MISIÓN AL AIRE

PERMANECER

23 | 10 | 2017

Quisiera, también hoy, hacer eco a la Visita del Papa Francisco a Colombia reflexionando sobre algunos aspectos de su mensaje en el Centro La Macarena de Medellín. Tomando como punto de referencia la alegoría de la vid y los sarmientos que encontramos en el Evangelio (Jn 15,1ss) e invocando el ambiente de intimidad del cenáculo, el Santo Padre  nos ha dicho que la verdadera vocación es permanecer unidos a Cristo y señaló, como dice el Documento de Aparecida, que “conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (n. 29).

Luego, ha explicado que “permanecer no significa solamente estar, sino que indica mantener una relación vital, existencial, de absoluta necesidad; es vivir y crecer en unión fecunda con Jesús, fuente de vida eterna. Permanecer en Jesús no puede ser una actitud meramente pasiva o un simple abandono sin consecuencias en la vida cotidiana”. Un mensaje fundamental hoy cuando debemos superar el momento difícil que vivimos de una grave confrontación histórica y cultural entre el Evangelio y el mundo. El Papa nos propone tres modos concretos de este permanecer: tocar la humanidad de Jesús, contemplar su divinidad y vivir en la alegría. Recojamos algunos elementos de esta rica alocución, que no es posible agotar en un breve artículo.

Es necesario permanecer en Jesús, ante todo, tocando la humanidad de Cristo. Esto significa contemplar la realidad con la mirada y los sentimientos de Jesús, no como un juez sino como buen samaritano; reconocer los valores del pueblo con el que se camina, así como sus heridas y pecados; descubrir y conmoverse ante el sufrimiento silencioso y las necesidades de las personas, sobre todo, cuando éstas se encuentran avasalladas por la injusticia, la pobreza deshumana, la indiferencia o la acción perversa de la corrupción y la violencia.  Permanecer es manifestar, con los gestos y las palabras de Jesús, alegría y generosidad en la entrega y el servicio, sobre todo a los más pequeños, rechazando con fuerza la tentación de dar todo por perdido, de acomodarnos o de volvernos solamente administradores de desgracias.

En segundo lugar, se permanece en Jesús contemplando su divinidad. Esto implica despertar y mantener la admiración por el estudio que acrecienta el conocimiento de Cristo. Para ello hay que privilegiar el encuentro con la Sagrada Escritura, particularmente con el Evangelio, donde Cristo nos habla, nos revela su amor incondicional al Padre, nos contagia la alegría que brota de la obediencia a su voluntad y el servicio a los hermanos. Debe ser un estudio “que nos ayude a interpretar la realidad con los ojos de Dios, que no sea un estudio evasivo de los aconteceres de nuestro pueblo, que tampoco vaya al vaivén de modas o ideologías”. Contemplar la divinidad de Jesús es también hacer de la oración parte fundamental de nuestra vida, pues ella nos libera del lastre de la mundanidad, nos enseña a vivir de manera gozosa, a crecer en libertad, a ponernos en las manos de Dios para realizar su voluntad.

Finalmente, hay que permanecer en Cristo para vivir en la alegría, para que su alegría esté en nosotros. Entonces, no seremos discípulos tristes y apóstoles amargados, sino que reflejaremos y daremos a otros la alegría verdadera, el gozo pleno que nadie nos puede quitar, difundiremos la esperanza de la vida nueva que Cristo nos ha traído. “Dios no nos quiere sumidos en el cansancio que viene de las actividades mal vividas, sin una espiritualidad que haga feliz nuestra vida y aun nuestras fatigas. Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando trasparentamos la alegría del encuentro con Él”.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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