MISIÓN AL AIRE

EL MISTERIO DE LA CRUZ

20 | 03 | 2018

En la muerte y resurrección de Cristo, que vamos a celebrar, se da de modo definitivo el diálogo de la salvación. Dios al entregarnos al Hijo, que llega hasta el anonadamiento supremo de la Cruz, se acerca de un modo abismal a nuestra limitación humana; pero cuando el sufrimiento y la muerte del Hijo son resueltos en la resurrección, toda la humanidad tiene la posibilidad de entrar en la gloria de Dios. El hecho que Dios asuma nuestra carne hasta experimentar la muerte y que la persona humana pueda superar su nada en la comunión plena y definitiva con Dios constituye la buena noticia, que ilumina definitivamente la vida y la historia de los hombres.

En la dramática experiencia de Cristo abandonado por Dios en la cruz, se revela del modo más cruel la fragilidad, la soledad, la tristeza, la impotencia a las que puede descender el ser humano. El Hijo de Dios entró en la tragedia más dolorosa y misteriosa; allí donde parece que no hay salida: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Sin embargo, también en ese mismo abismo aparecen el rostro amoroso y los brazos acogedores de Dios: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46); el abandonado se abandona.

El Hijo supera la soledad del abandono entrando por la obediencia en la voluntad del Padre. “Se da así un paradójico misterio de amor: en Cristo sufre Dios rechazado por la misma criatura...; pero, a la vez, desde lo hondo de este sufrimiento… el Espíritu saca una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde el principio. En lo profundo del misterio de la Cruz actúa el amor” (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, 41). Cuando se muere en Dios no hay muerte. El Espíritu, que el Hijo entrega, hace el milagro de la vida en él y en todos los crucificados de la tierra, continuando la acción creadora de Dios.

Lo que ha vivido Cristo lo experimenta ahora su cuerpo, la Iglesia. Es en la debilidad, en el dolor y en la reprobación del mundo donde mejor encontramos a Dios. No son la grandeza y el poder, sino la impotencia y la ignominia los lugares privilegiados de su presencia y su actuación en nosotros. El sufrimiento permite abrirse a Dios, que sufre con nosotros y por nosotros, que nos habla al corazón y que transforma nuestro dolor en ofrenda. La Iglesia, de esta manera, llega a ser la comunidad que peregrina bajo el signo de la Cruz. Nadie está más lejos de Cristo que una comunidad acomodada y confiada en las seguridades del mundo.

Es preciso aceptar la invitación: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25). Así con la fuerza del Espíritu saldremos de nosotros mismos y entraremos en el amor, nos haremos dignos de él (Mt 10,38) y completaremos en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1,24). En la Cruz, el horizonte se hace más amplio, el dolor se vuelve salvación, se llega por fin al fuego del amor.

Les ruego, queridos sacerdotes y fieles, que pidan la gracia de entender y vivir cuanto les digo. Porque, en este Año Jubilar, Dios nos está ofreciendo la oportunidad de celebrar la Pascua del Señor como una verdadera purificación, como una transformación del dolor en amor para que llegue a ser salvación. Es hora de abandonarnos en las manos del Padre para que haga resurrección en esta Iglesia particular de Medellín. El dolor ofrecido con Cristo llega a ser camino de vida, fuente de luz que no se apaga, fuerza que lo transforma todo desde la caridad infinita de Dios. La muerte quedará devorada por la victoria. “Demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15,57).

                                                  

 

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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