MISIÓN AL AIRE

SI QUEREMOS LA PAZ, CONVIRTÁMONOS

15 | 09 | 2014

El compromiso con la causa de la paz no debe ser solamente durante la llamada “Semana por la paz”, sino toda la vida. La paz del corazón, de las familias, de la sociedad nunca está terminada, siempre es una realidad para construir. Ante la necesidad de paz, frecuentemente nos ilusionamos con la posibilidad de conquistarla de un modo fácil. Es así como creemos que la represión armada, que pactos entre grupos violentos o que determinadas acciones producirán mecánicamente la paz. La paz no es fruto solamente del cambio de estructuras o de fórmulas más o menos mágicas que alguno pueda proponer, sino, sobre todo, de personas que, desde sí mismas, producen la paz.

 

La paz es una tarea permanente. Si bien es cierto que llevamos años en guerra, también es cierto que llevamos muchos años trabajando por conquistar la paz. En el fondo, ésta es la vida de los pueblos, que necesitan a la vez la confrontación y el acuerdo de las libertades para poder desarrollarse y progresar. El mundo de los animales puede ser aparentemente más armonioso, pero es monótono y no avanza. A nosotros nos toca aprender a emular y a avanzar sin lastimarnos ni destruirnos. El verdadero progreso no es que surja uno, sino que surjamos todos. Por eso, tenemos que aprender a morir a nuestras inclinaciones egoístas y equivocadas para crecer juntos, respetándonos y ayudándonos. 

 

La verdadera paz  es compleja. En la cultura actual que opta frecuentemente por el facilismo y por comprar todo hecho pensamos que la paz puede llegar como por ensalmo. Nada más errado. Es necesario aprender a ser personas, a compartir con los otros la vida, a construir juntos el mundo y la historia. Las otras formas fáciles de paz que nos imaginamos dan una paz mal construida, pueden ser incluso más peligrosas que la confrontación, porque en el fondo instalan en la naturaleza humana y en la sociedad otras formas de agresividad, por lo soterradas, no menos crueles y dañinas.

 

La paz requiere que queramos cambiar. Cuando nos instalamos en lo que somos ya perecimos. Si cada uno no se responsabiliza de sí mismo y se pone en un estado de permanente construcción en la verdad y el bien nunca lograremos ser un pueblo unido, pacífico y desarrollado. Esta maravillosa posibilidad de cambiar, de crearnos continuamente, la llama el Evangelio conversión. No le tengamos miedo a esta palabra y a la propuesta que entraña. La conquista de la paz, a todos los niveles, está unida a un cambio de vida, a una auténtica conversión de cada persona. Es necesario que queramos abrirnos al Espíritu de Dios para que él cree en nosotros un corazón limpio y un espíritu nuevo.

 

Si buscamos una solución de fondo a la violencia, si queremos una reorientación del camino histórico, es preciso apuntar a una profunda transformación de cada persona para llegar así a una reconstrucción del tejido social. Es ahí donde tiene una función definitiva la educación, donde aparece el aporte singular de una seria evangelización, donde se requiere una profunda espiritualidad. Por estos caminos asumidos plenamente se llega a una vida nueva, a una progresiva reconciliación y a verdaderos procesos de solidaridad y desarrollo social.

El compromiso más grande con la paz es la conversión del propio corazón. Conversión que sea capaz de arrancar el egoísmo, la ira, la mentira, la maledicencia, la agresividad que brotan dentro de cada uno; que sea capaz de afrontar el mal del mundo y transformarlo a fuerza de bondad; que sea capaz de ir cada día más allá de la impotencia que se experimenta ante las contradicciones de la vida social y proponer un horizonte de esperanza. La paz no se puede construir si no se la ha recibido antes. Por tanto, la verdadera paz es posible si nos abrimos a Dios, a su amor, a su perdón, a su libertad. Sólo cuando en la vida de cada uno entra Dios, con él entra la verdadera paz.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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