MISIÓN AL AIRE

ESTAMOS EN UN TIEMPO MARAVILLOSO PARA SER SACERDOTE

01 | 05 | 2011

Para un cristiano, cada momento es una oportunidad irrepetible y feliz en que puede vivir y transmitir la experiencia del amor de Dios. Ésta consiste, en el fondo, en una actuación del Espíritu Santo que hace experimentar en cada uno de nosotros una elección tan grande y tan inmerecida, que produce como única respuesta posible el empeño en configurarse con Cristo en su donación total al Padre y a los hombres. Esta experiencia es particularmente importante y definitiva para el sacerdote.

Normalmente encontramos al sacerdote, allí donde se lo ha enviado, realizando su misión propia, viviendo una entrega que no es comprendida por muchos. No es raro que hoy se hable del sacerdote sólo para mencionar las debilidades que tiene como hombre. Es verdad que existen no pocos casos en los que es preciso lamentar graves pecados de algunos sacerdotes, que hieren el corazón de Dios y de la Iglesia. Pero tampoco es posible ocultar el testimonio vivo de rectitud y santidad de muchos sacerdotes católicos.

A pesar de su vocación sublime, el sacerdote, como hombre que lleva un tesoro en vasijas de barro, está acechado permanentemente por el pecado. Al mismo tiempo, está sostenido por la fuerza de la gracia que lo penetra y enmarca su vida y su misión en el misterio mismo de Dios. Es así como puede pasar por el mundo dejando una huella de bondad y de verdad, que anima a muchos a conducir su existencia hacia una plena realización.

En este momento de la historia, cuando se cruzan la influencia que tiene la interacción de los medios de comunicación, las situaciones complejas que genera la globalización, cierto enfrentamiento entre las tradiciones religiosas con la visión de algunos sectores laicistas, el crecimiento de la indiferencia frente a lo espiritual y la presencia de algunos fanatismos religiosos, hay enormes posibilidades para el ser y el actuar del sacerdote.

1. Este es un tiempo en el que puede aparecer más nítida la identidad sacerdotal. 

El sacerdote, como todo discípulo de Jesús, está en el mundo sin ser del mundo. Sin embargo, cuando los valores cristianos están más encarnados en la cultura puede resultar menos comprometedor vivir la condición sacerdotal. Vivir el sacerdocio ahora, en confrontación con las actuales características culturales, hace que la conciencia del misterio íntimo que se lleva sea más exigente e impulse al sacerdote a una más plena madurez humana y cristiana.  En efecto, debe manifestar mejor que no es un simple profesional religioso o un agente social o un mero promotor de valores humanos. Mientras más profética tenga que ser la figura sacerdotal, mientras menos apoyos externos a sí mismo se tengan, tanto más puede brillar su propia especificidad, señalar horizontes de transcendencia y mostrar el alcance de una visión sobrenatural de la vida y de la sociedad. Sin extravíos en campos naturalistas o sociológicos, aparece más claramente lo más profundo en la esfera íntima de su ser: es el administrador de los misterios de Dios (1 Co 4,1-2).

2. En este tiempo la vocación se vive con más pasión y entusiasmo. 

La vida cristiana es por sí misma una exigencia de compromiso, pues es una llamada a la santidad, a la práctica del amor, a la entrega por los demás. Esto vale mucho más para el sacerdocio ministerial. En un tiempo frecuentemente marcado por el egoísmo, la superficialidad y la mediocridad, quien se decida a ser sacerdote sabe que el mundo necesita su entusiasmo y que Dios no le da tregua en el modo de vivir su vocación. El Arzobispo Montini, después Pablo VI, enseñaba a su clero que el sacerdocio es bello y llena el corazón de alegría “sólo si es vivido a alta temperatura”.  Es grande y noble tener el oficio de poner en el mundo la inquietud de Dios, el fuego que Cristo trajo a la tierra, el ímpetu con que el Espíritu mueve la historia. Cuando el amor de Cristo apremia de verdad, hay llama interior, la vida se hace nueva cada día, se impulsan las almas, se hacen grandes obras, se irradia auténtico amor. Qué bueno tener una vida y una misión que exigen un corazón grande. Como Pablo, cada sacerdote debe decir: Yo busco alcanzar a Cristo por el cual yo mismo he sido alcanzado. Yo todavía no lo he alcanzado. Es necesario que siga corriendo (cf Fil 3,12-14).  Hoy es maravilloso el sacerdocio también porque no se puede vivir “a baja temperatura”.

