MISIÓN AL AIRE

EN QUÉ VA EL AÑO DE LA MISERICORDIA?

25 | 07 | 2016

Avanza rápidamente el Año de la Misericordia para el que fuimos convocados por el Papa Francisco y que en nuestra Arquidiócesis, a partir del 13 de diciembre del año pasado, hemos venido viviendo y aprovechando a través de diversos actos y celebraciones. En la bula de convocación el Santo Padre señalaba: “la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona” (MV 12).

Debemos comprender la identidad misma de la misericordia a fin de lograr, como nos lo propone este Año Jubilar, “ser misericordiosos como el Padre” (Lc 6,37). Esto nos exige conocer y seguir a Cristo, porque, en definitiva, como dice la bula él “es el rostro de la misericordia del Padre” (MV 1). Cristo es el camino y sus obras son el contenido y el método de la misericordia. Dios en su mismo ser es Amor (1 Jn 4, 8) y el paradigma de ese amor se nos ha dado en la persona y la actuación misericordiosa de Jesús.

La misericordia no es una abstracción. Al mirar la forma de proceder de Jesús vemos que la misericordia es concreta. La parábola del Samaritano y las demás parábolas de la misericordia muestran que hay que llegar a obras concretas para curar heridas y socorrer al que está tirado al borde del camino. Tampoco podemos identificar la misericordia con la tolerancia del mal. El no juzgar, no condenar y perdonar no significan dejar de intervenir ante el mal. Como enseña San Pablo, se trata de vencer el mal a fuerza de bien (Rm 12,21).

De otra parte, no se puede confundir la misericordia con la simple compasión. Sería reducir la misericordia al campo de la emotividad y el sentimiento. Es necesario condolerse con los demás pero hay que trabajar seriamente en curar el mal, construyendo una relación con los demás desde la verdad. Jesús denunciaba el mal y llevaba decididamente las personas a superarlo. Tampoco existe una misericordia reñida con la justicia. La misericordia reconoce la justicia y la trasciende. La misericordia supera la justicia porque, mediante la gracia, es capaz de reconstruir la persona humana.

La verdadera misericordia es como una segunda creación. Se trata de tener el amor de Dios para asumir la realidad en la verdad e impulsar una nueva creación. Por eso, la misericordia es capaz de sacar el bien incluso de la peor de las miserias que es el pecado. Querer justificar el mal con la misericordia y empeñarse en hacer compatible la misericordia y la tolerancia del pecado significa abrir la puerta para que entre el relativismo moral, la desidia espiritual y una exaltación del egoísmo en todas sus formas.

La misericordia no va contra la justicia sino que repara y renueva lo que la simple justicia no puede lograr. Esto queda muy claro en la actuación de Cristo, revelación de la misericordia de Dios, cuando cura los enfermos, atiende a los pobres y perdona a los pecadores. No se contenta simplemente con compadecerse, sino que los lleva a una vida nueva. La verdadera misericordia se expresa en obras que conducen a reconstruir y recrear la persona en su dimensión corporal y espiritual.

He tenido ocasión al comenzar este Año Jubilar de exponer lo que él significa y lo que nos puede aportar. He consignado en diez propósitos concretos algunos de los énfasis que podría tener en nuestra Arquidiócesis de Medellín. Me gustaría que hiciéramos una revisión para que no se nos acabe inadvertidamente el tiempo. Miremos si se está propiciando de verdad una transformación personal y comunitaria a partir de una particular experiencia del amor de Dios. Cuidemos que todo no se quede en el rito exterior de pasar por la puerta santa; sino que realmente salgamos de nuestra miseria para ser testigos valientes y humildes del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones (Rm 5,5).

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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