MISIÓN AL AIRE

CÓMO DEBE SER HOY LA IGLESIA?

10 | 07 | 2013

El momento que vivimos se inscribe en un contexto de profunda transformación epocal, que reta seriamente la fe de la Iglesia y su práctica pastoral. En la hora de la comunicación global sería ingenuo obstinarse en pensar que nuestra sociedad está al margen de estos cambios y de las nuevas corrientes culturales. Todos participamos de este momento histórico con sus logros y sus contradicciones. La Iglesia no puede ignorar este cambio que vive la humanidad. Ella, en efecto, se mueve allí, seamos o no conscientes, entre el sufrimiento y la esperanza. Ante esta realidad nos preguntamos, espontáneamente, ¿qué debe hacer la Iglesia en el mundo de hoy?; más aún, la pregunta de fondo es: ¿cómo debe ser la Iglesia en este momento de la historia?

La pregunta sobre la Iglesia, en último término, fue la que provocó y animó toda la reflexión del Concilio Vaticano II y la que debe inquietarnos todavía hoy a nosotros. Es necesario ahondar en una reflexión que nos oriente a clarificar si los años que hemos vivido, teniendo como brújula los documentos y el espíritu del Vaticano II, nos han llevado más a “experimentos del Concilio” que a un esfuerzo de una verdadera instauración de la Iglesia conciliar. Después del Concilio ha habido un rico magisterio y un significativo desarrollo teológico, pero tal vez muchas cosas se han quedado escritas y no aparece el auténtico modelo de Iglesia que se ha buscado y se necesita. Por tanto, continúa siendo indispensable un permanente discernimiento sobre nuestro ser y nuestra misión como Iglesia.

Nos urge penetrar a fondo el misterio de la Iglesia de Dios, don confiado en esta hora a nosotros los bautizados, pero que todavía no acabamos de comprender y de vivir a plenitud. Sólo de un profundo conocimiento del misterio de la Iglesia surgen los rasgos de la Iglesia que se deben subrayar hoy y el vigor nuevo que requiere su misión dentro de las necesidades de este momento histórico y cultural. Y, a la vez, este conocimiento del misterio de la Iglesia y el ímpetu apostólico que necesitamos no provendrán tanto de reflexiones y proyectos humanos, sino esencialmente de la luz y la fuerza del Espíritu Santo actuando personal y comunitariamente en nosotros. Sólo él puede llevarnos a un cambio de mentalidad, a un propósito de comunión, a un entusiasmo apostólico y a un compromiso de emplear responsablemente todos los recursos que tenemos.

El misterio de la Iglesia

La Iglesia no es otra cosa que el cuerpo viviente de Cristo. Por esto, la Lumen Gentium, se abre exhortándonos a comenzar desde Cristo: “Cristo es la luz de los pueblos” (cf LG 1). El Beato Juan Pablo II recoge la centralidad de esta afirmación cuando nos advierte que ante los grandes desafíos de nuestro tiempo no nos salvará “una fórmula mágica… sino una Persona”. Y, luego, señala que la Iglesia no tiene necesidad de inventar un nuevo programa: el programa ya existe… Él se centra en Cristo, al que hay que conocer, amar y seguir (cf NMI, 29). No es posible, por eso, encontrar el rostro de la Iglesia sin contemplar constantemente el rostro de Cristo.

El rostro de Cristo nos revela el misterio profundo escondido por los siglos: la comunión trinitaria. La cultura contemporánea tiende a impregnar nuestra vida de un individualismo que con frecuencia nos lleva a diversas formas de egoísmo. El individualismo no ayuda a la edificación de la Iglesia ni a su audacia apostólica; por el contrario, impide la comprensión y fomenta la división. Por esto nos cuesta dialogar, trabajar juntos, evitar que cada uno haga sólo lo que le gusta. No es posible ser discípulo de Jesús sino en relación con los otros. Más allá de ciertas formas de misticismo individualista, nos salva el ser miembros activos, fraternos y responsables del Pueblo de Dios.

No es en la autonomía y el aislamiento como podemos vivir nuestra identidad y misión sino en una relación viva con toda la comunidad eclesial. Si esto no se da significa que falta una suficiente voluntad de seguir a Cristo en el camino de la auténtica santidad. La santidad es una verdadera prioridad pastoral porque es también el camino de la comunión y la misión.  La espiritualidad de comunión es el primer desafío que la Iglesia debe afrontar si quiere, realmente, centrarse en Cristo y presentarlo como la respuesta siempre actual al mundo, si desea acercarse con amor y comprender las circunstancias cambiantes de la historia de la humanidad para hacerse capaz de un permanente relanzamiento apostólico, si anhela superar una vida mediocre y una religiosidad superficial y llegar a la santificación propia y del mundo entero (cf NMI, 31,39-43).

