MISIÓN AL AIRE

ALGUNOS CRITERIOS FUNDAMENTALES PARA LA RENOVACIÓN DE LAS PARROQUIAS

01 | 03 | 2012

Hemos venido considerando la necesidad de una profunda renovación de las parroquias, para que respondan a la identidad que deben tener hoy en la Iglesia y para que realicen la tarea que les corresponde en el mundo. Las parroquias, con sus múltiples comunidades menores y organizaciones eclesiales, integradas profundamente a la Diócesis, son el lugar donde la vida y la misión de la Iglesia acontecen de modo concreto. Por tanto, en la parroquia, como en toda la Iglesia, debe aparecer siempre la actuación de la triple misión de Cristo: el anuncio del Evangelio, la santificación de los fieles y el fomento de la caridad. Así, por la fuerza del Espíritu y a través de sus discípulos, Cristo continúa presente en el mundo. Para que esto sea posible conviene tener a la vista algunos criterios fundamentales y algunas opciones de fondo con los que debe conducirse la vida parroquial. 

Se debe empezar por creer en la parroquia. Ante la visión pesimista de algunos pastoralistas que opinan que la parroquia es una institución superada y ante el descuido pastoral en que están ciertas parroquias, debemos afirmarnos en la convicción que la parroquia es un instrumento fundamental para la nueva evangelización y para la transformación del mundo. La parroquia, comunidad de discípulos de Cristo que se congrega de forma organizada bajo la responsabilidad de un ministro ordenado, es la expresión normal y primera de la vida cristiana y del itinerario para madurar en la fe. Ella es una comunidad en la cual y con la cual Cristo reconfirma la presencia de Dios. A través de las parroquias, la Iglesia puede responder con fórmulas profundas y audaces a los dos grandes males de nuestra sociedad: la dicotomía entre fe y culturas y la ruptura entre fe y vida. 

La parroquia debe poner en el centro a Cristo. La parroquia es el espacio para provocar y educar la fe en Cristo, hasta el punto que los fieles sientan a Cristo vivo y presente. Hay que hacerlo dentro de las debilidades y las fatigas cotidianas para creer y para entregarle la vida a Dios. Si la parroquia no logra poner las personas delante de la propuesta de Jesús no es cristiana; puede ser, más bien, un almacén de cosas de Iglesia. La fe debe darle gusto al vivir; Cristo es la clave para sentirnos hijos de Dios y para caminar como hermanos. Estamos llamados a ofrecer la pasión por la vida con la misma fuerza y compromiso con que proponemos el amor entre los hermanos. Deben crearse medios, entonces, para afrontar el sentido y las preguntas profundas de la vida; para abrir las personas, sin respuestas prefabricadas, a acoger el primer anuncio con mayor empeño, a través de un  proceso progresivo de iniciación cristiana. Esto exige, más que normas y ritos, llegar a sentir a Cristo vivo y seguirlo.

Las parroquias deben estar al servicio de la Palabra de Dios. Anunciar la Palabra de Dios y testimoniarla con la vida es una tarea fundamental de la parroquia. Cristo quiere, a través de las parroquias, continuar anunciando la Buena Noticia. La Iglesia vive de la Palabra, como vive de la Eucaristía. El anuncio de la Palabra despierta la fe y fructifica en las buenas obras. Sin un constante anuncio de la Palabra la fe se enfría, la moral se desvía, las organizaciones eclesiales pierden su sentido y la comunidad se desintegra. Sería como un árbol que ya no recibe agua. Toda pastoral parroquial debe estar inspirada, motivada e impregnada por la Palabra de Dios (cf VD, 72-78). El anuncio y la acogida de la Palabra de Dios acontecen de modo privilegiado en la liturgia, con la proclamación de las lecturas y la homilía. Pero, en una parroquia, deben ser muchas las iniciativas al servicio del anuncio de la Palabra de Dios en las diversas etapas de la vida de los fieles. 

Es preciso trabajar por la santificación del pueblo.  Desde el Bautismo hemos sido hechos hijos de Dios, por eso estamos llamados a vivir una vida santa, como es santo el que nos llamó (cf 1 Pe 1,15). Esto implica una comunión constante con Dios, para hacer su voluntad. La Iglesia es la comunidad de los “santificados” por la gracia de Dios, llamados a vivir una vida santa y a santificar el mundo. El Vaticano II nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad y que realizamos de diversas maneras esta vocación (cf  LG, 39-42). Las parroquias tienen la misión de proporcionar a todos los fieles los medios adecuados para vivir la santidad, mediante el anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, la práctica de la oración, el cultivo de las virtudes cristianas y la vida comunitaria. Constituye una gran misión colaborar para que los fieles sean atraídos por Cristo, fuente de vida.

Hay que llegar a formar un pueblo sacerdotal y profético. El sacerdocio más importante es el común. El fin del sacrificio de Cristo ha sido el de “inventar” el sacerdocio común. El sacerdocio común, que es el de todos incluidos los ministros ordenados, es un sacerdocio existencial, que da la capacidad de ofrecer sacrificios de alabanza, de volver la propia vida una ofrenda a Dios. El sacerdocio ministerial es un sacerdocio de mediación; la mediación indispensable y única de Cristo para encontrar al Padre, que sacramentalmente hacen presente el obispo y el presbítero. Estos dos sacerdocios son queridos por Cristo y están profundamente unidos y cuanto más se integran tanto mejor se hace la comunión y el crecimiento de la Iglesia. No son los laicos los que ayudan al presbítero creyendo que sólo a él le corresponde salvar el mundo; es el presbítero quien ayuda a los laicos para que asuman la vida nueva que trajo Cristo y cumplan la tarea de llegar a todos los ambientes con el anuncio del Evangelio. La parroquia es entonces una comunidad de bautizados que se hacen ayudar de los presbíteros para vivir la belleza de la vida cristiana, la fuerza de la comunión y la alegría de la misión. Esta es la Iglesia del Nuevo Testamento a la que deben convertirse las parroquias.  

