MISIÓN AL AIRE

CUATRO MIL SEISCIENTOS CATEQUISTAS

28 | 08 | 2017

Acabamos de celebrar en la Arquidiócesis el “Día del Catequista”; una importante jornada dedicada a valorar este ministerio en la Iglesia diocesana y a motivar a las personas que se dedican a la catequesis. Tenemos que llenarnos de alegría y de esperanza al ver que en la Arquidiócesis de Medellín hemos llegado al considerable número de cuatro mil seiscientos catequistas registrados y en permanente acompañamiento. Muchos tienen ya una larga trayectoria, otros son jóvenes que comienzan, todos están llenos de fe y de generosidad para este importante servicio en la Iglesia.

Detrás de estos catequistas hay un largo proceso de fe cristiana en las parroquias, de trabajo formativo, de esfuerzo de los delegados de catequesis y de los sacerdotes, de organización pastoral, de confianza de las familias, de respuesta generosa de los mismos catequistas. Sobre todo, hay un don de Dios para la Iglesia, pues es él quien los ha llamado y sostenido en esta misión, con la fuerza de su Espíritu. Si, además, pensamos que hoy muchas familias no transmiten la fe y que crece la secularización en nuestra sociedad, podemos comprender mejor lo que significa tener este consistente grupo de catequistas.

El catequista es, ante todo, una persona que se ha encontrando con Cristo y en él ha descubierto el sentido y la alegría de vivir; por eso, se ha configurado con él y le ha entregado su tiempo y sus fuerzas para que siga salvando a muchas otras personas. El Señor, a su vez, además de la fe le ha dado el carisma de maestro para que sea educador básico de otros en el camino del Evangelio. El catequista debe hacerse consciente cada día de que es un llamado por Dios y un enviado a realizar una gran tarea. Por consiguiente, ser catequista es una vocación que exige entregarse totalmente.

El catequista no sólo realiza su tarea en nombre de Dios y ofrece su servicio inspirado por su amor al Señor y a los demás. No; el catequista actúa y anuncia el mensaje también en nombre de la Iglesia. Él no podría ser catequista sin estar profundamente vinculado a la comunidad cristiana y sentir que es un portavoz de ella; él solo no podría responder por la fe de los catequizados. Por tanto, no se es un auténtico catequista sin una explícita vinculación al obispo y al párroco, sin una integración fiel a los programas catequéticos de la parroquia, sin una gozosa comunión con la Iglesia a la que conduce a los catequizados.

Por eso, también toda la Iglesia tiene que respaldar y acompañar la misión del catequista con la oración, la formación permanente y la colaboración desde todas las demás dimensiones y actividades eclesiales que complementan y llevan a plenitud su servicio. El catequista es muy importante, pero no es autosuficiente; tiene una vocación y una misión que prueban su autenticidad y su eficacia cuando se integran en el cuerpo de la Iglesia y están solamente al servicio de la Iglesia. Sólo así el catequista participa en la misión de Jesús,  es guiado por el Espíritu Santo y da gloria a Dios  ayudando en la salvación de sus hermanos.

Tenemos que dar gracias a Dios por tantas cosas buenas que recibimos de él y por tantos logros que va produciendo nuestro esfuerzo y organización. Pero, nos falta mucho todavía. Es preciso consolidar los procesos de formación de catequistas, hay que fortalecer la estructura de la catequesis parroquial, se necesita configurar mejor la catequesis de adultos, se deben motivar y preparar las familias para que cumplan su misión de transmitir la fe, todos los bautizados debemos descubrir y vivir nuestra misión de catequistas, el Espíritu Santo debe tener más espacio en nuestro corazón. Sigamos adelante; hay muchas razones para la responsabilidad y la esperanza.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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