MISIÓN AL AIRE

CAMINEMOS A LA LUZ DEL SEÑOR

03 | 12 | 2012

Ha llegado, de nuevo, el tiempo litúrgico de Adviento. En nuestra sociedad, prácticamente queda desaparecido bajo el ruido de los juegos pirotécnicos, el pasajero fulgor de las luces de colores, el afán del entretenimiento vacío y el sopor de una vida superficial y frívola. Es bueno que en este tiempo, al menos los católicos, escuchemos la invitación que nos llega a través del profeta Isaías (2,5): “Ven, caminemos a la luz del Señor”. Comencemos, entonces, por preguntarnos: ¿en nuestra vida personal, familiar y social, realmente caminamos o estamos estancados o, tal vez, retrocedemos?

Se nos han ido las fuerzas y el tiempo con frecuencia en conseguir dinero y finalmente no estamos contentos con lo que tenemos, en pelear y es más lo que hemos perdido que lo que hemos ganado, en procurarnos placer y comodidad y después de todo nos sentimos descontentos y rotos por dentro. Si caminamos, ¿a qué luz lo hacemos? ¿A la luz de nuestras pasiones, a la luz de las presiones mediáticas y sociales, a la luz de una sociedad de consumo, a la luz de la rutina, la indiferencia y el sinsentido? Es hora de caminar a la luz del Señor.

Caminar es avanzar, crecer, lograr lo definitivo. Caminar a la luz del Señor es responder a la vocación que hemos recibido, realizar la misión que se nos ha confiado, animar el paso de los que nos acompañan por la vida, promover el desarrollo integral de la sociedad, impulsar el proceso con el que Dios dirige la historia. De un modo concreto, propongo que en este Adviento caminemos todos en cinco senderos indispensables para nuestra vida personal y para el bienestar de la sociedad:

1. Crecer en la fe: no se puede decir que se camina de verdad sin la seguridad que da Dios. Dios no es nuestro adversario, sino la vida misma que vale la pena vivir. Sólo desde Dios todo se esclarece y se hace posible. Por eso es necesario convertirse, dejar que Dios nos sane y llene de alegría nuestro corazón. Adviento es un tiempo de profunda renovación interior.

2. Construir la reconciliación. No podemos seguir siendo la región más violenta de Colombia. Debemos superar cada día, en situaciones concretas, la agresión y el odio con la fraternidad. Si la paz no empieza en nuestro corazón y en nuestra casa, no empieza en ninguna parte. El adviento nos ofrece la ocasión de un encuentro personal e íntimo con Dios que nos lleve a vivir el amor, es decir, a pasar de la muerte a la vida.

3. Impulsar la justicia y la solidaridad. No se entiende cómo podemos compaginar nuestra fe cristiana con el egoísmo y la inequidad social en que vivimos. No podemos permitir que este tiempo esté marcado por excesos en la comida, por abuso del licor, por despilfarro en regalos para algunos y en hambre y sufrimiento para otros. Debemos despertar a lo esencial y actuar con coherencia. Este es un tiempo para compartir.

4. Abrir espacio a la esperanza. El adviento nos hace mirar hacia el verdadero futuro. No podemos estar dormidos en la superficialidad. No podemos contentarnos con una tranquila mediocridad. Es preciso trabajar, como dice San Pablo, por “los bienes de arriba”. Nuestro deber es vigilar para reconocer los signos del Señor que llega. Esta actitud vence toda angustia y todo temor; nos llena de vigor y de gozo en el camino.

5. Seguir el ejemplo de María. Ella es la persona que mejor ha vivido el Adviento. Ella nos enseña a acoger la venida íntima de Dios a nuestra vida. Ella realizó con fidelidad todo lo que Dios le pedía al servicio de los demás. Vivamos este tiempo con los sentimientos que ella expresó en su Magníficat y que es un verdadero canto a la fe, a la solidaridad, a la alegría y a la esperanza.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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