MISIÓN AL AIRE

LOS COLEGIOS DE LA IGLESIA

01 | 08 | 2011

El objetivo general y urgente de la evangelización está pidiendo clamorosamente una revisión del proyecto educativo de los colegios católicos. Comencemos, como es de justicia, por reconocer la gran tarea al servicio de las personas, de las familias y de toda la sociedad que han realizado y que están cumpliendo los colegios de la Iglesia. Por eso, son valorados y preferidos aun por padres de familia que no son católicos practicantes. Reconozcamos también las muchas dificultades existentes. Unas provienen de la administración, otras de la falta de colaboración de las familias y de la sociedad, algunas más de la complejidad de educar en el clima de materialismo y superficialidad en el que viven la mayoría de nuestros jóvenes. En ese contexto, trabajan abnegadamente muchos educadores católicos y todo reconocimiento resulta pequeño pensando en los problemas que tienen que soportar y superar.

Pero valorando y agradeciendo todo lo que haya que reconocer de bueno, es necesario afirmar que los centros católicos de educación tienen que entrar vigorosamente en el movimiento de la evangelización de la Iglesia. Para un educador cristiano, educar sin evangelizar no es educar, porque sólo Jesucristo es modelo y fundamento de una personalidad verdaderamente humana. Nuestros alumnos tienen derecho a encontrar en sus colegios la ayuda necesaria para llegar a ser hombres y mujeres que por una identificación con Cristo logren situarse armoniosa y creativamente frente a su proyecto personal, a su familia y a la sociedad. No va contra la libertad de los alumnos que un colegio católico les ofrezca, consciente de que es el mejor aporte que puede hacerles para su vida, una propuesta clara y atrayente de la fe cristiana ante la que ellos puedan tomar sus decisiones.

Los colegios de la Iglesia no cumplen con ser excelentes centros docentes; esto lo pueden hacer otros. Es preciso, en primer lugar, que formen cristianos. En una sociedad de cristiandad, dábamos por supuesta la evangelización que estaba a cargo de las familias, las parroquias y la misma sociedad. Los colegios se creaban, más que todo, para cumplir una labor social y cultural; hoy existen, en cambio, prioritariamente para evangelizar. Si en la actualidad son también una obra de servicio social es porque son capaces de entregar algo más: la fe cristiana como eje central y unificador de la formación.  La evangelización no se puede suponer en los colegios; es preciso realizarla con mucho cuidado y con perseverante esfuerzo. Dentro de una formación integral, es necesario presentar explícitamente la persona de Jesús y su programa de vida plena y abundante, que fascine, ilumine, inspire soluciones adecuadas a los problemas de la existencia, infunda aliento y esperanza. 

De otra parte, es necesario que los colegios católicos desarrollen una mentalidad eclesial; en el fondo no son entidades privadas sino entidades de la Iglesia, al servicio de su misión. Sea quien sea el titular inmediato, si son colegios de la Iglesia tienen que sentirse encuadrados en la misión de la Iglesia, que es quien en último término los promueve, los autoriza y los respalda ante la sociedad como colegios católicos. Muchas veces su animación y coordinación, más técnica que pastoral, está en una confederación, pero no arraiga, como debería, en la vida y la misión de la Iglesia diocesana. Al terminar sus estudios, la primera identidad de los alumnos no debería ser su condición de exalumnos de tal colegio, sino de miembros vivos de la Iglesia, que los ha engendrado en la fe y les ha ayudado a ser capaces de situarse en el mundo. Tenemos que valorar y defender la identidad católica de nuestros centros, pues es la justificación de su existencia y también el origen de su profunda capacidad educativa. Todo esto implicar pensar en cosas y tareas muy concretas.

Es necesario ajustar permanentemente el proyecto educativo del colegio, según los valores del evangelio, a un verdadero proceso de formación cristiana. Con gran respeto, sin fanatismos ni imposiciones, dejando abierto para todos un camino de libertad, el colegio debe crear un ambiente general, debe organizar su vida y enfocar sus actividades, debe realizar de tal manera las clases de religión, debe proponer las prácticas religiosas y algunas experiencias apostólicas, debe dar espacios para grupos de vida, que generen un cuadro bien pensado y equilibrado que favorezca la formación de los alumnos con mentalidad y actitudes clara y decididamente cristianas hasta contrarrestar la influencia contraria del  mundo de hoy. 

No nos podemos quedar viviendo de la secular experiencia de educadores; ella precisamente está llevando a que se cierren muchos colegios católicos, porque al no ver más lejos, al no tener conciencia de una misión eclesial, no se lucha suficientemente para que sean viables en medio de las actuales dificultades. Por falta de coraje apostólico se han cerrado ya muchos colegios católicos. La escuela católica está llamada hoy a una innovación, que no es propiamente una renovación en su calidad educativa, aunque debe descollar en excelencia académica, sino a suscitar y vivir un gran impulso misionero. Se trata de ayudar allí donde está a acoger el don de la salvación que nos ha llegado en Cristo y a vivirlo con seguridad y con alegría en un contexto pluricultural y plurireligioso, marcado frecuentemente por la indiferencia, por la frivolidad y algunas veces también por la agresividad. 

