MISIÓN AL AIRE

SI QUEREMOS LA PAZ, OREMOS

08 | 09 | 2014

También este año, como en los anteriores, dedicamos esta semana a hacernos conscientes de la necesidad y la responsabilidad de construir la paz. La “Semana por la Paz”, que debe prolongarse todo el año, es una invitación a educarnos para la paz y a trabajar en todo momento para llegar a tener una sociedad justa y solidaria en la que podamos convivir e interactuar pacíficamente.

 

Llevamos décadas queriendo y buscando la paz sin encontrarla. La buscamos donde no está, no logramos comprometernos todos en su búsqueda, la confrontación de libertades e intereses no permite que se busque verdaderamente. Hoy mismo vemos que, cada vez, se hacen más intrincadas las situaciones conflictivas y que las dificultades que tenemos en el camino de la paz, al parecer, resultan humanamente insuperables.

 

Cuantos creemos en Dios estamos convencidos de que es Él quien nos da la paz y que para llegar a ella nuestros recursos y medios humanos no bastan. Por tanto, mientras más compleja es la realidad y más peligros se ciernen sobre nosotros, tanto más debemos dirigirnos a Dios para que nos ayude a vivir como hermanos, en una sociedad que se estructure a partir de la equidad, la reconciliación, la verdad y la libertad.

 

Concretamente pido, en primer lugar, que vivamos con fe el rito de la paz en cada Eucaristía. Después del Padrenuestro, el embolismo prolonga la oración del Señor rogando que nos libre de todos los males y nos dé la paz y la unidad. Es una súplica compuesta con palabras bíblicas que, añorando la venida del Señor, pide nos veamos libres de todo pecado y perturbación; ésta es la libertad verdadera y la verdadera paz.

 

Luego, antes de comulgar sacramentalmente con el Cuerpo del Señor, comulgamos fraternalmente con los miembros de su Cuerpo dándole a todos los que nos rodean un saludo de paz. De esta manera, la memoria de la entrega del Señor nos reconcilia y nos pone al servicio de la reconciliación. Si viviéramos conscientemente este momento y nos uniéramos todos para suplicar con fuerza el don de la paz, Dios nos la concedería. Por favor, unámonos todos, sacerdotes y fieles, en esta oración humilde y confiada.

 

En segundo lugar, vuelvo a pedir que los jueves, en el momento más oportuno, tengamos en todas las parroquias la adoración prolongada del Santísimo Sacramento en la que oremos por la paz. Será, de una parte, un signo público y expresivo de que todos estamos unidos en nuestro deseo de la paz y en nuestro propósito de construir la paz; la paz de Dios, no la de los hombres. De otra, aprovechamos una llave potente capaz de abrir incluso las situaciones más temibles de malicia, de mentira y de odio; sólo Dios nos puede sanar el corazón.

 

Finalmente, pido que volvamos al rezo del Rosario en las parroquias y en las familias, una oración que los Papas han definido como “compendio de todo el Evangelio”. El Rosario construye la paz, pues al mismo tiempo que suplica la misericordia de Dios, siembra también en quien lo reza esa semilla de bien, de la que se pueden esperar frutos abundantes de justicia y de solidaridad en la vida personal y comunitaria. La desunión y la violencia que hay en tantas familias cesarían si, en ellas, se volviera al rezo frecuente del Rosario.

 

Sin negar la necesidad de los recursos humanos que mantienen y fortalecen la paz, estamos seguros de que más allá de esas medidas necesitamos la oración; una oración humilde y confiada si queremos que en nuestra sociedad haya por fin una paz verdadera y estable, la que nos da Cristo (Jn 14,27). Los peligros crecen y los recursos y medios humanos no bastan; si no oramos con fe, no tendremos otra alternativa que la destrucción y la muerte.

DIRECTORIO ARQUIDIOCESANO

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