MISIÓN AL AIRE

LAICISMO Y LAICIDAD

01 | 10 | 2011

Una persecución religiosa de tipo cultural

El laicismo quiere imponerse con fuerza. Así aparece en ciertos ámbitos académicos y en al-gunos movimientos de presión que buscan marginar y excluir lo religioso de la esfera pública, especialmente de los centros e instituciones del Estado. En la Jornada Mundial de la Juventud hemos percibido cómo arrecia el ataque laicista a la Iglesia. Otra vez, la han emprendido di-rectamente contra Benedicto XVI. Ya es habitual que, para cada uno de sus viajes, los laicistas diseñen una campaña en contra: se prefabrica un enfrentamiento con los musulmanes, se politiza la revocación de la excomunión a los obispos lefevrianos, se monta un escándalo por la descalificación del preservativo como el “mejor medio” para controlar el sida, se acusa al Vaticano de tolerancia con los sacerdotes pedófilos y, últimamente, se protesta mentirosamen-te porque el Estado tenga que sufragar los gastos de un viaje del Papa. 

El primer propósito fue impedir, mediante la influencia de los medios de comunicación, que se lograran los objetivos de los viajes apostólicos; ahora al constatar que todos resultan exitosos, apuntan a que se supriman alegando que son una carga injusta para los países visitados. Es un ataque in crescendo sobre el cual ya se han escrito muchos artículos y algunos libros en los que se reconstruye la trama que hay detrás y los actores que la promueven. Pero, en último término, el ataque no es propiamente contra la persona del Papa. Benedicto XVI es inexpugnable en su imagen, su serenidad, su lucidez, su firmeza y su doctrina; como vemos, va adelante con una tímida sonrisa y sin retroceder un milímetro. La guerra es entre el laicismo y el cristianismo. Si se ataca al Papa y a los sacerdotes es para mostrar que la Iglesia no tiene autoridad moral, que el culto es una farsa, que la educación católica es un peligro y que el cristianismo, en general, es un terrible engaño. 

En esta misma línea, se sitúa el plan bien organizado de imponer en la legislación de todos los países, a través de los parlamentos o las cortes, el aborto, el matrimonio homosexual, la euta-nasia y otras prácticas contra la vida y la familia. Se busca incluso excluir todo símbolo reli-gioso de los lugares públicos. Más aún, se quiere intervenir dentro de la misma Iglesia para que, entre otras cosas, se elimine el celibato, se admitan las mujeres a la ordenación sacerdotal, se suprima el sigilo sacramental en la confesión. El laicismo no soporta el cristianismo y al buscar su destrucción, sin darse cuenta, promueve también una destrucción social, como aparece cada vez más claro con el debilitamiento y desarticulación de valores e instituciones fundamentales; cuando se acaba la religión peligra la propia libertad y se mina profundamente la democracia. Y, paradójicamente, cuando quieren reducir la Iglesia a la impotencia y al si-lencio, esos ataques la llevan a que viva mejor su íntima naturaleza y su verdadera identidad.

La ideología laicista

Comencemos por precisar que el laicismo es la corriente de pensamiento que defiende la exis-tencia de una sociedad organizada aconfesionalmente, cuyo ejemplo más representativo es el llamado “Estado laico”. Hay que resaltar que el término “laico” (del griego laós: pueblo) apa-rece, por primera vez, en un contexto cristiano. El Diccionario de la Real Academia Española nos muestra el término laico como un adjetivo que también se usa como sustantivo y se aplica a una persona, en dos acepciones, “que no tiene órdenes clericales” o que es “independiente de cualquier organización religiosa”. El concepto de “Estado laico”, opuesto por el laicismo al de “Estado confesional”, se vincula a la estricta separación entre las instituciones del Estado y las iglesias o prácticas religiosas. Lo mismo vale cuando se habla de pensamiento laico, moral laica, educación laica, ciencia laica, política laica.

Los propulsores de esta ideología consideran que están garantizando la libertad de conciencia además de impedir la imposición de las normas y valores morales particulares de las religiones. Se pretende ignorar o circunscribir la religión al ámbito privado y permitir mejores condiciones para la convivencia de la diversidad religiosa, poniendo al Estado de árbitro y señalando como reglas del juego los derechos humanos. Se busca tener, entonces,  una normatividad y una moral de Estado que, en la práctica, quedan a merced de la ideología predominante del partido de gobierno. En general, y con algunos elementos razonables, se afirma que el laicismo es un principio indisociable de la democracia, porque las creencias religiosas no se deben imponer a nadie ni deben convertirse en leyes. 

El Concilio Vaticano II aborda esta problemática cuando señala que debe trazarse de un modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna. El Papa Benedicto XVI explica que “esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la “religión dentro de la razón pura” y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe”  (22-XII-2005). El enfrentamiento de la doctrina de la Iglesia con ciertas posiciones que pretenden hacer superflua la “hipótesis de Dios” sigue planteando preguntas sobre la relación entre la fe y la razón, entre la fe y las ciencias naturales, entre la Iglesia y el estado, entre la fe cristiana y las demás religiones. 




Hacia una sana laicidad

Frente a la ideología laicista que quiere excluir e incluso combatir la presencia de lo religioso no sólo en el Estado, sino en cualquier ámbito público o social, interviniendo incluso contra las libertades individuales, es preciso presentar una sana laicidad que establezca un mutuo respeto entre Iglesia y Estado fundamentado en la autonomía de cada parte. La Iglesia apoya el principio de laicidad, siguiendo a Jesús, quien rechazó la tentación mesiánica de una teocracia y enseñó: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20,25). Sin embargo, la laicidad del Estado no debe equivaler a hostilidad o indiferencia frente a la re-ligión o frente a la Iglesia. Esta laicidad debe permitir la cooperación con todas las confesiones religiosas dentro de los principios de libertad religiosa y neutralidad del Estado. La base de la cooperación está en que ejercer la religión es un derecho constitucional y es un beneficio para la sociedad. 

