MISIÓN AL AIRE

DÉFICIT ÉTICO

27 | 07 | 2015

La corrupción, en último término fruto del egoísmo, tiene muchos rostros, se infiltra en todos los aspectos de la vida humana y usa todos los medios que necesita para sus fines. Llamamos corrupción el actuar contra las normas que señalan el comportamiento adecuado en campos esenciales de la vida como el político, el social, el jurídico, el económico, con el fin de aprovechar a los demás y lo que les pertenece a favor de intereses particulares y privados. De esta manera, comprendemos que hay corrupción en el sector público y en el sector privado; hay corrupción en el manejo del dinero y de los bienes públicos, pero también en la manipulación de las ideas, de la información, del poder y de las oportunidades. 

La corrupción es uno de los peores males de la sociedad porque atenta contra el bien común; genera desconfianza en las personas, en las instituciones y en los procedimientos; entraña costos sociales muy altos; es un corrosivo fatal para la democracia; produce dinámicas perversas de elitismo, clientelismo, soborno, extorción, secretismo, ilegalidad y manejo mentiroso de la comunicación. Una vez que se ha entrado en el mundo de la corrupción todo exige ir más lejos y aprovechar para ello cualquier recurso. Finalmente, se vuelve una práctica común que casi todos terminan aceptando como algo normal e irreversible.

Ante esta realidad, no basta hacer estadísticas y análisis; no es suficiente establecer leyes y más leyes; no es solución definitiva la represión, que siempre se puede burlar. Hay que ir al fondo del problema; allí donde la persona humana comprende y decide. Por esto, se hace necesario un proceso educativo que lleve a discernir lo que está bien y lo que está mal. Esto no obedece a un entretenimiento intelectual, sino a una exigencia fundamental de la supervivencia del ser humano. Y este discernimiento depende de la visión antropológica que se tiene y de la aproximación metafísica que se hace a la realidad. De lo contrario, se llega a determinar el comportamiento por sus consecuencias sin tener en cuenta las motivaciones y sin valorar los medios utilizados.

La doctrina social de la Iglesia Católica, queriendo iluminar la tendencia desmedida a la búsqueda del lucro y del poder, el afán de felicidad y comodidad individual que opta por el individualismo y el consumismo, nos ofrece principios fundamentales para un adecuado comportamiento ético: el respeto a la persona humana en su dignidad y en sus derechos, la elección constante del bien común como si fuera el propio bien, el servicio honesto y responsable a los demás desde la posición que cada uno ocupa,  la determinación de practicar en toda circunstancia la solidaridad con los demás. Es preciso enfrentar el descuido en formación y comportamiento ético que se está dando en la vida nacional y que está degenerando en la aceptación general de la corrupción y en la impunidad.

Sólo desde una educación ética se puede iluminar la inteligencia y guiar la libertad de las personas y de la sociedad, para corregir la mentalidad y la práctica de que se puede disponer de todo al servicio de la propia codicia, del deseo de poder o de la búsqueda de bienestar personal. Sin ética, la política es un espectáculo de charlatanes, la economía es un artificio a favor de los más astutos, la administración se orienta siempre al propio y descarado provecho; la sociedad termina siendo una mentira en acción. Con ética el bienestar es integral, permanente y para todos. Estamos llamados a construir una sociedad con más dignidad y transparencia. Enseñemos y promovamos la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad en toda la sociedad y, en primer lugar en la Iglesia. Si no entramos en un comportamiento ético entramos en nuestra autodestrucción. 

+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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