MISIÓN AL AIRE

SIETE AÑOS CON BENEDICTO XVI

25 | 06 | 2012

La solemnidad de San Pedro y de San Pablo, que celebraremos el próximo 29 de junio, nos ofrece de nuevo una ocasión privilegiada para agradecer a Dios el ministerio del Papa, para sentir la comunión con toda la Iglesia a partir de su servicio apostólico, para comprometernos a aprovechar mejor su rico magisterio y para implorar confiadamente la ayuda divina que necesita el sucesor de Pedro en la realización de su misión eclesial.

Hace siete años que Joseph Ratzinger, al ser elegido como Obispo de Roma y, por lo mismo, Pastor universal de la Iglesia, se presentó como “un humilde trabajador en la viña del Señor”. Efectivamente, dentro de esa actitud de sencillez, se ha ido perfilando un pontificado que ya no fue breve ni de transición, como algunos suponían, sino de alcance histórico y en perfecta continuidad con los grandes Papas que lo han precedido.

Con un trabajo silencioso que apunta a lo esencial, el Papa Benedicto XVI ha ido cumpliendo una tarea verdaderamente colosal que incluye la publicación de encíclicas, exhortaciones apostólicas y libros, la celebración del año de la Eucaristía y el año de San Pablo, la realización de 24 viajes internacionales y el exigente acompañamiento de la vida de la Iglesia. Su horizonte, en lo que ha llamado la “etapa final de mi vida”, es el impulso a la nueva evangelización y la realización del Año de la Fe asentado en un redescubrimiento de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

Admira la fe del Papa en una hora en que avanza el secularismo, crece la descristianización,  domina el relativismo y se desconoce aun la moral natural. Durante su viaje a Portugal decía: “Como veis, el Papa necesita abrirse cada vez más al misterio de la Cruz, abrazándola como su única esperanza y última vía para ganar y reunir en el Crucificado a sus hermanos y hermanas en humanidad”. Con motivo de su último cumpleaños afirmaba: “Sé que Cristo ha resucitado y que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad, sé que la bondad de Dios es más fuerte que todos los males de este mundo. Y esto me ayuda a proceder con seguridad”.

Otra de las características que definen a Benedicto XVI es su tono positivo. Su enseñanza no es una serie de prohibiciones, sino una presentación gozosa de la vida cristiana. En su excelente servicio de maestro, que va a lo fundamental y que no cansa, dice lo que piensa y lo que el mundo necesita escuchar, sin humillar a nadie. Lástima que las interesadas distorsiones y polémicas que algunos medios hacen de su magisterio impidan que sea acogido por muchos en toda su belleza y profundidad.

Igualmente, no pasa desapercibido que Benedicto XVI afronta hasta el fondo y en primera persona los problemas; no los escamotea aunque sean difíciles. Así lo hemos visto al tratar situaciones incómodas como la de la pederastia en el clero, las relaciones con los musulmanes, la realidad de los lefebrianos, la transparencia económica en el Vaticano, la acogida de los anglicanos, la purificación de algunas instituciones o movimientos eclesiales, la problemática de los sacerdotes austríacos.

En este momento en el que vemos la necesidad de reforzar el sentido de pertenencia a nuestra Iglesia, en el que necesitamos vivir plenamente la comunión, acojamos el servicio apostólico y el magisterio de un Papa que apunta al corazón del ser cristiano, que enseña el Evangelio con la sabiduría de un Padre de la Iglesia, que conduce con serena y pastoral autoridad al Pueblo de Dios, que es enemigo del poder y el carrerismo, que sueña con la unidad de los cristianos, que ama a la Iglesia y lleva con dignidad el dolor que producen sus pecados.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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