MISIÓN AL AIRE

ORGANIZACIÓN PASTORAL DE LA ARQUIDIÓCESIS

01 | 05 | 2014

Acción pastoral para hoy

La acción pastoral es la vida misma de la Iglesia, al servicio del proyecto salvador que el Padre ha realizado en Jesús y que sigue impulsando en la historia con el poder del Espíritu Santo. Por tanto, la acción pastoral no puede verse como un acopio de sucesos aislados y eventos sin ninguna conexión, que se dan según las decisiones personales o la conveniencia de las circunstancias.  Más que hechos sin orden y que actividades desarticuladas, la pastoral es un proceso de la comunidad eclesial, un movimiento de vida, en el que hay objetivos según las necesidades, un camino por etapas y una administración de los recursos, dentro de una organización bien pensada y estructurada.

Después del Concilio Vaticano II, la Iglesia comenzó con mucho entusiasmo una profunda renovación de la acción pastoral que respondiera a nuestro tiempo, pero a medida que pasan los años parece que se retardan el avance y la eficacia que se quisieran. Mientras el espíritu de la Nueva Evangelización se actualiza y se encarna para América Latina en la Misión Continental, no se logra hacer realidad lo que se espera como respuesta a la urgente necesidad de transmitir la fe dentro de las características sociales, culturales y religiosas de hoy. Por consiguiente, debemos esforzarnos y poner todos los medios para que la pastoral tenga unas características que, en el momento actual, resultan indispensables:

1)     Pastoral con planeación. Es necesario superar la improvisación en la acción pastoral. Esta no se puede realizar según la intuición, la ocurrencia o la posibilidad de última hora. Siempre debe estar precedida del análisis, de la reflexión y de la organización que le permitan ser un proceso dentro de un plan de conjunto.

2)     Pastoral en comunión. Las decisiones y las acciones pastorales no pueden concentrarse sólo en una o en pocas personas que olvidan las cualidades y la misión de los demás. Con frecuencia, se dejan en la Iglesia muchas personas como meros espectadores pasivos, impidiendo su participación, su crecimiento y la fecundidad de un trabajo orgánico y en común.

3)     Pastoral de procesos. Es usual que cada uno quiere iniciar desde cero “su obra”, sin valorar el trabajo ya hecho por otros y sobre todo la acción del Espíritu Santo, que siempre llega antes que nosotros. Es así como la pastoral se vuelve un permanente comenzar, una colección de retazos que no integran y una fatiga para la comunidad llamada continuamente a un nuevo ensayo.

4)     Pastoral de conjunto. Si la pastoral es una actividad en la que cada uno hace lo suyo, sin conocimiento ni conexión con lo que hacen los demás, no tiene eficacia. El individualismo es el camino más rápido para dilapidar los recursos, el tiempo y las fuerzas. De un trabajo fragmentado y disperso, finalmente, no queda sino el cansancio y la esterilidad.

5)     Pastoral con calidad. La mediocridad nos margina, porque hoy el mundo vive en una competencia de calidad. No podemos permitir en el arte supremo que es la salvación de la humanidad la superficialidad y la mera apariencia. El signo más claro de la calidad es la eficacia; lograr una acción pastoral que realmente transforme las personas y ofrezca una válida esperanza al mundo.

6)     Pastoral en la unidad. Tantas veces pareciera que predicamos evangelios distintos, que tenemos tareas contrarias y que cada uno edifica su propia Iglesia. El paralelismo y aun la confrontación que generan la envidia y la competencia muestran que no sabemos mirar en la misma dirección, ni tender puentes que creen unidad. Es la perversión del egoísmo aun dentro de la casa del Señor.

7)     Pastoral con actualidad. No podemos estar fuera de la realidad y del movimiento del mundo en que vivimos. Por tanto, no cabe ni un tradicionalismo que nos estanca ni el esnobismo infructuoso. Es preciso responder a las necesidades de hoy con las propuestas que el Espíritu sugiere a la Iglesia. Si nos mantenemos sólo en la pastoral de conservación nos envejecemos y nos quedamos sin futuro.  

