MISIÓN AL AIRE

LA RECONCILIACIÓN: CAMINO HACIA LA PAZ

08 | 02 | 2016

Todos queremos la paz; es el bien en el que culminan todos los demás bienes: la verdad, la libertad, la justicia, la fraternidad. La paz auténtica e integral nunca se conquista únicamente con la fuerza de las armas; la violencia siempre engendra o hace evolucionar la violencia. La paz es una dinámica permanente que cada pueblo, en cada etapa de su historia, tiene que definir y construir, sabia y cuidadosamente, para que no se rompa el pacto social o para rehacerlo si se ha roto. Sólo se puede salir del círculo vicioso de la violencia y parar su implacable fuerza multiplicadora respondiendo al mal con el bien.

Vencer el mal con el bien significa emplear a fondo las estrategias del diálogo, de la convicción, del respeto, de la solidaridad y de la justicia; renunciar al recurso del egoísmo y de la prepotencia; darle serias oportunidades a la fuerza del amor y de la reconciliación. La construcción de la paz es, ante todo, un planteamiento moral, porque depende de la libertad humana. Llegar a un estado de paz o vivir en una situación de conflicto depende, en primer lugar, de las decisiones libres de cada persona. El tratamiento a fondo de los problemas parte de la libertad, como fuente del bien o del mal. 

Por consiguiente, a la larga, todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación será infructuoso. El concepto de reconciliación puede parecer abstracto y con pocas consecuencias prácticas, pero no es así. La reconciliación es la creación de un clima de confianza, de perdón y de benevolencia sobre un consenso alrededor de un ideal, de unas normas y de unos valores compartidos. La reconciliación es una dinámica poderosa que trasciende las diferencias. Es una decisión liberadora que saca los propósitos de paz del fuego cruzado de las agendas políticas o de los intereses individualistas de las partes.

Es necesario entender la reconciliación como un proceso y no como una realidad estática. Nadie está totalmente reconciliado consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios. La reconciliación debe ser asumida, sostenida y protagonizada por cada persona y por toda la sociedad en una educación dinámica y permanente. La reconciliación es, a la vez, construcción personal y estrategia social; es un proceso complejo, múltiple e integral, en el que todos los ámbitos de la vida interior del ser humano y todas las proyecciones sociales se complementan y sostienen para lograr el desarrollo común dentro de la concordia.

Un auténtico proceso de reconciliación no es desconocer o disimular las diferencias y conflictos; el reconocimiento sereno, con voluntad constructiva, de una ruptura es el primer paso hacia la reconciliación. No es legitimar injusticias personales o estructurales. No es una falta de compromiso, que tolera todo lo que suceda sin interesarse seriamente en la construcción de un mundo nuevo. No es un falso irenismo que, claudicando ante deberes y derechos, busca evitar el conflicto. No es un proceso a cualquier costo, que irrespeta la dignidad de las personas. La reconciliación es el propósito de todos de llegar hasta el fondo para solucionar creativamente rupturas y diferencias.

En Colombia, no podemos seguir, a esta altura del siglo XXI, enfrascados en una violencia absurda que no ha producido sino destrucción y muerte. Tenemos que poner los medios para ser capaces de perdonar y comenzar una nueva etapa. La reconciliación no es un fruto silvestre; exige por parte de todos una visión nueva de la sociedad y de los demás, una participación en el diálogo que lleva a acuerdos fundamentales, un propósito de justicia que garantice los derechos ciudadanos, una decisión de perdonar para frenar el odio y la venganza. Si no alcanzamos esta grandeza de alma, nos exponemos a lo que Raimundo Lulio decía en uno de sus proverbios: “Después de una paz en falso, gran guerra”.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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