MISIÓN AL AIRE

ACOJAMOS EL ADVIENTO

24 | 11 | 2014

Vamos a comenzar un nuevo año litúrgico. Entramos en él con el tiempo de Adviento, que nos trae la alegría de sentir que somos amados y salvados por Dios. La palabra Adviento significa “presencia” o “llegada”; se refiere a la presencia comenzada de Dios mismo en medio de nosotros. Esto implica que Dios, aunque de manera oculta, está en medio de nosotros y que su presencia aún no es total, sino que está en proceso de revelación. Es por medio de nosotros, de nuestra fe y de nuestro amor, como él quiere hacer brillar su luz.

Hay, por consiguiente, en este tiempo litúrgico una invitación a detenernos para comprender que los acontecimientos de cada día son gestos con que Dios se comunica, son signos de su amor por cada uno de nosotros. Esta experiencia de la presencia del Señor nos lleva a ver el mundo de otra manera, a contemplar nuestra vida como un espacio en el que Dios acontece, a comprometernos en la construcción del futuro como el triunfo definitivo de la verdad, del bien y de la alegría.

El llamamiento es entonces a ponernos en pie, a sacudir el sueño, pues la noche va pasando y se acerca el día; la salvación está ahora más cerca de nosotros (cf Rm 13,11). Este es un tiempo de reflexión y de esperanza que prepara nuestro corazón para que Cristo nazca en él. Nos conducirá la Palabra de Dios que clama con la voz de Isaías: “Preparen el camino del Señor” (Is 40,3); y a ella respondemos con la súplica ardiente del Espíritu que ora en nosotros: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20 ).

En la persona de María, “la hija de Sión y alegría de Israel”, la “dichosa porque ha creído lo que le fue anunciado”, el tiempo alcanza su plenitud y nos llega el Salvador.  Es ella quien nos enseña a realizar nuestro encuentro con el Señor, a estar disponibles para la obra de Dios y a caminar con esperanza hacia la tierra nueva y el cielo nuevo en los que habita la justicia (2 Pe 3,13). Esto debe tener implicaciones concretas en el respeto por la vida y la familia, en la ayuda generosa a los pobres, en la pasión por llevar a todos la alegría del Evangelio.

El itinerario hacia la Navidad que la Iglesia nos propone en este tiempo de Adviento contiene una extraordinaria riqueza de luz, de energía y de renovación espiritual, de la cual tenemos una gran necesidad para no permanecer en las tinieblas. Propongámonos  aprovechar  este don en nuestros hogares, en nuestras pequeñas comunidades y en nuestras parroquias, sin que nos domine el ambiente pagano que en estos días quieren imponer la sociedad de consumo y la superficialidad que sólo busca diversiones vacías.

Intensifiquemos la catequesis sobre el misterio de Cristo, celebremos la liturgia con especial profundidad, promovamos la fraternidad y la alegría entre todos, despertemos a la solidaridad concreta con los necesitados, sintamos que el Señor está presente en medio de su pueblo. Aprovechemos este tiempo de gracia, fuente de consolación y de esperanza. Salgamos de la pereza y de la frivolidad que paralizan nuestras mejores energías para ir, como los pastores y los magos, al encuentro del Salvador.

El encuentro con Cristo es lo único que puede renovar el mundo y sanar todos nuestros desequilibrios. Sin Cristo corremos el riesgo de no conocer la “gramática de lo humano”, de la degradación moral de los valores fundamentales, de encerrarnos en nuestro egoísmo sin buscar el bien común. Acojamos la gracia del Adviento, para descubrir el sentido de nuestra dignidad humana y cristiana, para hacerle limpieza a nuestra conciencia y para asumir una vida coherente con el maravilloso proyecto que somos y con la importante misión que se nos ha confiado.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

Haga su búsqueda: