MISIÓN AL AIRE

LA MISA CRISMAL, EPIFANÍA DE LA IGLESIA

14 | 03 | 2016

La Misa Crismal se ubica dentro de la celebración anual de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La obra maestra del Espíritu Santo es la persona adorable del Hijo de Dios, hecho Mesías y Pontífice de la Nueva Alianza, el cual ha sido enviado para dar un “alegre mensaje” a toda la familia humana (cf Lc 4,18). El “alegre mensaje” es él mismo, el “consagrado por el Espíritu”; es él, Señor y alegría del universo. Él es el amor del Padre, probado hasta la muerte en una cruz.

Del misterio pascual, corazón de toda la historia de salvación, brotan los sacramentos y los sacramentales que significan y realizan la unidad orgánica de toda la vida cristiana. En la Misa Crismal, cada uno de nosotros se acerca a Cristo, “Pastor y guardián de nuestras almas” (1Pe 2,25), con sentimientos de gratitud porque nos ha hecho conformes con él, mediante la unción bautismal y sacerdotal. Nos ha llamado a estar con él, a ser sus amigos y a compartir su amor por el Padre y por la humanidad (Mc 3,14; Jn 15,15).

La Misa Crismal debe ser vista, entonces, casi como la epifanía de la Iglesia, cuerpo de Cristo orgánicamente estructurado que, en los diversos ministerios y carismas, expresa, por la gracia del Espíritu, los dones nupciales de Cristo a su esposa peregrina en el mundo. Se trata no sólo de la fiesta de los presbíteros, sino de todo el pueblo sacerdotal. El rito de la bendición de los óleos subraya el misterio de la Iglesia como sacramento global de Cristo, que santifica toda la vida y todas las cosas.

Aparece, por tanto, en esta celebración la belleza de la vocación cristiana y sacerdotal como seguimiento de Cristo. Todas las vocaciones en el mundo y en la Iglesia son maravillosas, porque tocan la persona en su más grande profundidad. La vocación no es algo que se añade a la identidad personal; ella revela a cada uno su misterio. La vocación es siempre una gracia y una regeneración continua de la mente y el corazón. Lo que más consuela es saber que cuando el Señor nos ha llamado nos ha elegido como somos y no se arrepiente de la opción que ha hecho (Sal 110,4).

La Misa Crismal no se celebra sino en la Catedral y la preside el Obispo para que sea manifestación de la vida y la comunión eclesiales. Allí todos los bautizados sentimos que formamos un “reino sacerdotal” (Ap 1,6), consagrados con la misma consagración del Espíritu que consagró a Cristo; los presbíteros renuevan la alegría y los compromisos de la ordenación; se bendicen el crisma y los óleos, en los que Cristo, sacramento del Padre, ofrece a su Iglesia, que también es sacramento, los dones necesarios para santificarse y llegar a la vida eterna.

La Misa Crismal enfatiza, como ninguna otra celebración, la dimensión sacramental y la comunión de la Iglesia. Por eso, no puede haber réplicas ambiguas en las parroquias, debe congregar a todos los presbíteros con delegaciones de las distintas comunidades cristianas y debe tener un eco en cada parroquia cuando recibe los óleos, recién bendecidos, con lo que comprende que la vida sacramental es una porque parte del sucesor de los apóstoles, que ha sido puesto como cabeza en la Iglesia particular.

Participemos todos en la Misa Crismal, puerta de entrada al misterio pascual, para tener  de nuevo, a través de la entrega de los sacerdotes, de la recepción de los óleos santos y de la comunión eucarística con Cristo, la experiencia de la unción del Espíritu que sana, une, ilumina, conforta, consagra y llena de dones a todo el cuerpo de la Iglesia. Si llegamos a esta experiencia no nos será suficiente la vida para ser en el mundo el buen olor de Cristo (2 Cor 2,15).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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