Algunos aspectos que tenemos que perfeccionar

1. La Iglesia como casa y escuela de comunión. Este es el gran reto si queremos ser fieles al proyecto de Dios y responder a los anhelos profundos del mundo. Hay que aprender a sentir el hermano en la unidad profunda del cuerpo místico como alguien que me pertenece, como un don para mí. Para que la comunión pueda encarnarse en un estilo de vida eclesial es necesario emprender un camino de profunda conversión que se concreta en un itinerario ascético de fraternidad; que se expresa en actitudes, relaciones interpersonales, proyectos e iniciativas comunes que promuevan una cultura nueva del vivir eclesial. De lo contrario, los instrumentos y ayudas que se usen serán solo “máscaras de comunión”. En el fondo, es dejar que la comunión trinitaria, por la fuerza del Espíritu, entre en la Iglesia y en nuestra vida (cf NMI, 43-44). Sólo así la Iglesia puede ser también un signo de la unidad a la que aspira toda la familia humana.

2. La identidad de la Iglesia particular. La naturaleza y misión de la Iglesia, como ha subrayado el Concilio Vaticano II, se realizan en la Iglesia diocesana en comunión con la Iglesia universal. La Iglesia particular no nace de una suerte de fragmentación de la Iglesia universal, ni ésta se presenta como el resultado de la suma de las Iglesias particulares. Entre las dos realidades existe una relación constante, porque la Iglesia universal existe y se manifiesta en las Iglesias particulares y éstas son auténticas si viven en comunión a partir del servicio de Pedro. Estar conscientes y abiertos a la dimensión diocesana es garantía necesaria para vivir la experiencia de la Iglesia. El que no quiera conocer el itinerario del Espíritu en su Diócesis, el que rechace las orientaciones y la vida de la Diócesis, el que no quiera contribuir a la edificación de la vida diocesana, sea que se trate de personas, de grupos o de parroquias, se pone de hecho fuera de la comunión eclesial.

3. La vida y misión de las Parroquias. La Iglesia particular se articula en parroquias. Las parroquias, “células” de la diócesis, constituyen una forma casi insustituible de comunidad eclesial. En ellas, comunidades de fe, de oración y de amor, se encarna la vida diocesana. En ellas palpitan las múltiples situaciones de la vida cotidiana. En ellas se armonizan todas las vocaciones y servicios de la Iglesia. Ellas pueden ayudar a crear una mentalidad nueva y a construir el nuevo paradigma de Iglesia conciliar. Hoy como nunca, la parroquia puede ser el antídoto a la dispersión de los católicos en un mundo pluralista y cambiante. Pero las parroquias tienen necesidad de un proceso de renovación que les permita superar la forma tridentina y responder a la actual situación histórica y cultural. Hay que hacer despertar la creatividad pastoral que enfrente las tentaciones del inmovilismo que no permite el cambio, del hermetismo que encierra en la propia suficiencia, del ritualismo que se contenta con celebraciones y del integralismo que dificulta el diálogo con el mundo porque nos declara depositarios exclusivos de la verdad.

4. El aprovechamiento de los organismos de comunión y participación. La eclesiología propuesta por el Vaticano II y desarrollada en el magisterio posterior, lleva a vivir la naturaleza de la Iglesia y a realizar su misión con el principio de corresponsabilidad.  Por tanto, es importante  reconocer el papel del Colegio de Consultores, del Consejo Presbiteral, del Consejo de Asuntos Económicos como órganos primarios de consulta y la tarea de la Curia arquidiocesana como lugar de actuación de decisiones y servicios. Es necesario que en las parroquias y demás instituciones y formas de asociación, los sacerdotes y los laicos maduren la conciencia de que el sujeto que tiene la misión de proponer las líneas pastorales es la diócesis. No ayuda ciertamente a realizar el misterio, la comunión y el servicio de la Iglesia el persistir en la actitud de proceder según visiones y perspectivas personales. Las líneas generales de la pastoral y la administración, acordadas mediante una amplia consulta y definidas según el discernimiento del obispo, se deben aplicar luego a la diversidad de las situaciones.

