MISIÓN AL AIRE

CONCILIO VATICANO II Y EL AÑO DE LA FE

30 | 11 | 2012

Era yo un niño todavía cuando entré al Seminario y la primera oración de todas las mañanas era aquella que el Papa Juan XXIII había mandado recitar por el éxito del Concilio Vaticano II, que apenas comenzaba: “Espíritu Divino, renueva tus maravillas en esta nuestra era como si fuera un nuevo Pentecostés, y concede que tu Iglesia, orando perseverantemente e insistentemente con un solo corazón y mente junto con María, la Madre de Jesús, y guiados por Pedro, promueva el reinado del Divino Salvador, el reino de justicia, de amor y de paz”.

Cincuenta años después, con profunda emoción, doy inicio a esta Jornada que quiere conmemorar y recoger el mensaje del mayor acontecimiento eclesial del siglo XX, que tiene y seguirá teniendo profundas repercusiones en  la vida de la Iglesia. El Vaticano II, ha dicho el Papa Benedicto XVI, es una brújula segura para orientarnos en el momento presente. Podemos estar seguros que el Vaticano II no tiene marcha atrás. Ahí están sus documentos abiertos a nuevas posibilidades, capaces de engendrar nuevas tareas, cargados de espíritu y de esperanza para el futuro.

El Concilio Vaticano II recoge importantes movimientos y sugerencias que empezaban a surgir y los encauza hacia grandes proyectos eclesiales: la apertura a la Palabra de Dios, la renovación de la liturgia, la participación de los laicos, el trabajo por la unidad de los cristianos, la tarea de la evangelización en el mundo, la defensa de la libertad religiosa. Pero, sobre todo, se ocupa de pensar la Iglesia en su conjunto, de mostrar los caminos de su unidad interior y de señalar su puesto y su misión en el mundo de hoy. Quiere una Iglesia capaz de valorar la actividad humana y que, respetando su autonomía, logre evangelizar la economía, la política, la educación, las relaciones sociales.

Vivir hoy el espíritu del Concilio Vaticano II nos pide trabajar por construir una Iglesia abierta y fraterna, defensora de la dignidad y de los derechos de la persona humana, solidaria con todas las necesidades de la humanidad, capaz de llevar a todos sus miembros a la comunión y la participación, dispuesta a vivir para el anuncio del Evangelio hasta los confines del mundo. El Vaticano II diseñó un nuevo paradigma de Iglesia que entrega la riqueza insondable que es Cristo, único capaz de esclarecer el misterio del hombre, a la humanidad con la que dialoga y camina hasta el final de la historia. Un pueblo en camino que, como signo y sacramento, anticipa aquello que Dios quiere: una sociedad en la que se vive la fraternidad, la verdad, el amor, la libertad, la justicia y la paz.

Infortunadamente, se han querido hacer diversas lecturas e interpretaciones del Concilio que no siempre han favorecido la marcha de la Iglesia llamada a impulsar el proyecto de salvación de Dios en el mundo. Hoy, como ayer, la Iglesia debe discernir nuevos signos de los tiempos: la libertad y el pluralismo, la llamada cultura digital, la informatización del conocimiento, los despliegues de la tecno ciencia, la economía del crecimiento ilimitado, las búsquedas en el campo ético y moral, las metamorfosis de la religiosidad y la sustentabilidad ecológica de la Tierra.

El tiempo que vivimos de profundas transformaciones y de grandes esperanzas nos exige ante todo la fe, que con frecuencia, ante la fuerza del secularismo, del materialismo y del relativismo, escasea o se debilita en el mundo y también en amplios sectores de la Iglesia. Así lo ha visto Benedicto XVI cuando ha querido situar este importante aniversario del Vaticano II dentro de un Año de la fe

La primera motivación para este año especial la dio el Papa cuando lo convocó: La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recodar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su propia identidad, el derecho de aquello que les pertenece, es decir, nuestra vida. Precisamente para dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto en el que a menudo se encuentran hacia el lugar de la vida, la amistad con Cristo que nos da la vida en plenitud”.

