MISIÓN AL AIRE

LA PARROQUIA, COMUNIDAD DE COMUNIDADES

01 | 06 | 2012

EXPERIENCIA CRISTIANA Y VIDA COMUNITARIA

El cristianismo está diseñado para ser vivido en comunidad. Por eso, Jesús pedía a sus discípulos que permanecieran unidos en su nombre, como aparece en la parábola de la vid y los sarmientos o en la oración sacerdotal (cf Jn 15,17). Los Hechos de los Apóstoles presentan las maravillas que hace la fraternidad en las primeras comunidades cristianas hasta describir a los fieles como “un solo corazón y una sola alma” (cf He 4,32-37; 2,42-47). La vida comunitaria es esencial a la experiencia cristiana, hasta el punto que el ser discípulo misionero de Cristo supone pertenecer a una comunidad cristiana determinada. Esta pertenencia que se tiene por la comunión efectiva con la propia diócesis y la propia parroquia, puede expresarse también a través de comunidades menores. Por eso se dice que la parroquia debe ser una “comunidad de comunidades (cf  DA 164-180).

La parroquia, por tanto, no es una masa; en ella puede haber diversas expresiones de vida eclesial, que deben ser valorizadas, animadas e integradas en la realización de la única vida y misión de la Iglesia. Afortunadamente, se ven hoy en muchas parroquias múltiples manifestaciones de vida cristiana en comunidad, comenzando por las familias que viven el Evangelio y que son verdaderas iglesias domésticas. Y luego, muchas otras formas organizadas de vida eclesial que no pueden existir sino para expresar y apoyar la vida de la Iglesia, según la vocación y el carisma propios de cada una. Pero es preciso observar que todas esas variadas expresiones de vida eclesial no se bastan a sí mismas, sino que se completan en la relación con una comunidad eclesial más amplia, que acontece en la parroquia y que culmina en la diócesis que vive en la comunión universal de la Iglesia. 

De otra parte, como ya se ha dicho, la parroquia tampoco se basta a sí misma y no puede cerrarse sobre sí misma. Ella está unida a las demás parroquias y al Obispo, sucesor de los Apóstoles, que une en torno a Cristo Pastor la gran comunidad diocesana en la comunión de la misma fe, esperanza y caridad. Esto se puede expresar, de manera práctica, por la integración viva de las parroquias a los arciprestazgos y vicarías, que son lugares y organismos concretos de comunión, de participación y de misión.  El Obispo, a la vez, promueve la comunión de toda la diócesis con las demás diócesis de la Iglesia y con el Papa, el sucesor de Pedro, que confirma a todos en la fe en Cristo. De esta manera, las parroquias tienen la posibilidad de abrirse a la comunión universal y tomar parte con sus posibilidades y carismas en la misión y en la responsabilidad de toda la Iglesia.

Por tanto, la fuerza que es la raíz local se arruina si una expresión de vida eclesial o la misma parroquia se acomodan en un particularismo cerrado que se vuelve su límite y hasta su propia muerte. No existe la posibilidad de la parroquia o la comunidad cristiana autosuficiente. La comunión más perfecta de la Iglesia se realiza en la celebración de la Eucaristía, presidida por el Obispo encargado de enseñar y conducir, en nombre de Cristo, el cuerpo eclesial. Igualmente, la comunidad cristiana se hace visible, de modo particular, en las celebraciones eucarísticas de los domingos en las parroquias. En el día del Señor, en torno a Cristo Resucitado presente entre los que se reúnen en su nombre (cf Mt 18,20), los discípulos de Jesús se congregan para escuchar su Palabra, para la oración en común, para crecer en la fraternidad, para hacer la memoria del Señor por la Eucaristía y para recibir el envío misionero. 