5. La mediación de las vicarías y los arciprestazgos. Esta organización, utilizada a lo largo de los siglos en la Iglesia, reviste particular importancia en la vida, estructuración y renovación de nuestra Iglesia particular. Son instancias intermedias, muy funcionales, ente la diócesis y la parroquia que se presentan como una adecuada respuesta a las exigencias de unidad y eficacia pastoral. Si es verdad que el camino común de la diócesis debe encarnarse en las parroquias, es necesario que las parroquias vecinas, teniendo en cuenta sus características particulares, busquen líneas y criterios comunes para servir mejor a los fieles. Vicarías y arciprestazgos favorecen, como de un modo natural, el vigor y la coordinación de las diversas vertientes pastorales en un determinado territorio propiciando la colaboración y el intercambio a favor de todos.

6. La presencia y actuación de los laicos. Hoy, como nunca, la Iglesia ha puesto en evidencia el papel y la misión de los laicos en el mundo. De ellos se espera que pongan la levadura del evangelio en los diversos ambientes de la vida. Necesitamos laicos que se formen; que crezcan espiritualmente; que se vinculen profundamente a la Iglesia; que se lancen con espíritu apostólico en diversos ministerios como catequistas, animadores de la liturgia, visitadores de las familias, responsables de pequeñas comunidades, acompañantes de los jóvenes, agentes de pastoral familiar, evangelizadores en empresas, hospitales y cárceles, servidores de los pobres, promotores de desarrollo y justicia social. Es mucha la mies y los laicos apóstoles son muy pocos. Sin un laicado formado, unido y comprometido la Iglesia no está bien fundada.

Siete campos prioritarios para la acción de la Iglesia hoy

1. La familia, “Iglesia doméstica”, debe ser hoy, más que nunca, un campo prioritario de atención pastoral. Si tenemos en cuenta su importancia y, a la vez, la crisis y amenazas que padece, nunca será suficiente lo que se haga por cuidarla y acompañarla. Es preciso redescubrir el sentido del sacramento del matrimonio, de la familia como comunidad de vida originada por un don de Dios y la armoniosa integración de las familias en la vida de las parroquias. Esto requiere un programa con objetivos muy precisos que aterricen en el tejido de la comunidad parroquial. Se necesita una profunda renovación de la mentalidad para aceptar propuestas y ayudas. Especialmente, urge la reformulación de los cursos prematrimoniales, la adecuada celebración del sacramento del matrimonio, la formación de agentes de pastoral familiar y creación de un equipo correspondiente de animación, la formulación de itinerarios de espiritualidad familiar de los que puedan beneficiarse los novios, las parejas de esposos y las familias.

2. El mundo juvenil constituye para la pastoral de la Iglesia, en este momento, una persistente provocación. Hoy pareciera que se alarga la juventud porque los adolescentes queman etapas, al menos en el comportamiento, y porque los estudios o el desempleo les impide asumir decisiones tempranas en la vida. El mundo juvenil interpela a la Iglesia por los cambios culturales que lo afectan, por la falta de orientadores, por la carencia de iniciativas, propuestas y organización adecuadas para la pastoral juvenil en las parroquias. Falta, sobre todo, la mentalidad y la caridad que logren acoger a los jóvenes con todo el bagaje de preguntas y de vigor que tienen. Ciertamente la edad juvenil produce cambios en la vida de un individuo y búsqueda de autonomía, pero no es suficiente para explicar la fuga masiva de los jóvenes de la Iglesia, una vez recibida la primera comunión o la confirmación. Hay que llegar a una fuerte voluntad de afrontar juntos el acompañamiento de la juventud del cual depende, en buena parte, el futuro de la Iglesia. Es preciso establecer una mejor coordinación entre pastoral juvenil, vocacional y familiar. El tema de la vocación es central para la vida de los jóvenes y de las familias.

3. La urgencia de implementar procesos de iniciación cristiana. Sin ella no tendremos nunca cristianos auténticos, pues como dice el Catecismo de la Iglesia: “Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación” (CIC,1229). Es preocupante la práctica en nuestras parroquias de lo que llamamos iniciación cristiana. Estamos desaprovechando la ocasión de hacer cristianos, pues estamos procediendo con modelos de “catequesis pre-sacramental” completamente inadecuados que mantenemos como si nada estuviera sucediendo y cambiando en el mundo. Se da el bautismo sin las herramientas para vivirlo, se ofrece la primera comunión sin una comunidad que acompañe, se administra la confirmación sin un ámbito para vivir y testimoniar lo que se recibe. Sin itinerarios y sin una organización para iniciar cristianamente no tenemos esperanza de cristianos convertidos y comprometidos. No podemos suponer más que la familia, la escuela o la sociedad transmiten la fe.

