MISIÓN AL AIRE

AMO A LA IGLESIA CATÓLICA

16 | 03 | 2015

Para evitar polémicas improductivas, advierto que escribo para los católicos de la Arquidiócesis de Medellín, pues quienes están en comunión de fe con su Obispo, pueden comprender mejor estas reflexiones. A raíz del programa “Secretos bajo las Sotanas”, que recientemente ha trasmitido Caracol TV, se ha presentado una reacción masiva, desde la base y sin que nadie la promoviera, de católicos y televidentes en general, reclamando por el trato ofensivo que ese canal ha dado a la Iglesia Católica. Aunque el programa se ha presentado como un ejercicio de investigación y aunque luego el director, acosado por las críticas, ha dicho que no hay en su contenido una sola palabra injuriosa contra los católicos, el pueblo ha captado desde la tendenciosa publicidad con que se promocionó, siguiendo por el “refrito” presentado y continuando con las imágenes obscenas y equívocas que se han mostrado, cuál ha sido la intención al hacerlo y cuál es el mensaje que se ha querido transmitir.

La generalización para identificar la Iglesia Católica con unos pocos sacerdotes que han caído en el delito de la pederastia, el reducir la visión al campo sexual para enfocar la vida y la obra de los católicos y el mostrar los últimos Papas conduciendo la Iglesia en una crisis sin salida, no se pueden aceptar. Los católicos sabemos que la Iglesia es santa, porque santa es su Cabeza, sus fines son santos y muchos de sus miembros han llegado a la santidad. Pero tampoco negamos ni escondemos que somos pecadores; lo reconocemos incluso públicamente al comenzar cada Eucaristía. Los mismos textos del Nuevo Testamento nos muestran cómo la Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, tiene en su seno pecadores. Sí, somos pecadores, pero pecadores muy amados por Dios, pecadores luchando contra el mal en nosotros mismos y aun sacando fuerzas de nuestra debilidad para luchar contra el mal que está en las estructuras de la sociedad.

Lamentamos profundamente los delitos de algunos miembros de la Iglesia y una vez que se comprueban, se penalizan debidamente. No se puede justificar ni un solo caso, pero tampoco se puede reducir la vida de la Iglesia al comportamiento de algunas personas enfermas, desadaptadas o con malas intenciones, como existen en todas las instituciones, comenzando por las mismas familias. No es justo pensar que un pontificado lleno de sabiduría, de humildad, de fortaleza apostólica y de amor como el de Benedicto XVI o que el servicio petrino del Papa Francisco, ampliamente valorado en tantas instancias, se puedan reducir a los actos de pederastia que han afrontado con decisión. No admitimos, por ejemplo, que se juzgue a los colombianos como guerrilleros, narcotraficantes o corruptos porque algunos conciudadanos nuestros lo son.

Es una gran mentira presentar una parte de la verdad como toda la verdad y la ofensa es más grave y perversa cuando se hace con la presunción de revelar la verdad. Detrás de un comportamiento de esta naturaleza no es difícil encontrar los propósitos ideológicos, las visiones distorsionadas o las personas marcadas por alguna experiencia negativa. Es raro que la “investigación” de algunos medios de comunicación no alcance a ver la entrega de tantos sacerdotes dedicados toda la vida al servicio de los demás, la contribución abnegada de numerosas religiosas en tantos frentes de ayuda a los necesitados, la vida honesta y el aporte a la sociedad de tantos católicos luchando por construir familias estables y felices, por aportar su trabajo  y su multiforme colaboración para la buena marcha de la sociedad.

Es una extraña investigación que no capta sino las cosas malas, que no encuentra la pederastia sino en la Iglesia, que según una ética propia valora de diversas maneras la homosexualidad, que no tiene en cuenta lo que hace la Iglesia para prevenir, corregir y reparar comportamientos indebidos y para proteger y acompañar miles de niños y niñas sin hogar. Tal vez faltó investigación, pues debajo de las sotanas hay otros secretos: el de la comunicación con Dios, el del amor que se entrega por los demás, el del dolor de tantas personas que buscan ayuda y consuelo, el de la esperanza que se compromete con alegría en la construcción de un mundo nuevo. Cuando se mira la Iglesia, realmente con objetividad, es preciso ver ante todo una institución que, aunque haya tenido limitaciones y fallas, durante 2000 años ha luchado por la dignidad del ser humano y sus derechos, por la paz y la justicia, por la unidad y la solidaridad entre los pueblos.