De hecho, “no se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo funda-mental” (Benedicto XVI, 24.1.2005). Cuando en la concepción de la vida hay una visión arre-ligiosa, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón y para una ley moral vigente en todo tiempo y en toda situación, se socavan las bases mismas de la convivencia humana, pues antes de ser de orden social y político, estas ba-ses son de orden moral (cf  Benedicto XVI, 9.12.2006). Es necesario entonces elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a la ley moral el lugar que les co-rresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión, como afirma el Conci-lio Vaticano II, que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores pro-pios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” (GS 36).
 
Esta autonomía es una “exigencia legítima, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador, pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte”. Por el contrario, si con la expresión “autonomía de las realidades terre-nas” se quisiera entender que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces la falsedad de esta opinión sería evidente para quien cree en Dios y en su presencia trascendente en el mundo creado (cf GS 36). Esta afir-mación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las rea-lidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir; toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia in-debida.

Pero, por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. La religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia Católica, se ha de re-conocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión reli-giosa, con tal que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público, se le garantice el libre ejercicio de sus actividades espirituales, culturales, educativas y caritativas. No es, entonces, laicidad sino laicismo la hostilidad contra todo símbolo religioso y la negación del derecho de la comunidad cristiana de pronunciarse sobre los problemas morales que interpelan la conciencia de todos los seres humanos. Cuando es preciso defender los grandes valores y la dignidad humana, la Iglesia no puede permanecer silenciosa; debe mostrar que Dios no es el antagonista del hombre y que la ley moral no es para oprimirnos, sino para hacernos libres y felices. Manifestar estas convicciones es también una consecuencia de la libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión.

Estamos en un “tiempo favorable”

Contrariamente a lo que a primera vista pudiera pensarse, el tiempo que vivimos es una gran oportunidad para la Iglesia y para la misión que tiene de anunciar el Reino de Dios. La reali-dad que vivimos debe llevarnos a descubrir las fuertes llamadas que nos hace Dios, en este momento de la historia. 

En primer lugar, nos llama a purificarnos. La mayor persecución a la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado de sus miembros; por tanto, la Iglesia tiene una profunda necesidad de auto evangelizarse, de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, a fin de que seamos capaces de dar un testimonio humilde, sincero y apasionado de Cristo. Debemos mirar nuestras culpas y los propios fracasos con humildad, sin intentar defendernos de manera precipitada; debemos comprender que las humillaciones y heridas deben ser materia para la nueva evangelización. Nos conviene conocer nuestra pobreza, es de-cir, experimentar que dependemos totalmente de la misericordia de Dios y del poder del Espí-ritu Santo. 

Igualmente, debemos ver la urgencia de favorecer cada día más la comunión. San Basilio comparaba un momento difícil que vivió la Iglesia en el siglo IV con una batalla naval en la oscuridad de la tempestad, en la que se escucha el grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros. Esto puede reflejar algo de lo que hoy acontece; cada uno defendien-do sus propios proyectos e intereses, mientras la barca trata de surcar un mar agitado. En el momento actual, sólo una comunidad que cultive la unidad es capaz de llevar adelante un tra-bajo misionero. Es hora de que el clero y los laicos trabajemos en un clima de estima recíproca y de fraternidad humilde. Pero no sólo para la efectividad de la evangelización necesitamos la unidad, sino sobre todo para vivir lo que somos, haciéndonos capaces de que los demás habiten realmente en nuestro corazón. 

De otra parte, hoy estamos llamados a redescubrir el puesto y la misión de la Iglesia en el mundo. Ha sido uno de los objetivos del Concilio Vaticano II, que debemos continuar traba-jando. No podemos condenar el mundo. Es el mundo en el que Dios nos ha plantado y nos ha encargado una misión. Es el mundo de Dios que evoluciona hacia la tierra nueva y el cielo nuevo. El ataque del laicismo ofrece a la Iglesia la oportunidad de una “kenosis”, de liberarse de una falsa autosuficiencia. Con este abajamiento podrá asumir su puesto y salir al encuentro de las aspiraciones y de las heridas del hombre de hoy, podrá entrar en contacto con las nece-sidades y el deseo oculto de Dios que tienen tantas personas y, con un testimonio simple y ar-diente, entregar el amor apasionado de Dios por la humanidad.

Finalmente, la Iglesia está llamada a acrecentar su ardor apostólico. No puede vivir del pasa-do, ni de la estructura, ni encerrarse en su realidad íntima. Debe salir a  hacer presente a Dios en este mundo. En una cultura de tinte positivista, Dios sólo encuentra lugar como hipótesis, pero no como realidad concreta. La pobreza más grande es la falta de experiencia de la bon-dad de Dios, que nos permita sentirnos seguros, amados y con capacidad de esperanza. Esta pobreza reclaman una gran responsabilidad misionera de los cristianos para que la gente pueda apoyarse en Dios de un modo más concreto y radical, pueda agarrarse a él como a la roca en la que se funda la propia vida y llegar a él como a la fuente que sacia para siempre. Todo esto reclama nuevos métodos, nuevas presencias, nuevas expresiones, nuevo ardor.  

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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