MISIÓN AL AIRE

VIVAMOS EL MISTERIO DE PENTECOSTÉS

14 | 05 | 2012

El Espíritu Santo es el don que Jesús resucitado ofrece continuamente a su Iglesia (cf Jn 20,22). Nosotros, que habíamos perdido el soplo de vida, insuflado por el Creador al inicio del mundo (cf Gn 2,7), lo hemos recibido de nuevo. Este soplo de vida se llama Espíritu de Dios. El es el Señor que da la vida. Nos ha sido dado por la inmolación en el amor de Jesús en la cruz. El evangelista dice que inclinando la cabeza entregó el espíritu (cf Jn 19,30). Esto quiere decir no sólo que murió sino que, en aquel momento, nos transmitió el Espíritu Santo. La última respiración de Cristo Crucificado coincide con la primera respiración de la Iglesia. Su muerte nos da de nuevo el aliento de vida que habíamos perdido con el pecado.

Por esto, la misma tarde de Pascua, Jesús Resucitado entra en el cenáculo y soplando sobre los discípulos les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22). El Espíritu Santo es el Amor, que brota del acto supremo de amor de Dios, que por nosotros entrega al Hijo (cf Jn 3,16); un amor que nos rescata de la soberbia y el egoísmo en que estábamos encerrados. En el Espíritu, Dios se nos manifiesta en su esencia que es el Amor, nos permite participar de su misma vida trinitaria al abrirnos la posibilidad de entregarnos como el Hijo en la cruz, nos permite pregustar la bienaventuranza que gozaremos plenamente en el cielo. No es fácil decir lo que realiza la potencia del Amor de Dios en nosotros.

No hay palabras para explicar cómo, con su Espíritu, Dios pone su omnipotencia a nuestro servicio, desciende a nuestro nivel, se hace verdad y amor dentro de nosotros. Por eso, mediante el Espíritu Santo hemos adquirido una existencia nueva en el Bautismo (cf Jn 3,5). Él nos hace entender y gustar nuestra condición de hijos de Dios (cf Rm 8,16). Él nos lleva a una experiencia de Dios, recordándonos todas las cosas que Jesús ha dicho y vivido (cf Jn 14,26); más aún, nos introduce en la Verdad que es Jesús. Él nos lleva a orar en “Espíritu y Verdad” (cf Jn 4,23), para que nuestra oración sea un acto filial y no un rito vacío. Él nos hace Iglesia, viviendo la unidad como miembros del único Cuerpo de Cristo.

Es triste ver que, con intenciones no siempre claras y buenas, se manipulan las personas y se explota su emotividad, con ciertos reduccionismos o aprovechamientos indebidos de la persona y de la obra del Espíritu Santo, que permiten a algunos hacer promesas imposibles o garantizar soluciones mágicas a quienes padecen necesidades. También en este caso es preciso decir con fuerza que no se puede “usar el nombre de Dios en vano, porque Dios no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso” (Ex 20,7). La próxima solemnidad de Pentecostés debe servirnos para conocer mejor al Espíritu Santo y aceptar su acción en nosotros, para buscar con su ayuda la conversión, la santidad, la unidad de la Iglesia y la fuerza para realizar la apremiante tarea de la evangelización que se nos ha confiado.

Quiero, entonces, invitarlos a vivir de un modo especial la gran solemnidad de Pentecostés. El año pasado, con la fuerza del Espíritu, hicimos el lanzamiento de la Misión Continental; ahora, de nuevo con su ayuda, asumiremos los cuatro Programas Pastorales que se empiezan a poner en marcha en nuestra Arquidiócesis. Pido por tanto que, con este fin, en todas las parroquias se celebre con particular fervor el Domingo de Pentecostés, que se prepare con una seria catequesis y con una solemne vigilia la víspera, y que se pida la apertura de todos al Espíritu para acoger y realizar el proyecto pastoral que estamos proponiendo.

Como una preparación, a nivel diocesano, para este gran Pentecostés que se vivirá en todas las parroquias, convoco a todos los fieles y especialmente a quienes integran grupos apostólicos, pequeñas comunidades y equipos para la Misión Continental para que nos congreguemos en el Estadio “Atanasio Girardot”, el próximo 21 de mayo, y nos dispongamos para recibir el don del Espíritu Santo, que nos da Cristo resucitado.  

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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