La Iglesia ha realizado todo tipo de obras para ayudar en tareas fundamentales como la educación, la salud, la promoción de los pobres y necesitados. Aunque, como enseña el Señor, la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha, sería bueno confeccionar un catálogo de los servicios sociales de la Iglesia a ver si hay otra entidad que puede presentar algo semejante en cantidad y calidad. Sobre todo, busca ayudar a cada persona para que, siguiendo a Cristo, alcance la más eximia humanidad; por eso, ninguna institución puede presentar hombres y mujeres tal cabalmente realizados como Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Teresa de Avila, Catalina de Siena, Vicente de Paul, Francisco Javier, Teresa de Calcuta, Federico Osanam, Laura Montoya y los demás santos y santas de la Iglesia.

Ante este tipo de “investigación”, algunos sectores católicos han concluido: “Caracol nos ofende; no escucharemos, no veremos más a Caracol”. Los católicos no respondemos ante la agresión, como otros grupos religiosos, con la violencia y la venganza. Pero en esta reacción hay una sana lógica. En efecto, si sabemos que no hay objetividad y respeto en lo que conocemos, qué necesidad hay de exponernos a recibir informaciones sesgadas y tendenciosas en otros campos. Si un medio de comunicación trata de esta manera a las mayorías del país que se pueden defender, cómo esperar que respete y proteja a las minorías. Si hace un despliegue amarillista para presentar un reencauchado de informes y denuncias ya conocidos, cómo ofrecerle credibilidad en situaciones en las que no se tenga mayores elementos de juicio. Realmente, conviene conocer las ideologías y propósitos, las empresas comerciales y las personas que están detrás, para saber qué confianza y apoyo debemos ofrecerles los católicos.

Han hecho bien tantos católicos que espontáneamente han reclamado respeto y ponderación a Caracol. Pues este tipo de transmisiones no contribuyen a la paz y a la reconciliación en  una sociedad lacerada por tantos problemas. A la par de la búsqueda de paz con los grupos guerrilleros es necesario que trabajemos todos por desarmar los espíritus y potenciar el respeto y la benevolencia que nos hermanan y nos animan en propósitos comunes. En esta altura del siglo XXI no puede permitirse que se emplee la ofensa para ganar popularidad, para hacer negocio, para potenciar ideologías o propósitos personales. A los católicos nos sirven y agradecemos los análisis que nos ayuden a corregir nuestros errores, a vivir mejor nuestros propósitos y a empeñarnos en un servicio fecundo a la sociedad. Pero hay razón en exigir respeto a todos, profesionalismo a los periodistas, ética y coherencia a los medios y empresas que intervienen en el mundo de la información.

Frente a la realidad de la Iglesia los católicos no nos situamos con prepotencia y triunfalismo creyéndonos perfectos, pero tampoco con un complejo de inferioridad y de vergüenza como si ignoráramos la obra de Dios. Sabemos, como dice el Evangelio, que somos “siervos inútiles” y que sólo la misericordia divina, la ayuda fraterna entre nosotros y el esfuerzo permanente de conversión nos llevan a donde debemos llegar. Pero no podemos tolerar, como ha dicho el Papa Francisco, que se ofenda a nuestra madre. La Iglesia es la madre en la que hemos nacido espiritualmente, que nos ha alimentado con la Palabra de Dios y los Sacramentos, que nos acompaña con la solicitud de los hermanos en la fe, que nos consuela en las pruebas y que nos asiste con la oración y la esperanza en nuestro viaje a la eternidad. Nosotros amamos nuestra Iglesia.

+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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