3. Estamos llamados, en este tiempo, a dar lo esencial y definitivo: dar a Dios. 

En la medida en que se propaga una corriente secularista que quiere excluir de la vida la dimensión sobrenatural y que encuentra al sacerdote sin ubicación, más actual e importante es nuestro ministerio; en efecto, mientras más oscuras sean las sombras más refulge la luz. Hoy es más imprescindible nuestra tarea de dar testimonio, con la vida y con una palabra adecuada, de la belleza de Dios, de su verdad y de su amor. En medio de la superficialidad, del relativismo moral, de la indiferencia, del pesimismo, el sacerdote tiene en este momento, como nunca, la oportunidad de enseñar a darle sentido a la vida, de confortar en las pruebas, de dar esperanza a quienes se sienten vencidos. Con la fuerza de la Palabra de Dios, con la gracia de los Sacramentos, con la compañía de la Iglesia abre horizontes a una sociedad que, sin Dios, se aniquila en el egoísmo y se muere de tedio. No podemos aspirar a algo más grande que darle a cada persona el ambiente vital que la libera de la masificación y del azar, que abrirle al mundo los horizontes infinitos de Dios. Nuestra misión está vigente: sacar el vivir y el morir humanos de lo inmediato, lo relativo y lo insignificante, para llevarlo a la grandeza de su dignidad y vocación. 

4. Hoy es una alegría poder ser verdaderos apóstoles de Cristo. 

Como nunca, podemos compartir la experiencia de San Pablo: “Ay de mí si no predico el Evangelio” (1 Cor 9,16).  Estamos en un momento en que se siente la urgencia de ser enviados por Cristo para dar al mundo la luz y la vida que El nos trajo. La misión de evangelizar supera cualquier tarea administrativa o de organización; tenemos la dicha de poder responder a la necesidad más profunda de verdad y a los anhelos últimos del corazón humano. Una vida llena de celo y de entusiasmo por la evangelización es una vida dinámica, realizada, feliz, creativa, fecunda como la vida de los grandes misioneros de la historia: San Francisco Javier, San Francisco de Sales, San Carlos Borromeo… La vida del apóstol es feliz porque no se acobarda ante las situaciones que generan temor, no se esteriliza en la rutina, no se queda vacía en la ociosidad; al contrario, se inflama ante la percepción de lo que Dios hace en las personas cuando, por la predicación, llegan a la fe.  Es una auténtica felicidad poder sembrar, a tiempo o a destiempo, la buena semilla en el corazón de las personas.

5. El sacerdote es el ministro de la misericordia que se necesita en nuestro tiempo. 

Ante tantos resentimientos y divisiones que se viven en la familia y en la sociedad, ante tantos corazones rotos por la agresividad y el desamor resulta indispensable el servicio de quien, prolongando a Cristo, puede transmitir el amor de Dios. Con el anuncio de la Palabra, con la conducción pastoral de las personas, con la celebración de la Eucaristía y, especialmente, con el sacramento de la Reconciliación, el sacerdote aporta algo que realmente le falta al mundo. Este sacramento es un don que cura las heridas más profundas. El Santo Cura de Ars, que se entregó de un modo infatigable a este ministerio, lograba ver: “la misericordia divina es como un torrente desbordado, que arrastra a los corazones cuando pasa”. El sacerdote realmente puede hacer sentir la misericordia de Dios, como el mejor camino para que la persona humana se reconstruya, crezca y llegue a su máximo desarrollo. El hombre de hoy sufre heridas que la psicología y la psiquiatría no logran curar completamente porque tocan niveles esenciales que llegan hasta las profundidades del espíritu. Es también una tarea muy actual y bella del sacerdote hacer sentir el abrazo paterno y misericordioso de Dios.

6. Es el mejor momento para mostrar la belleza y la alegría del sacerdote que se entrega totalmente. 

Cuando el comportamiento de algunos sacerdotes particularmente en el campo de la afectividad genera dolor y escándalo en la sociedad, cuando está herido el prestigio de la Iglesia y se pone en duda la credibilidad misma de los presbíteros, más brilla el testimonio de los sacerdotes santos. Hoy una vida sacerdotal entregada muestra la verdad de los motivos cristológicos, eclesiólogicos y escatológicos que motivan nuestra opción.  Un sacerdote que vive con fidelidad y alegría el celibato es una lámpara luciente en un mundo erotizado. El mundo necesita ver que la opción del celibato y de la castidad le da al sacerdote una profunda experiencia de libertad, una fuerza nueva para amar y la alegría de una creciente fecundidad en el apostolado. Es posible mostrar cómo la oración, la vida sacramental, la caridad fraterna sacerdotal y el entusiasmo pastoral compensan todos los afectos humanos y todas las naturales exigencias de la sexualidad.  Estamos en la oportunidad de hacer ver la belleza de este misterioso carisma a la luz de la fe, la victoria de la gracia sobre el pecado y la actuación de Dios que realiza aun lo que “no es posible para el hombre”.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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