Las pequeñas comunidades eclesiales

Para renovarse, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha estado buscando la comunidad descrita en los Hechos de los Apóstoles. Decía el Beato Juan XXIII: “Lo que el Concilio se propone es hacer un momento de pausa en torno a la Iglesia para descubrir en un estudio afectuoso los trazos de su juventud más ardiente y remozarlos hasta revelar su fuerza conquistadora a los espíritus modernos tentados y comprometidos por falsas teorías del Príncipe de este mundo. El cometido del Concilio Ecuménico ha sido concebido para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los trazos más simples y más puros de su origen” (13-XI-1960). Es así como el Vaticano II ve en la experiencia comunitaria de los orígenes (He 2,42-47) el modelo no sólo de la vida religiosa sino de todo el Pueblo de Dios (cf LG,13; DV 10).

La Iglesia, a lo largo de la historia, se ha expresado en diversos modelos según los contextos culturales en los que ha debido encarnarse. Hoy, para responder a los desafíos de nuestro tiempo, busca confrontarse con el modelo de la Iglesia primitiva. Así lo reconocía también Pablo VI cuando, advirtiendo que hay que conservar todo el patrimonio acumulado en la historia, indicaba la necesidad de “recomenzar desde el principio” realizando una “construcción fatigosa, fresca, genial” como “si la Iglesia debiera comenzar de nuevo hoy” (8-VI-1976). Las Conferencias del Episcopado Latinoamericano han visto en la pequeña comunidad eclesial de base la concreción de la eclesiología de comunión pedida por el Concilio y como un núcleo de expansión de la fe. La II Conferencia, en Medellín, la describía como “la célula inicial de estructuración eclesial y foco de evangelización y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo” (PC,10).

Pablo VI, en la Evangelii Nuntiandi les da el más pleno reconocimiento a las pequeñas comunidades y establece los criterios de su eclesialidad (EN,58). El Sínodo de la Catequesis (1977) constata que hay muchas parroquias que están lejos de constituir una verdadera comunidad cristiana e indica que la vía ideal para renovarla podría ser convertirla en una “comunidad de comunidades” (Prop. 27). La III y IV Conferencias del Episcopado Latinoamericano confirman la línea de Medellín mostrando la urgencia de crear pequeñas comunidades y la importancia que tendrán en el futuro (cf DP,155,617,641,643; SD,58). En la V Conferencia se enfatiza aún más este camino (cf DA, 178-180; 307-310). Las comunidades eclesiales no son un movimiento apostólico o pastoral, ni una cofradía o asociación, ni grupos de reflexión y de trabajo, sino la Iglesia del Señor que aflora en núcleos, en células, en pequeñas familias de vida cristiana.

No pocos estudiosos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte de la difusión y el vigor de pequeñas comunidades de discípulos de Jesús, que se reúnan en su nombre y guiados por su Espíritu para aprender a vivir e irradiar juntos el Evangelio. La fe cristiana no logra apoyarse ya en el ambiente sociocultural. Las llamadas sociedades cristianas van quedando excedidas por el estilo de vida de la sociedad moderna y por las propuestas de la nueva cultura. Si nos queremos ocupar de lo esencial, tenemos en el proyecto de pequeñas comunidades un camino concreto para asumir y difundir la vida nueva que Jesús nos trajo. Es allí donde la sociedad de hoy podrá ver de modo preciso la presencia de Dios que es Padre y cómo la persona, superando la esclavitud del egoísmo, es capaz de trabajar por una vida más humana y comprometerse con la suerte de los más pobres.


La vida y la integración de pequeñas comunidades en las parroquias

Las parroquias son el espacio normal donde los bautizados viven su condición de discípulos de Jesús, donde maduran y expresan su fe, se organizan para vivir la caridad y se hacen capaces de testimoniar la esperanza. Es el lugar donde hacen la experiencia personal y comunitaria del encuentro con Dios por medio de Cristo en el don del Espíritu Santo. Por eso la parroquia tiene la misión de formar en los caminos del Evangelio a todos los bautizados. A pesar de las deficiencias, la evangelización ha sido el mayor servicio que la Iglesia le ha prestado a la humanidad. Hoy, la Iglesia está renovando su propósito de evangelizar y de hacerlo mejor para que nuestros pueblos tengan vida. Por eso, en Aparecida se ha hablado de una “conversión pastoral”, que superando cansancios, formas inadecuadas y la simple preocupación de conservar lo que existe, se ofrezca a los fieles espacios de acogida y pertenencia, de vida espiritual y de experiencia apostólica (cf DA 365-379).
 
