MISIÓN AL AIRE

NAVIDAD: MISTERIO DE ALEGRÍA Y DE ESPERANZA

17 | 12 | 2012

No obstante las dificultades que vivamos, los dolores que puedan pesar sobre el alma y las sombras que se extiendan por el mundo, la Navidad llega con un mensaje de alegría, irradia un rayo de luz y siembra la esperanza. La Navidad entraña un misterio que siempre nos desborda. Aunque la sociedad de consumo y la superficialidad en que vivimos nos entretengan con cosas externas y secundarias, todos alcanzamos a presentir, en estos días, que Dios, por puro amor, ha querido compartir la condición humana y su destino.

Dios se ha hecho solidario con la humanidad, se ha vinculado de la manera más profunda a la causa del hombre haciéndose “Dios con nosotros”. Por esto, no se conmemora tanto el nacimiento de Jesús en Belén, ni las circunstancias de aquel acontecimiento, sino que el Hijo eterno de Dios se convirtió, por un segundo nacimiento, en el Hijo de Dios en el tiempo. El Evangelio expresa este misterio escondido por los siglos con palabras sencillas y solemnes: “El Verbo se hizo carne y habitó en medio de nosotros” (Jn 1,14).

Esto significa que, en Jesucristo, Dios camina con la humanidad y comparte el dramatismo y la ilusión de su destino. La encarnación del Hijo de Dios nos dice que el hombre no vive, no trabaja, no sufre, no lucha, no muere solo: Dios está con él, ha asumido su existencia y dirige desde adentro su aventura. Los cristianos tenemos que vivir en esta alegría y tenemos que estar en capacidad de dar razón de esta esperanza (cf 1 Pe 3,15). Esta alegría y esta esperanza deben expresarse de modo concreto.

En efecto, debemos dar testimonio de que no andamos a la deriva sino que nuestra vida tiene un sentido que la ilumina, debemos irradiar la paz y la fortaleza de quien realmente se siente salvado, debemos mostrar que más allá de las pequeñas cosas que nos entristecen y agobian podemos tener la seguridad y la esperanza que nos vienen de Dios, debemos asumir una actitud más solidaria con todas las personas, especialmente con los que sufren por las inundaciones, por la falta de empleo, por las diversas formas de injusticia o de violencia.

No tenemos derecho a reducir la Navidad a inútiles luces de colores, a diversiones falsas que nos dejan vacíos, a sentimientos románticos y nostálgicos de la infancia. Navidad es el misterio de la alegría de Dios, de su amor por nosotros, de su decisión de construir un mundo nuevo. Navidad es un misterio que exige nuestro compromiso con el plan de la salvación, que nos hace solidarios con nuestros hermanos y que nos hace testigos de la alegría verdadera y de la esperanza que nos falla (cf Rm 5,5).

Con estas reflexiones y con estos sentimientos doy a todos, obispos auxiliares, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y fieles laicos un cordial saludo de Navidad. Les agradezco la fe, la unidad y el compromiso apostólico con los que hemos podido realizar a lo largo de este año la vida y la misión de la Iglesia arquidiocesana. Les deseo que, contemplando e irradiando el misterio de la encarnación, puedan renovar las fuerzas para los días que vendrán. Los invito a vivir en sus familias, en sus parroquias y en sus círculos sociales la alegría y la esperanza de Cristo, que se hizo carne y habitó entre nosotros.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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