 

Necesidad de estructuras e instituciones

Cuando un ideal, un proyecto, una propuesta o un estilo de vida buscan permanecer y desarrollarse, se institucionalizan para trascender su momento inicial. De otra manera, pueden desvanecerse en el tiempo. La Iglesia nace en la comunidad apostólica creada por Jesús para que perdure su persona y su misión a lo largo de los siglos. La Iglesia se ha institucionalizado con diferentes variantes en cada momento de la historia y en cada latitud de la geografía. La Iglesia tiene su lado invisible en una institución, que implica una forma de organización, normas, ritos y planes de pastoral. El lado invisible de la Iglesia es la persona de Jesús que con el poder del Espíritu Santo habita y actúa en ella hasta dar cumplimiento a los planes del Padre.

La Arquidiócesis de Medellín es una expresión institucionalizada de la presencia de Jesús y de la misión que él entregó a sus apóstoles. La institución es apropiada en la medida en que manifiesta el don que la hizo surgir y es fiel a la misión que ha recibido. La misión nunca cambia, pero la institución a veces se modifica para ser fiel a la misión. La organización de la Iglesia no puede ser sólo como la de una empresa económica o como la de una asociación civil que buscan lucro o fines sociales. Si la misión de la Iglesia es pastoral, una diócesis tiene que organizarse de la manera que le facilite más el anuncio del Evangelio, la celebración del misterio de Cristo y el servicio integral a los más necesitados. 

Como la institución y la organización en la Iglesia tienen que estar en función de la evangelización y no al contrario, cuando es necesario, se deben crear o modificar las estructuras pastorales para que los procesos y actividades correspondan a su misión. Esto es lo que señala la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano: “Las transformaciones sociales y culturales representan nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales” (A, 367). También indica que “ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (A, 365).

Es así como estamos llamados en la Arquidiócesis a construir o perfeccionar una organización y una estructura que respondan a los desafíos que entraña hoy la acción pastoral, dados los cambios sociales y culturales, las circunstancias en que vive la población y las características de la nueva evangelización. Por tanto, he visto, ante todo, la urgencia de crear el recomendado Consejo Arquidiocesano de Pastoral, que hasta ahora no ha existido en la Arquidiócesis y, a partir de él, crear Consejos Pastorales, a nivel vicarial y arciprestal. Estos, a su vez, estarán integrados a Comités Pastorales y a los Consejos Pastorales Parroquiales. A través de esta organización, que tiene su orientación y animación en la Curia Arquidiocesana y que debe dar amplia participación al laicado, se llega a darle vida y articulación eclesial a las pequeñas comunidades y a los equipos apostólicos de las Parroquias.

 

Orientaciones del Magisterio acerca del Consejo Diocesano de Pastoral

Sabemos que el Concilio Vaticano II urgió la responsabilidad de todos los cristianos a integrarse en la vida de la Iglesia y a participar activamente en su misión. Vale la pena recordar este texto importante de la Lumen Gentium: “Los Pastores son conscientes de que Cristo no los puso para que por sí solos se hagan cargo de toda la misión de la Iglesia para salvar al mundo. Saben que su excelsa función consiste en pastorear a sus fieles y reconocer sus servicios y carismas, de tal manera que todos, cada uno a su manera, colaboren unánimemente en la tarea común. Conviene, en efecto, que todos, realizando la verdad en el amor, crezcamos en todo en El que es la Cabeza, Cristo. Por El todo el cuerpo, compacto y trabado por todas las junturas que lo alimentan, con la actividad peculiar de cada uno de los miembros, va creciendo como cuerpo, construyéndose a sí mismo por el amor” (LG n. 30).

En este contexto, el Vaticano II señaló la importancia del Consejo de Pastoral, como un cauce especial para las diversas vocaciones eclesiales. El Decreto Christus Dominus dice: “Es de desear que en cada diócesis se instituya un Consejo especial Pastoral, al que presida el mismo obispo diocesano, y del que formen parte clérigos, religiosos y laicos especialmente escogidos. Función de este Consejo será estudiar y sopesar lo que atañe a las obras pastorales y sacar del estudio conclusiones prácticas” (CD 27). La misma recomendación aparece en el Decreto Ad Gentes: “Para una mejor coordinación, el obispo constituya, en cuanto sea posible, un Consejo pastoral en el que participen los clérigos, los religiosos y los laicos por medio de delegados elegidos” (AG 30).

Algunos documentos post-conciliares hacen nuevas referencias acerca de la importancia del Consejo de Pastoral. El Motu Proprio Ecclesiae Sanctae señala su finalidad propia: “Estudiar, sopesar, sacar conclusiones prácticas, en todo lo referente a las obras pastorales, con objeto de promover la conformidad de la vida y actos del Pueblo de Dios con el Evangelio” (ES 16). La Carta Circular Omnes Christifideles, de la Congregación para el Clero, publicada el 25 de enero de 1973, es el documento más completo sobre este tema. Luego, la Exhortación Christifideles Laici vuelve a insistir en su necesidad: “En este sentido el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal forma de colaboración y de diálogo, como también de discernimiento, a nivel diocesano” (ChL 25).