Los colegios de la Iglesia deben evangelizar a toda la comunidad educativa: profesores, empleados, alumnos, padres de familia. La tarea es promover personas que vivan en este mundo y tengan la cultura del momento presente organizada armoniosamente en torno y a partir de su fe en el Dios de Jesucristo, de la revelación cristiana y de la enseñanza de la Iglesia en materias fundamentales de la vida. Muy concretamente, sin obsesiones, nuestros colegios tienen que ser capaces de educar correctamente en todo lo que se refiere al matrimonio y a la familia. Si la agresión del laicismo a la vida cristiana de los jóvenes se centra hoy en esos puntos, ahí es donde debemos ser capaces de dar una respuesta verdadera, positiva, consistente, con una buena antropología y con fe sincera en el proyecto de Dios. En la formación de nuestros colegios deberían encontrar también sus fundamentos las futuras familias cristianas.

El trabajo pastoral del colegio tiene que estar coordinado con la acción catequética de la parroquia y con la pastoral educativa y juvenil de la Arquidiócesis. Esto plantea una seria responsabilidad, tanto para los colegios como para la diócesis y las parroquias. Sólo con esta natural articulación somos honestos con nuestros alumnos, justificamos centros católicos de educación en la sociedad y somos fieles al Señor. Para dar, de un modo aislado, la cultura básica que imparte cualquier escuela pública, no tiene sentido un colegio católico. El proceso educativo verdadero y el crecimiento en humanidad que estamos llamados a suscitar, no se pueden limitar a que nuestros jóvenes sepan cosas, sino a que sean de otra manera y esto implica apoyar su profunda incorporación a la Iglesia, que puede acompañarlos una vez que el colegio termine su tarea.

A la vez, las parroquias y los arciprestazgos tienen que pensar en los colegios de la Iglesia que estén en su territorio como instituciones pastorales con las que hay que contar, no para pedirles que hagan cosas distintas de las que hacen, sino para integrar lo que hacen como parte del trabajo pastoral de conjunto. Los colegios pueden llenar muchos vacíos en el apostolado de la parroquia, pueden ofrecer posibilidades de conexión con algunas familias que no se acercan a la Iglesia, pueden ser lugares de convocatoria para los jóvenes en actividades promovidas por la parroquia en el colegio, pueden ayudar a formar asociaciones culturales que abran caminos a la fe. Si se tiene ardor apostólico se ven muchas posibilidades.

El tiempo de la formación escolar coincide con el tiempo en el que se ayuda a los niños y a los jóvenes a vivir un proceso de iniciación cristiana. No se trata simplemente de la celebración aislada de algunos sacramentos, como una actividad o servicio más que desarticuladamente se tiene la costumbre de realizar en el colegio. Da alegría pensar que los colegios católicos pueden ser verdaderamente sedes de un catecumenado especial tanto para los alumnos como para sus padres. Pero esto exige contar con un equipo de auténticos catequistas, crear un espacio apropiado para realizar un serio camino de formación y de experiencia de la vida cristiana, proceder en profunda  vinculación con las parroquias que podrían garantizar que esos procesos y experiencias se prolonguen más allá del ciclo escolar.

Delante de Dios, no es posible admitir la desarticulación con que frecuentemente funcionan los colegios católicos. Es increíble que el egoísmo que le sugiere a cada uno la “gloria” de levantar su propio feudo se imponga sobre la razón que muestra la fuerza de la unidad y, especialmente, sobre la necesidad de la comunión para poder ser realmente lo que somos: la única Iglesia del Señor que cumple con un solo corazón el mandato de evangelizar. Es posible incluso dudar de nuestra capacidad de aportar a la promoción integral de la persona, de despertar el alma humana y cristiana de nuestros educandos, de fomentar la civilización del amor, que es lo que se propone el mundo de la educación, si llegamos hasta preferir la decadencia y la muerte de nuestros centros educativos más bien que una válida y útil cooperación que nos ayude a realizar la difícil e importante misión que tenemos en el momento actual. 

La aceptación e implementación de todo lo anterior se orienta, en la línea de Aparecida, a la valentía de abandonar las estructuras caducas que ya no favorecen la transmisión de la fe y, con una actitud de permanente conversión pastoral, despertar la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de Dios (cf DA 365-366). Sólo de esta manera los colegios católicos entrarán realmente en la nueva evangelización que se empeña en transformar los criterios del juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y con su designio de salvación (cf EN 19). Nada de lo que aquí queda dicho será posible si, más allá de implementación de tecnologías, de alianzas estratégicas y de aprovechamiento de ciertas tácticas, en los colegios de la Iglesia no se abre amplio espacio a la luz y al poder creador del Espíritu de Dios.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

Haga su búsqueda: