liturgia la belleza debe verse y sentirse; debe ser una revelación de lo infinito y lo inefable; debe comunicar e impulsar hacia lo eterno.

 Algunos aspectos para profundizar y mejorar

Este Congreso debe llevarnos de las enseñanzas a la vida. Me parece importante, por consiguiente, sugerir algunos campos concretos en los que debemos reflexionar y encontrar caminos para mejorar la celebración de la liturgia. Especialmente, podríamos tener en cuenta los siguientes:

a)      Cómo lograr que la liturgia refleje ante todo el primado de Dios. Cuando en la liturgia Dios no es determinante todo lo demás pierde su significado y su valor. Por eso, debe dar amplio espacio al silencio que permita escuchar, contemplar y adorar a Dios, que facilite experimentar el paso salvador de Dios y la acción benéfica de su amor.

b)      Cómo mejorar la expresión comunitaria de la liturgia. La liturgia no es obra de un celebrante aislado, no es manejable según el antojo de un grupo; no le pertenece a ninguno en particular. La liturgia es como el depósito de la fe que lo hemos recibido, lo debemos vivir y cuidar en comunión y lo debemos entregar a las generaciones que vienen. Nada más odioso y abusivo que el clericalismo litúrgico o el dominio absoluto de la liturgia por parte de un pequeño grupo.

c)      Cómo fomentar la espiritualidad litúrgica. Es un desafío permanente que tanto los ministros ordenados como los files laicos nos dejemos guiar por el Espíritu para vivir digna y fructuosamente el misterio de Cristo en la liturgia. Urge logar una renovación profunda de presbíteros, diáconos, religiosos y laicos para que la liturgia sea en verdad fuente y culmen de la vida eclesial.

d)     Cómo vivir mejor el Día del Señor y el Año Litúrgico. La espiritualidad y la pastoral litúrgicas no deben ahorrar esfuerzos para ayudar a descubrir y vivir la importancia y capitalidad de la “fiesta primordial de los cristianos”, la Pascua, haciendo realmente del domingo el día de la resurrección, el día del encuentro de la Iglesia, el día de la alegría y el descanso. Así mismo, urge fomentar la catequesis sobre el valor, el sentido y el modo de celebrar el Año Litúrgico, el cual, a través de los diversos tiempos y con admirable pedagogía, nos permite entrar en el misterio de Cristo.

e)      Cómo llegar a tener verdadera música litúrgica. La música litúrgica debe distinguirse de las demás formas de música por su espiritualidad, su bondad y su universalidad; debe favorecer la oración, la participación de la asamblea y el clima festivo de la celebración. La constitución conciliar y otros documentos posteriores han dado instrucciones sobre la materia, pero en realidad poco se ha cumplido. Si bien se valora la buena voluntad que entrañan ciertas iniciativas en cuanto al canto litúrgico, es preciso constatar que estamos lejos de la calidad y la unción que se necesitan en este campo.

f)       Cómo llegar a la vinculación Liturgia y compromiso social. Muchas personas viven la liturgia casi como una evasión; buscan un encuentro sensible con la trascendencia y lo sobrenatural, sin ninguna referencia a la humanidad y a la realidad del mundo. Ante esta religiosidad vaga y a veces desencarnada, es preciso aprender que la vida litúrgica remite inmediatamente a la persona y a la enseñanza de Jesús, que es siempre una llamada a la conversión, a la fraternidad y a la solidaridad con los más necesitados. Una genuina celebración de los misterios de Cristo conecta la fe y la vida.

(Apartes de la intervención en el II Congreso de Liturgia y Pastoral, Medellín, 16 de julio de 2014)

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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