Igualmente, el Código de Derecho Canónico se refiere al Consejo Pastoral Diocesano en los cánones 511 a 514, invitando a que se constituya en cada diócesis, señalando que es un organismo en el que se encuentra representada, por medio de diversas personas, toda la comunidad diocesana y que su tarea es promover la animación y coordinación de la acción pastoral en la diócesis. Después da indicaciones precisas para su constitución y funcionamiento. Entre las orientaciones que ofrece San Juan Pablo II, en la Novo Millennio Ineunte, para la Iglesia que se adentra en el siglo XXI está la indicación de que los espacios de comunión deben ser ampliados de día en día, a todos los niveles, en el entramado de cada Iglesia particular.

Y, después, afirma: “La comunión debe ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el Pueblo de Dios, entre el clero y los religiosos, y se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho Canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa, sin embargo no pierden por ello su significado e importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre pastores y fieles, manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas y compartidas” (NMI 45).

 

Una organización pastoral a partir del Consejo Pastoral Arquidiocesano

El Consejo Arquidiocesano de Pastoral es un organismo eclesial de comunión y consulta, presidido por el Arzobispo e integrado por clérigos, religiosos y, sobre todo, por laicos, que representan toda la porción del pueblo de Dios que constituye la Arquidiócesis. Es, por lo tanto, un organismo representativo, permanente y consultivo. Las propuestas del Consejo que sean aprobadas por el Arzobispo son vinculantes para toda la Arquidiócesis. Su finalidad es estudiar y valorar todo lo que se refiere a las actividades pastorales, sugerir conclusiones prácticas sobre ellas, impulsar programas e iniciativas que respondan a los nuevos desafíos, a fin de promover la vida del Evangelio en el  Pueblo de Dios.

Se trata de un colegio, que refleja y expresa la sacramentalidad y comunión de la Iglesia particular y que ayuda en la orientación y animación de la acción pastoral. Su naturaleza consultiva no disminuye su valor y su incidencia en la vida diocesana. Su finalidad es descubrir, estudiar y valorar tanto los problemas generales como las posibilidades de la vida pastoral para sugerir prioridades, objetivos, instrumentos, recursos y medios que sobre el particular se deben considerar. Es un organismo de planificación, organización, coordinación y evaluación de la acción pastoral. Igualmente, propicia el diálogo, el encuentro y la unidad entre diversas instituciones y miembros de la Iglesia y, de esta manera, promueve la comunión y la corresponsabilidad del Pueblo de Dios.

A partir de la Curia Arquidiocesana y del Consejo de Pastoral, mediante una organización bien establecida y en articulación con todas las entidades arquidiocesanas, se debe estructurar y animar la vida pastoral en las Vicarías, los Arciprestazgos y las Parroquias.  De esta manera, como se ha hecho con diversas formas de participación desde el comienzo de la Iglesia, se crea la posibilidad de que presbíteros, religiosos y laicos vivan su vocación bautismal y la misión que conlleva. La organización e interacción de Consejos a diversos niveles, de Comités para atender distintos frentes pastorales, de Equipos  apostólicos en las parroquias dan la oportunidad de que todos, y especialmente los laicos, puedan aportar los carismas y servicios en que se manifiesta la organicidad del Cuerpo de Cristo y a través de los cuales se realiza la misión.

Espero que la constitución del Consejo Pastoral Arquidiocesano, que no ha existido en Medellín y que pronto se hará, sea el punto de partida para establecer una organización pastoral estable y articulada en nuestra Iglesia particular.  Así se completa y se da mayor funcionalidad a la estructura que se comenzó con la creación de las Vicarías Episcopales de Zona y los Arciprestazgos. De esta manera, tendremos, contando con el favor de Dios, una estructura y una organización que nos permita dinamizar, extender, articular y hacer efectiva la acción pastoral en nuestra Arquidiócesis. Los invito a todos a acoger y a comprometerse con esta iniciativa y estos propósitos que nos ayudarán a responder a la misión de siempre y a las actuales exigencias de la nueva evangelización, cuyo espíritu y primeros horizontes nos han sido propuestos en el Concilio Vaticano II. 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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