En esta tarea de formar discípulos de Cristo, las parroquias  deben llegar a integrar y comprometer eficazmente todas las fuerzas vivas de la parroquia, grupos, organizaciones, movimientos, instituciones y diversas iniciativas pastorales. Sobre todo, es fundamental, a partir de procesos de iniciación cristiana y de maduración de la fe, llegar a la formación de pequeñas comunidades cristianas y a que la parroquia sea “comunidad de comunidades”. A través de pequeñas comunidades puede hacerse eficaz la evangelización, llegar a una verdadera renovación pastoral, lograr la participación y corresponsabilidad de los laicos, integrar las nuevas generaciones y los alejados a la Iglesia, ofrecer a la sociedad desde un testimonio vivo la Palabra de Dios, llevar la vida cristiana a espacios de más difícil acceso, como las zonas rurales o las urbanizaciones y condominios en las ciudades.

Los discípulos de Jesús necesitan el espacio simple y natural de una pequeña comunidad donde, en un estilo de vida que viene desde la Iglesia primitiva, puedan sentir la presencia del Resucitado, experimentar la acción del Espíritu Santo, escuchar la Palabra de Dios, lograr la eficacia de la oración comunitaria y vivir con alegría la fraternidad. Allí se liberan del anonimato de la gran comunidad parroquial, reciben ayuda de un modo personal y aportan sus cualidades al servicio de la vida y misión de la Iglesia. Por tanto, además de los ambientes y comunidades funcionales en los que la Iglesia no puede estar ausente, como las clínicas, las escuelas, los colegios, las universidades, los centros de cultura y servicio social, las cárceles, las fábricas, las empresas y otras instituciones, es importante promover la presencia visible y organizada de pequeñas comunidades eclesiales en todo el territorio de la parroquia. 

Las pequeñas comunidades, sin embargo, no pueden pretender ser los únicos destinatarios o los únicos agentes de evangelización. La parroquia es más que sus pequeñas comunidades. Pero estas parroquias integradas por pequeñas comunidades son el punto de partida de la nueva evangelización porque saben dar el primer anuncio, pueden presentar la alegría y las maravillas que hace la fraternidad, pueden hacer más viva la vida litúrgica y tienen músculo para emprender la tarea misionera. Las parroquias pueden acoger diversos tipos de pequeñas comunidades que logren integrarse al plan pastoral de la parroquia y de la diócesis, así brindan oportunidades para que los carismas se expresen, crezcan, se integren y sean fecundos para la única misión de la Iglesia. Sin embargo, es preciso conocer bien los distintos sistemas de formación de comunidades, aplicarlos adecuadamente, seguirlos con orden y paciencia, y tener personas competentes que conduzcan con responsabilidad sus procesos.

Quienes orientan y animan pequeñas comunidades deben estar en permanente comunicación con el párroco informando lo que hacen y recibiendo su orientación. Igualmente, deben seguir y aprovechar las orientaciones e instrumentos pastorales que brindan el Arzobispo y la Curia arquidiocesana. Es también importante que en estos procesos se integren los sacerdotes, los religiosos y los laicos, aportando primero el testimonio creíble de su vida cristiana y después los dones y recursos que pueden contribuir al buen desarrollo del gran proyecto de la evangelización. Todo lo que esté por fuera de la comunión hace infecunda la evangelización y repercute negativamente en las comunidades y en las parroquias. En cambio, pequeñas comunidades en plena comunión y organización pastoral son una fuente de auténticos discípulos de Cristo, de catequistas, de animadores de la liturgia, de servidores de los pobres, de vocaciones a la vida sacerdotal o religiosa, de laicos comprometidos con la evangelización del mundo.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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