4. La organización y formación de pequeñas comunidades eclesiales. Se necesitan espacios concretos en los que los bautizados puedan escuchar la Palabra, madurar su conversión, ser asiduos en la oración, vivir la fraternidad, animarse para la misión. Su promoción es importante para tener una Iglesia en comunión y participación. Si tienen una espiritualidad seria, si su organización es adecuada, si están en profunda vinculación con la parroquia, se vuelven un especial ambiente de formación, comunión y compromiso misionero. Son una fuente de vida cristiana, de vocaciones al sacerdocio y de apóstoles laicos. En este momento de cambio nos van a quedar los católicos que tengamos formados y asociados en pequeñas comunidades.

5. El testimonio de la caridad. La Iglesia no realiza su identidad y su misión si no manifiesta, con su vida y con sus obras, el evangelio de la caridad en formas acordes a las necesidades y a los tiempos. Juan Pablo II ha pedido que en este campo la Iglesia libere la creatividad realizando lo que él ha llamado “la nueva fantasía de la caridad” NMI,50). De esta manera se puede responder a los desafíos de los tiempos, vivir con intensidad las oportunidades que nos ofrece el contexto social y responder a las necesidades de los más pobres. Hay que estar en capacidad de actuar frente a las nuevas formas de pobrezas. La realidad social y de orden público, la inequidad y la violencia, las consecuencias del conflicto armado nos exigen participación y aportes concretos a las necesidades de nuestro pueblo. Es necesario que las parroquias se comprendan como sujetos de ciudadanía territorial que se confrontan en red con los diversos sujetos de la sociedad civil en torno a la construcción de respuestas a necesidades comunitarias. El servicio de caridad debe expresarse en una lógica de promoción humana que, cada vez, degenere menos en formas de asistencialismo y tienda siempre a la recuperación de la dignidad de cada persona. Todo en una articulación arquidiocesana, que nos permita vivir el amor como familia de Dios.

6. La cooperación misionera con otras diócesis. El Evangelio es el don más grande del que disponemos los cristianos; por tanto, debemos estar dispuestos a compartirlo con todas las personas que buscan razones para vivir. Para la Iglesia, la apertura misionera no es una opción facultativa sino fundamental y ligada a su naturaleza. La fe auténtica empuja, como de un modo natural, a la misión en el propio ambiente y hasta los últimos confines de la tierra. El compromiso de evangelizar el mundo no se puede ver como una tarea reservada a algunos “especialistas”, como podrían considerarse los misioneros, sino como algo propio de toda la comunidad cristiana. Es también la forma de no encerrar la diócesis en el horizonte estrecho del “aquí y ahora”. La “missio ad gentes” es el paradigma por excelencia del compromiso apostólico. El enviar misioneros trae una creciente pasión apostólica y una nueva primavera eclesial.  Pero la misión no es tanto un problema geográfico, sino un problema de fe y de caridad pastoral. En cada lugar está el hombre concreto al que hay que anunciar el Evangelio y salvar. Es preciso empezar por los alejados y los no practicantes que sin renegar del bautismo están al margen de la vida eclesial, sin el sentido y la fuerza que da la fe.

7. La experiencia y el anuncio de la esperanza. Debemos reconocer la presencia actuante de Dios en la historia y vencer toda tentación de estancamiento, de pasividad, de mediocridad, de pesimismo, de escepticismo. Si no actuamos como navegantes solitarios, que no sintonizan con el plan de Dios y con la vida de la Iglesia, podemos lanzarnos siempre más lejos, siempre más alto. Ningún proyecto pastoral sale adelante sin una conversión comunitaria de todos. Estamos en un momento, a la vez, difícil y fascinante, que nos exige compromiso, constancia y esperanza. Es la hora de que, amando la Iglesia, trabajemos todos con confianza, con pasión y con gozo en la viña del Señor. Cada uno debe decir: me duele el advenimiento del Reino de Dios y a ello quiero dedicar todas las fuerzas de mi ser. Nuestro camino de esperanza debe ser realista inspirándonos en el principio de los “tres mejores”: es mejor poco pero unidos, que mucho pero desunidos; es mejor lo poco de muchos, que lo mucho de pocos; es mejor lo posible de hoy, que lo ideal de no se sabe cuándo. Esto muestra la importancia de la unidad, de la corresponsabilidad y de la opción de no dejar lo bueno porque no alcanzamos lo óptimo. Como advertía Juan Pablo II, un largo camino nos espera, vamos con fe hacia adelante.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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