Darle toda su primacía al amor. La caridad no puede ser sólo uno de los empeños de la parroquia, sino su profunda realidad. Es en el amor donde se ve la vocación esencial de la Iglesia. Mientras no nos amemos el mundo no va a creer que Cristo es el enviado del Padre (cf Jn 17,21), no estaremos en la verdad (cf 1 Jn 3,19), no contaremos con nuevos discípulos (cf He 2,47). Cristo continúa siendo el Buen Pastor que conoce sus ovejas, las llama por su nombre y las conduce, a través de la Iglesia, su comunidad pastoral en el mundo. Por eso, la parroquia debe ser el lugar de acogida de todos, de atención especialmente a los que sufren, de búsqueda de los alejados. La parroquia debe ser un signo de Cristo que reúne, llama, guía, defiende, ama y entrega la vida por todos (cf Ez 34; Jn 10). La caridad debe ser personal pero también comunitaria y organizada para que pueda responder a tareas concretas como la promoción de la dignidad de la persona, la defensa de los derechos humanos, la difusión de la doctrina social de la Iglesia, la formación sólida de personas para el liderazgo político y social, la buena administración de los recursos. Por tanto, de una parte, es necesario acrecentar la fraternidad entre los miembros de la parroquia y cuidar la unidad profunda con la Iglesia universal y particular; y, de otra, debe haber diversos servicios organizados de caridad e iniciativas de solidaridad para ayudar especialmente a los pobres.

Las parroquias trazan su camino en oración y discernimiento. La fidelidad al Evangelio exige ver, analizar y juzgar las diversas situaciones que vivimos, reconociendo en ellas los signos de la presencia de Dios y, por tanto, las opciones que se deben seguir para llevar una vida personal y comunitaria de acuerdo con la voluntad de Dios. En este discernimiento vivió Nuestro Señor Jesucristo que no quería sino seguir el  proyecto del Padre (cf (Mt 6,10; 7,21; 12,50; 26,42). Igualmente la primitiva comunidad cristiana, que había recibido el encargo de discernir los signos de los tiempos y de dejarse guiar por el Espíritu, tuvo que mantenerse en oración y en discernimiento para clarificar el designio y la voluntad de Dios sobre ella. San Pablo exhorta a sus comunidades a un permanente discernimiento y les enseña los criterios para conocer lo que Dios quiere (cf 1Cor 14; Gal 5,14-22; 2Cor 12,12). El Concilio Vaticano II enseña que “para cumplir su misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda responder a los perennes interrogantes de la humanidad” (GS, 4). Por consiguiente, las parroquias deben buscar permanentemente en la oración y el discernimiento lo que Dios quiere en cada tiempo y lugar para sus hijos.

Mantener una opción preferencial por los jóvenes. Hoy las parroquias deben tener como una de sus más hondas preocupaciones la de comunicar la fe a los jóvenes y promover las vocaciones. No se les puede ofrecer a los jóvenes sólo la participación en la Eucaristía, sino también una red de relaciones, espacios de encuentro y propuestas pastorales que respondan a sus inquietudes y necesidades. Hay que proporcionales “puentes” entre la Iglesia y el mundo, entre su vida y la comunidad cristiana. Esto exige lugares apropiados, dinámicas especiales y sobre todo laicos bien formados para ser apóstoles de la juventud. Dentro de este acompañamiento es necesario ayudarles a descubrir su puesto y su misión dentro del plan de Dios y dentro de la Iglesia, llamándolos abiertamente a optar por el ministerio sacerdotal, por la vida religiosa o por el compromiso apostólico como laicos. De un modo especial, hay que presentarles la importancia y la santidad del sacramento del matrimonio y de la vida familiar. 

Construir parroquias abiertas a todos. La parroquia no es una mónada cerrada o una reserva exclusiva de alguno por una repartición geográfica, sino una célula viva caracterizada por dos referencias imprescindibles: la Iglesia diocesana y el territorio en el cual vive. Está llamada por su misma naturaleza a ponerse en diálogo con todas las fuerzas evangelizadoras y sociales presentes. También la Iglesia puede volverse una comunidad líquida, que toma la forma del recipiente, una comunidad estética de almas selectas y solitarias que se hacen indemnes a los riesgos de la compleja sociedad en que vivimos, una comunidad aséptica que no asume responsabilidades éticas y compromisos frente a los demás. Algunos incluso se dedican a crear la propia comunidad para salvarse ellos y los de su misma categoría. Es lícito preguntarnos si tenemos laicos dedicados a la comunidad de todos, a la simple experiencia del pueblo de Dios, que reúne toda clase de personas de todas las condiciones sociales y culturales. Podemos preguntarnos si está desapareciendo en los proyectos pastorales el laico “común” que puede realizar su vida cristiana dentro de la realidad cotidiana y la pertenencia a su parroquia. Es preciso abrir espacio a todas las personas para que puedan encontrar la experiencia de la fe allí donde viven sin tener que buscar asociaciones elitistas y especiales. Una parroquia católica debe acoger a todo el mundo y tener propuestas pastorales y oportunidades para todos. La acogida no es un hecho espontáneo sino querido y programado. Los fieles deben ver la parroquia como una ventana sobre toda la Iglesia y sobre el mundo entero.  

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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