Es un año para todos nosotros, para que en el camino de la fe sintamos la necesidad de renovar el paso, que a veces se hace lento y cansado; para comprender el valor de pertenecer a la Iglesia como un antídoto a la esterilidad del individualismo que nos acosa en nuestros días; para conjugar la reflexión y la oración con la inteligencia de la fe que nos hagan sentir la urgencia de Dios en nuestra vida y en el mundo; para salir del mutismo de quien no tiene nada que decir y pasar a la alegría de comunicar la maravilla que es Cristo con un testimonio humilde y audaz; para que los que se sienten caminando en la indiferencia religiosa y en el agnosticismo encuentren de nuevo el sentido perdido y el gozo de vivir su Bautismo.

Este Año de la fe es también para responder a un clima de ignorancia religiosa que ha ido creciendo entre nosotros. Benedicto XVI lo denunciaba al referirse a “un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente”. Es decir, una carencia de lo más elemental de la gramática religiosa. Es un Año para reencontrarnos con la belleza de la Iglesia que, según comentaban los antiguos autores cristianos, crece y decrece en el tiempo como la luna. Tantas veces por las persecuciones y, sobre todo, a causa de los pecados de sus hijos entra en una fase de oscuridad; pero su esplendor depende de la luz del sol, es decir, de Cristo. Por eso, cuando nosotros lo permitimos vuelve a aparecer iluminada por su Señor para entregar al mundo el resplandor del Evangelio.

Un Año de la fe para redescubrir la grandeza de la vida cristiana, que nos saca de nuestra indiferencia e individualismo para ponernos al servicio de los demás. Por tanto, en una sociedad donde el egoísmo, la superficialidad y la violencia no dejan de extender su rastro de injusticia, de destrucción y de muerte, la fe marca una urgencia de comprometerse, con todos los medios y con todos los esfuerzos y sacrificios que sean necesarios, en la construcción de una sociedad equitativa, fraterna y en paz. La fe no es algo para otros, es para nosotros, llamados hoy a un compromiso efectivo con los que sufren y ven de diversas maneras conculcada su dignidad. 

Es con el espíritu del Vaticano II y con la fuerza de la fe, como podremos emprender la tarea de la nueva evangelización que es “una actitud, un estilo audaz”. La nueva evangelización es “el coraje de atreverse a transitar por nuevos senderos, frente a las nuevas condiciones en las cuales la Iglesia está llamada a vivir hoy el anuncio del Evangelio… Es la capacidad de hacer nuestros, en el presente, el coraje y la fuerza de los primeros cristianos, de los primeros misioneros”. Es “el esfuerzo de renovación que la Iglesia está llamada a hacer para estar a la altura de los desafíos que el contexto socio-cultural actual pone a la fe cristiana, a su anuncio y a su testimonio, en correspondencia con los fuertes cambios actuales” (Lineamenta para el Sínodo).

Como nos dice Juan Pablo II en su Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte, no se trata de “inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (NMI, 29)

Los tiempos de la Iglesia necesitan una sedimentación muy larga. Hace falta tiempo para recibir, conocer, profundizar, y aplicar el mensaje de un Concilio. Cuando en 1965 se terminó el Concilio, era frecuente escuchar esta expresión: el Vaticano II se adelantó 50 años. Esos 50 años han pasado; ha llegado la hora de que asumamos la vida y el espíritu que contiene trabajando seriamente en tres direcciones: una purificación de la Iglesia, un esfuerzo serio por vivir la unidad, un compromiso audaz para evangelizar. Esos 50 años han pasado es hora del nuevo Pentecostés que pedía el Beato Juan XXIII.

Aquí en Medellín se reunieron los Obispos de América Latina en 1968 para aplicar el Concilio a la vida de la Iglesia en nuestro continente. Un compromiso más para que nuestra Arquidiócesis permita el “aire fresco” del Vaticano II y entre ya por la puerta de la fe, que como ha señalado Benedicto XVI, está siempre abierta e introduce en un camino que no termina nunca. Que esta Jornada esté llena de bendiciones, de alegría, de compromiso y de esperanza para cada uno de Ustedes y para nuestra querida Iglesia en Medellín.

  (Apartes de la intervención en la Jornada de Reflexión para conmemorar el 50º aniversario del Concilio Vaticano II dentro del Año de la Fe, Medellín, 10 de noviembre de 2012).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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